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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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—Eso sólo fue temporal —objeta Serifice.

—Pero fue muerte, cuando sucedió. Si quieres saber más, ¿por qué no hablas con el esferoide?

—Lo hicimos —dice Ti—. No nos comprendió.

—Se fue y luego volvió —dice Angelon—. No pudo explicarnos nada más.

—Ni puedo yo. Escuchad, suponed que yo saco un pez de un río y me lo como. El pez muere. Eso es la muerte. Dejas de ser lo que eres. Después no te enteras de nada de lo que pasa.

—Un pez no se entera de mucho antes —objeta Serifice.

—¿Cuántas veces morían las personas como tú? —dice Bril.

—Una. Sólo una. Cuando te parabas, no volvías a empezar.

—¿Era así para todos?

—Para todos.

—¿También para ti?

—Yo fui atrapado por el flujo del tiempo antes de morir. Al menos, eso pienso. Por lo que yo sé, todavía estaba vivo cuando pasé de entonces a ahora. Por eso no soy experto en muerte.

—Viste morir a otros —insiste Serifice.

—Alguna vez. Pero no fue una cosa educativa. Sus ojos dejaban de ver. Sus corazones dejaban de latir. No respiraban, no pensaban, no se movían, no hablaban. No tengo la menor idea sobre la impresión de ellos, los que estaban muertos o muriendo.

—¿Sentíais su ausencia?-pregunta Serifice.

—Bueno, sí, cuando eran personas que conocías íntimamente, o alguien famoso, un artista, un médico o un político que en cierto modo formaba parte de tu vida. Notabas que te faltaba algo. Pero también millones de desconocidos fallecían todos los días, y no causaban impacto alguno en los que no morían…

Se iban del mundo. Los que no se iban sentían lógicamente su ausencia. ¿Sí? —pregunta Bril.

—No. Escucha, ¿estás preguntándome si todos estábamos relacionados como los Respiradores, como supongo que estáis vosotros, de modo que la muerte de un hombre nos menguaba a todos? No estábamos relacionados. Es decir, salvo en sentido metafórico. Cada uno de nosotros era una isla. Cuando nos enterábamos de la muerte de alguien, y era alguien que conocíamos directa o indirectamente, sentíamos una pérdida, cierto, pero necesitábamos que nos informaran, que nos ofrecieran la información en palabras, ¿comprendéis?

Todos le miran fija y solemnemente. Blancas lenguas se deslizan entre sus finos labios. Los Deslizadores hunden las puntas de sus dedos en el blando suelo en un claro gesto de consternación.

—Me comprendéis —dice Clay al ver la repentina lobreguez de sus compañeros—. Claro que me comprendéis. Si Hanmer es capaz de extraer un verso de Shakespeare de mi cabeza, vosotros también podéis extraer la naturaleza de la condición humana. No es preciso que me hagáis estas preguntas. Vosotros comprendéis.

—Explícanos —dice Angelon, arrodillada y con la cabeza doblada entre las rodillas- cómo vivíais sabiendo que tendríais que morir.

Clay medita la pregunta. Finalmente responde:

—La mayor parte de la gente lo aceptaba bastante bien, como algo que escapaba a su control. Lo necesario era apiñar tanta vida como fuera posible en el tiempo de que disponías, no malgastarla, encontrar alguien a quien amar y algo que construir, ganar la inmortalidad de la mejor manera posible, creando algo o alguien, y conservándote sano para prolongar al máximo tu vida. Y en realidad creo que el tiempo disponible bastaba casi para todos. Hacia el final, sospecho, un hombre normal había tenido todo lo que deseaba de la vida; su cuerpo funcionaba más despacio y seguramente estaba enfermo muchas veces, incluso tenía frecuentes dolores… ¿Sabéis lo que es la enfermedad? ¿Conocéis el dolor? Y ese hombre, simplemente, estaba pasando por la misma rutina de siempre, estaba fastidiado por ella: levantarse, comer, trabajar y dormir. Y su familia crecía y se alejaba de él y, bueno, sospecho que el final no era tan duro. Como es lógico, había filósofos y artistas que pensaban poder dar más cosas al mundo, y éstos no querían morir. Y había otros que se conservaban ágiles y vigorosos en la vejez, y tenían mucho más que ver, y personas cuya curiosidad era comoun fuego, que ansiaban saber qué pasaría el año próximo y el siguiente y así hasta la eternidad, y también éstos lamentaban tener que irse. Y por otra parte había muchos que eran arrebatados demasiado pronto, antes siquiera de que hubieran empezado a vivir, los que morían en accidentes o sucumbían a enfermedades infantiles o caían en el campo de batalla. Y esto era auténtica injusticia. Pero yo creo que, en conjunto, al cabo de sesenta o setenta años el ser humano normal estaba dispuesto a morir, y quedar desconectado no era una terrible afrenta para su ego. ¿Comprendéis algo de todo esto?

—¿Sesenta o setenta años? —dice Serifice.

—Lo que se vivía normalmente. Ochenta años no era anormal. Algunas personas llegaban a noventa. Más de eso, pocas.

—Sesenta o setenta años —dice Serifice—. Y luego te detienes para siempre. Qué hermoso. Qué extraño. ¡Como las flores! Ahora te entiendo claramente. Tu sufrimiento. Tu extrañeza. Tu reserva. Clay, te amamos más. ¡Nos das tanto placer! —Serifice aplaude—. ¡Escucha! En tu honor, Clay: trataré de morir.

—Espera —responde el asombrado Clay—. Escucha…, no… Ella se va corriendo, por el campo de ondulados y transparentes tallos. Los demás Deslizadores, sonriendo serenamente, se acercan a Clay, que sigue mirando atónito a Serifice. Varios le tocan la piel. Efectúan un ajuste secundario en el interior de Clay para que pueda ver como ellos, y Clay percibe la unión de los seis, la séxtupla unidad Ti-Bril-Hanmer-Angelon-Ninameen-Serifice, seis almas que vibran en una sola y brillante suspensión.

Como una araña, usando infinidad de activas patas, Serifice trepa por la abrupta faz del risco rojo de la izquierda. Pierde la paciencia en los últimos metros del ascenso y flota hasta la parte superior del risco; se detiene a tres metros sobre el suelo, apoyada en un diáfano y reluciente clavo de aire. Serifice empieza a girar sobre su eje vertical. El resto de la séxtuple unidad inicia un cántico, y una nube amarilla de música se forma alrededor de Serifice, una nube salpicada por fugaces y rojos tajos de disonancia. Serifice agita los brazos. Su semblante está transfigurado por el gozo. Su velocidad axial aumenta. El momento angular crece. Al girar, Serifice teje una red de vidrio que, inexorablemente, arrastra a Clay hacia la unidad de los Deslizadores. Él apenas puede ver a la hembra ahora, excepto en raros momentos, cuando ella intercepta el sol en un ángulo preciso y estalla en llameante visibilidad, un torbellino, una vorágine de extática conciencia. Serifice gira. Gira. Gira. Gira. Gira. Gira. Ahora, mientras remolinea todavía más vertiginosamente, su realidad esencial empieza a quebrarse. Serifice fluctúa caprichosamente entre la forma femenina y la masculina. ¡Ella! ¡Él! ¡Ella! ¡Él! ¡Suya! ¡Suyo! ¡Suya! ¡Suyo! ¡Ella! ¡Él! ¡Ella! ¡Él! ¡Ella! ¡Ella! ¡Ella! ¡Él! ¡ Él! ¡ Él! ¡Nosotros! ¡Ellos!

—¡No, Serifice! —chilla Clay.

Las sílabas, mientras salen de sus angustiados labios, se transforman en hilos de fino cristal con cuentas prismáticas ensartadas y, al volar lejos de Clay, forman cuerdas que cubren la distancia hasta Serifice. Pero él no puede hacerla caer en el lazo. El amarillo canto de los seis es emitido ahora por las romas y azuladas saetas de un cántico que pertenece únicamente a Serifice. ¡Ella! ¡Él! ¡Ella! ¡Él!

Pop.

El tejido del aire se quiebra y hay un agudo sonido, el silbante ruido de algo que se mueve como una exhalación. Clay cae al suelo, se frota la frente en la guijosa tierra y se agarra, en busca de ayuda a dos transparentes frondas que fluctúan suavemente. Un insistente pensamiento machaca sus sienes: Cinco, cinco, cinco, cinco, cinco. ¿Dónde está Serifice? Serifice ha ido a descubrir cómo es la muerte. Quedan Ninameen, Ti, Bril, Angelon y Hanmer. Retumba el trueno. El cielo se vuelve anaranjado. Serifice se ha ido y el resonante latigazo de su desesperación sumerge a Clay en una violenta oscilación, le vuelve cabeza abajo hasta que el valle y las tiernas algas se esfuman y él queda suspendido sobre un agostado desierto, tierra roja, anaranjada y blanca bajo el abrasador sol, con sibilantes crujidos de electricidad estática que brotan de las torturadas arenas. Ahí pende Clay, enfrentado al hecho del suicidio de Serifice, hasta que Hanmer, en la forma femenina, lo encuentra y, con suma suavidad, lo devuelve al lugar que le corresponde.

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