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El Caso De La Señora Murphy

Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:

ESTABA TENDIDO en mi cama esa noche con una costilla rota y un trombón roto. La costilla sanaría, pero no el trombón, según decidí.
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
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– ¿Y está usted seguro que nadie, ningún hombre, estaba en la casa con excepción de usted, de Steck y de Robert?

– Hablé con todos los sirvientes esta mañana, con los tres y por separado. Sí, Ed, pensé en la posibilidad de que hubiese pescado una conversación, como entre dos individuos mandaderos que hubieran traído un mueble nuevo, o un plomero y su ayudante, que vinieran a arreglar algo. Nones. Nadie, ni la familia ni los sirvientes, recibió visita alguna ayer en la tarde, ni hubo empleados de servicio de ninguna categoría. Nadie más que nosotros.

– ¿Nadie tiene llaves? Gente de fuera, quiero decir.

– Nadie. Ni siquiera George puede entrar. Ed, créame bajo mi palabra, he meditado en todo: Hasta en la posibilidad de que Mike oyera un trozo, en tono elevado momentáneamente, de alguna conversación en la radio o en la televisión. Hay varios aparatos, por supuesto. Ninguno suficientemente cerca del cuarto de Mike, excepto uno en el suyo, para que lograra oírlo. No crea que no he estado tratando de pensar en diversos ángulos, Ed. No hay siquiera una extensión de teléfono cerca del cuarto de Mike. Hay tres teléfonos en este piso, y uno en el tercero para uso de la servidumbre. Nada.

– Creo que le debo una excusa, señor Dolan – le indiqué meneando la cabeza -, por no haber apreciado la cantidad de reflexiones que se haya hecho acerca de este asunto.

– Si lo asaltan nuevas ideas, no titubee en traérmelas. Le llamaré mañana y le diré lo que el doctor Werther me dice después de que hable con Mike, si lo desea.

– Gracias, le iba a pedir que lo hiciera. Ah, otra pregunta. ¿Hizo que le repitiera literalmente lo que había oído… si fue una conversación corta, parte de ella, o si fue larga?

– Presenté el punto pero no recibí ninguna respuesta definitiva a la primera vez, y no insistí. Estará dispuesto a hablar con mayor libertad con el doctor si antes no se le ha hostigado mucho.

– Gracias, señor Dolan – poniéndome en pie -. Llámenos en cualquier momento si… Oh, no me explico nada de la opinión preliminar del doctor Werther basada en lo que usted le dijo. ¿Tomó el asunto en serio?

– Sí, Ed. Hasta el grado de sugerir que, si no queda convencido de que lo que le cuente Mike es la verdad (la verdad para Mike, por supuesto), o que se esté reservando algo, ensayará el hipnotismo. Si el muchacho se resiste a ser hipnotizado, llegará hasta interrogarlo bajo narcosis. Desde luego, si yo doy la autorización.

– ¿La dará usted?

– Consideraré el punto si él lo recomienda.

Dolan se puso también en pie y se dirigió a la puerta conmigo; entonces me indicó:

– Un momento, Ed. Permítame ver primero. Preferiría que Mike no lo viese aquí hoy.

Así que esperé hasta que llegó a la puerta, la abrió y salió. Un momento después me llamó por encima del hombro.

– No hay moros en la costa.

Me acompañó hasta la entrada y me despidió.

Capítulo 9

Enderecé rumbo al Este, en la calle Hurón, con una cuadra para decidir si me dirigía a casa, me quedaba allí, o si regresaba a la oficina. Eran como las cuatro de la tarde y dispondría de menos de una hora para estar en la oficina, si iba para allá, con lo cual resolví que no valía la pena volverla a abrir.

Dos individuos estaban arreglando la alfombra de la escalera.

Arriba el teléfono de nuestro cuarto estaba repicando, y yo me apresuré a entrar, con lo que alcancé a tiempo.

La voz del tío Am sonó en mi oído:

– ¿Quién puso el piso de estaño en el piso del cuarto de baño de la señora Murphy?

– ¿Quién colocó la sabrosa trucha en el tubo de la ducha de la señora Murphy? – respondí. Los dos convinimos que ninguna de las dos frases era algo espectacular y las declaramos empate.

– ¿En dónde estás? ¿Qué sucede?

– En la oficina. Acabo de llegar. Pensé que tendría tiempo para escribir mi informe esta tarde y no preocuparme por él mañana. ¿Qué pasa contigo?

– Acabo de llegar aquí. Salí de la casa de Dolan hace apenas unos cuantos minutos y no me pareció que valiera la pena ir allá únicamente por menos de una hora. ¿Se te perdió el tipo que andabas siguiendo o qué? Me figuré que te tomaría más tiempo.

– Te lo contaré cuando te vea. Escucha, me siento de humor para un largo paseo. ¿Se opondría eso con cualquiera de tus planes?

– No tengo ningunos planes que se opongan. ¿Cómo nos encontramos? ¿Debo ir allá mientras trabajas?

– Un cuerno, no. Yo tengo el coche. Me tomará una media hora poco más o menos el informe. Te recogeré entre las cuatro y media y las cinco.

– Bien. Estaré fuera.

– Magnífico. Nos veremos.

Bajé a la media y unos cuantos minutos después el Buick gris llegó y se paró en doble fila para que yo subiera.

– ¿Qué sucedió, tío Am? – le pregunté.

– Algo asqueroso muchacho. Me apetecería tomar una copa mientras platicamos. ¿Qué te parece el bar Tom, Dick & Harry? – me pareció estupendo, pues es nuestro favorito. Lugar tranquilo, sin sinfonola, televisión, ni ruidos aparte de murmullos de conversación.

Estacionamos el coche y entramos. A las cinco había lugar en donde escoger, tomamos nuestro preferido. Pedimos copas.

– ¿No lo perdiste? – comenté -. Si eso fuera, no estarías así.

– No lo perdí – contestó moviendo la cabeza -, pero está perdido. Ya lo conocía; tú también lo viste una o dos veces. Nunca supe su nombre completo, lo llamábamos Pritch, y a veces Little Joe. Joseph Pritchard no me dijo nada cuando lo oí por teléfono. Y no sabía que era cajero de banco, así que la descripción no me informó.

– Creo que lo recuerdo. ¿Solía tomar parte en alguno de los juegos de póquer en la trastienda de Rabinov?

– Sí. Partidas pequeñas. Nunca grandes. La clase de juego en el que se pierden o ganan diez o doce dólares en una noche. Y sabía que apostaba en las carreras: había un corredor que iba a recoger allí las apuestas. Pritch jugaba por diversión; uno o dos dólares promedio. Como yo juego. Pero esta tarde… – Se interrumpió cuando llegaron las copas -. Esta tarde perdió algo así como entre mil y mil quinientos. En apuestas de quinientos dólares en cada golpe. Y tuve que proceder, ¡maldito sea todo! De vez en cuando odio este trabajito, y ésta es una de las veces.

– ¿Proceder, cómo? Oh, informarle todo a la Phoenix Indemnity. Mira, tío Am, ¿por qué no lo tomamos desde arriba y te lo quitas de la cabeza? No cumpliste más que con tu tarea.

– Seguro, no obstante, en ocasiones eso duele. Un ejecutor público hace su trabajo cuando abre la trampa, mas le resulta algo terrible cuando conoce al individuo que está ejecutando. Aunque sepa que el hombre es culpable.

– Desde arriba – repetí.

– Muy bien. Me situé bien; como a la una salió de la casa, lo reconocí de inmediato, y subió a un Pontiac viejo estacionado junto a la acera. Sabía que me conocía de vista, aunque no supiera que era un detective, y lo seguí a cierta distancia.

»A la primera vuelta que dio me demostró que no iba en dirección del Parque Arlington; se dirigió hacia el Sur, en Clark, luego al Oeste, por División; poco después de Halsted diminuyó la velocidad, y consideré que andaba buscando un sitio para estacionarse. Halló uno y lo pasé cuando se encontraba ocupado retrocediendo; no me vio, pues.

»Tuve que avanzar otra media cuadra para hallar lugar para mí, y cuando me bajé del coche y miré para atrás, no logré verlo y creí que lo había perdido. Regresé lentamente, y cuando me encontraba enfrente de su coche, salió de una droguería quitando la cubierta a un puro y se alejó.

»Conservé esa distancia otros cincuenta metros, hasta la mitad de la siguiente cuadra y entró en una puerta al nivel de la acera. Cuando llegué allí me encontré con que era la entrada a algunos apartamentos en el segundo piso de una ferretería. Había cuatro buzones. Los nombres en tarjetas no me decían nada.

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