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Asesinato en Bardsley Mews

Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:

Cuatro relatos, a cual más interesante, protagonizados por el infalible Poirot. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Un robo increíble: En una reunión de alta sociedad, desaparecen los planos de una nueva y secreta bomba. El espejo del muerto: Sir Gervas Chevenix-Gore, conocido como el último barón, ha muerto en circunstancias extrañas. Poirot deberá demostrar que no se trata de un suicidio. Triángulo en rodas: Triángulo en rodas: Un clásico triángulo amoroso deviene en un complejo asesinato.
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Carlile objetó:

—Pero lord Mayfield y sir George Carrington estaban en la terraza.

—Sí, estaban paseando en la terraza. Sir George tal vez posea una vista magnífica... —Poirot se inclinó ligeramente—. ¡Pero no puede ver por la espalda! La puertaventana está en el centro izquierdo de la terraza, luego vienen las cristaleras de esta habitación, y la terraza continúa hacia la derecha cubriendo el espacio de... ¿una, dos, tres o tal vez cuatro habitaciones más?

—El comedor, la sala de billar, el saloncito de estar y la biblioteca —especificó lord Mayfield.

—¿Y ustedes pasearon de un lado a otro de la terraza, cuántas veces?

—Cinco o seis, por lo menos.

—¿Comprenden? Es bastante sencillo; el ladrón sólo tuvo que esperar el momento oportuno.

—¿Quiere usted decir que mientras yo estaba en el recibidor hablando con la doncella francesa, el ladrón esperaba en el salón? —preguntó Carlile.

—Ésa es mi suposición. Claro que eso es sólo... una suposición.

—No me parece muy probable —dijo lord Mayfield—. Demasiado arriesgado.

—No estoy de acuerdo contigo. Charles —intervino el mariscal del Aire—. Me pregunto cómo no se me ha ocurrido pensarlo.

—¿De modo que comprenden ahora por qué creo que los planos están aún en la casa? —preguntó Poirot—. ¡El problema es encontrarlos!

Sir George lanzó un gruñido.

—Eso es bien sencillo. Registre a todo el mundo.

Lord Mayfield hizo un movimiento de contrariedad, pero Poirot tomó la palabra antes de que él pudiera hacerlo.

—No, no, no es tan sencillo. La persona que haya cogido esos planos habrá previsto que se efectuará un registro y se habrá asegurado para que no los encuentren entre sus cosas. Deben estar escondidos, de seguro, en terreno neutral.

—¿Insinúa usted que tendremos que jugar al escondite por toda la casa?

Poirot sonrió.

—No, no es necesario tanto realismo. Podemos llegar a descubrir el escondite, o la identidad de la persona culpable, reflexionando. Eso simplificaría las cosas. Por la mañana quisiera entrevistarme con todos los moradores de la casa. Creo que sería imprudente verlos ahora. Lord Mayfield asintió.

—Se harían demasiados comentarios —confirmó— si les sacáramos de la cama a las tres de la madrugada. De todas maneras tendrá que proceder con gran tacto, Monsieur Poirot. Este asunto debe permanecer oculto.

Poirot alzó la mano en un ademán.

—Déjelo al cuidado de Hércules Poirot. Las mentiras que yo invento siempre son de lo más delicado y convincente. Entonces, mañana continuaré mis investigaciones. Pero esta noche me gustaría comenzar a interrogar a sir George y a usted, lord Mayfield. Se inclinó ante cada uno de los aludidos.

—¿Quiere decir... a solas?

—Eso es lo que he querido decir.

Lord Mayfield, alzando ligeramente las cejas, dijo:

—Como guste. Le dejaré con sir George. Cuando termine me encontrará en mi despacho. Vamos, Carlile.

Salió acompañado de su secretario, que cerró la puerta tras de si.

Sir George se sentó y automáticamente cogió un cigarrillo antes de volver su rostro perplejo hacia Poirot.

—No acabo de comprender esto —dijo.

—Pues es muy sencillo —replicó Poirot con una sonrisa—. Se explica en dos palabras: ¡Mistress Vanderlyn!

—¡Oh! —exclamó Carrington—. Empiezo a comprender. ¿Mistress Vanderlyn?

—Precisamente. Comprenda. No hubiera sido muy delicado formularle a lord Mayfield la pregunta que voy a hacerle a usted. ¿Por qué mistress Vanderlyn? Esa señora es conocida como sospechosa. Entonces, ¿por qué estaba aquí? Yo me dije: hay tres explicaciones. La primera, que lord Mayfield sintiera cierta penchant por esa dama y por eso quería hablar con usted a solas. No quisiera violentarle. Segunda: que tal vez mistress Vanderlyn fuese amiga íntima de alguna otra persona de la casa.

—¡A mi puede ya descartarme! —protestó sir George con una mueca.

—Entonces, si no se trata de ninguno de estos casos, la pregunta adquiere redoblada fuerza. ¿Por qué mistress Vanderlyn? Y me parece vislumbrar la respuesta. Existía una razón. Su presencia en estos precisos momentos fue deseada por lord Mayfield por un motivo especial. ¿Estoy en lo cierto?

Sir George asintió.

—Sí, ha acertado usted. Mayfield es zorro viejo para caer en sus redes. Él deseaba que estuviera

aquí por otra razón muy distinta. Y es la siguiente:

Le refirió la conversación que había tenido efecto en el comedor. Poirot le escuchó atentamente.

—¡Ah! —dijo—. Ahora lo comprendo. ¡Sin embargo, parece que esa dama les ha devuelto la pelota con bastante limpieza!

Sir George lanzó un juramento.

El detective le miró divertido y dijo:

—Usted no duda que este robo es obra suya... quiero decir que es responsable aunque no hubiera tomado parte activa...

Sir George se sobresaltó.

—¡Desde luego que lo creo así! No cabe la menor duda. ¿Quién sino podría tener interés en robar esos planos?

—¡Ah! —replicó Hércules Poirot mirando al techo—. Y, no obstante, sir George, hace un cuarto de hora convinimos en que esos papeles representaban una buena suma de dinero. No tal vez en forma tan evidente como los billetes de banco, oro o joyas, pero sin embargo, eran dinero en potencia. Si alguien se encontraba en un aprieto...

El otro le interrumpió:

—¿Y quién no lo está hoy en día? Supongo que puedo decirlo sin perjudicarme.

Le dedicó una sonrisa a la que Poirot correspondió murmurando:

Mais oui, puede decir lo que guste, porque usted, sir George, tiene la única coartada intachable en este asunto.

—¡Pues estoy en una situación muy apurada!

Poirot meneó la cabeza pesaroso.

—Sí, desde luego, los hombres de su posición tienen muchos gastos. Además tiene usted un hijo en una edad muy cara...

Sir George lanzó un gruñido.

—Como si la educación no fuera poco, encima las deudas. Pero el chico no es malo.

Poirot le escuchaba con simpatía y tuvo que oír gran parte de las cuitas del mariscal del Aire. La falta de entereza y valor de la joven generación; la forma en que las madres estropeaban a sus hijos poniéndose siempre de su parte; la maldición que representaba el afán de jugar que de vez en cuando se apodera de su mujer... y la locura de perder más de lo que se puede. Habló de todo ello en términos generales sin referirse directamente a su esposa o a su hijo pero su natural transparencia hizo que fuese fácil comprenderlo.

De pronto se interrumpió.

—Lo siento, no debiera entretenerle con cosas que nada tienen que ver con este asunto, especialmente a estas horas de la noche... o mejor dicho, de la mañana. Contuvo un bostezo.

—Sir George, le aconsejo que se acueste. Ha sido usted muy amable y una gran ayuda.

—Sí, creo que seguiré su consejo. ¿De verdad cree usted que es posible recuperar los planos?

Poirot se alzó de hombros.

—Voy a intentarlo. No veo por qué no.

—Bueno, me voy. Buenas noches.

Poirot permaneció en su butaca contemplando el techo; luego sacó un librito de notas y abriéndolo por una página en blanco escribió:

¿Mistress Vanderlyn?

¿Lady Julia Carrington?

¿Mistress Macatta?

¿Reggie Carrington?

¿Míster Carlile?

Y debajo agregó:

¿Mistress Vanderlyn y Reggie Carrington?

¿Mistress Vanderlyn y lady Julia?

¿Mistress Vanderlyn y Carlile?

Meneando la cabeza contrariado, murmuró:

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