Asesinato en Bardsley Mews
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #18
- Год: 1937
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8427201303
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:
—Sí, es cierto —convino Míster Carlile—. Es curioso lo rápidamente que aclara después de llover. —Y dejando el archivador preguntó—: ¿Me necesitará más esta noche, lord Mayfield?
—No, creo que no, Carlile. Yo guardaré todo esto. Probablemente terminaremos algo tarde. Será mejor que se acueste.
—Gracias. Buenas noches, lord Mayfield. Buenas noches, sir George.
—Buenas noches, Carlile.
Cuando el secretario iba ya a salir del despacho, lord Mayfield le dijo en tono severo:
—Espere un momento, Carlile. Ha olvidado lo más importante.
—No sé a qué se refiere, lord Mayfield.
—A los planos de la bomba, hombre.
El secretario le miró extrañado.
—Están encima de todo, señor.
—Nada de eso.
—Pero si acabo de ponerlos.
—Mírelo usted mismo.
Con expresión asombrada, el joven se reunió con lord Mayfield junto al escritorio. Con cierta impaciencia, el ministro le mostró el montón de papeles. Carlile los estuvo revisando, con creciente extrañeza.
—¿Lo ve?, no están aquí.
—Pero..., ¡pero es increíble! —tartamudeó el secretario—. Los puse aquí encima no hará ni tres minutos.
Lord Mayfield dijo de buen talante:
—Se habrá confundido, y estarán aún en la caja fuerte.
—No lo comprendo... Yo sé que los puse ahí.
Lord Mayfield le apartó a un lado para dirigirse a la caja fuerte. Sir George se unió a él, y a los pocos minutos comprobaron que los planos de la bomba no estaban allí. Atónitos y extrañados, los tres hombres regresaron junto a la mesa escritorio para revisar de nuevo los papeles.
—¡Cielo santo! —exclamó Mayfield—. ¡Han desaparecido!
Míster Carlile exclamó:
—¡Pero eso es imposible!
—¿Quién ha entrado en esta habitación? —preguntó el ministro.
—Nadie. Nadie en absoluto.
—Escuche, Carlile, esos planos no pueden haberse desvanecido en el aire. Alguien los ha cogido. ¿Ha estado aquí mistress Vanderlyn?
—¿Mistress Vanderlyn? ¡Oh, no señor!
—En seguida lo sabremos —dijo Carrington, olfateando el aire—. Se olerá a ese perfume suyo.
—Nadie ha entrado aquí —insistió Carlile—. No lo comprendo.
—Escuche, Carlile —dijo lord Mayfield—. Cálmese. Hemos de llegar al fondo de esta cuestión. ¿Está completamente seguro de que los planos estaban dentro de la caja fuerte?
—Completamente.
—¿Los ha visto usted? ¿No habrá supuesto que estaban entre los otros papeles?
—No, no, lord Mayfield. Los he visto. Los puse sobre el escritorio, encima de todos los demás.
—¿Y dice usted que desde entonces nadie ha entrado en esta habitación? ¿Ha salido usted acaso?
—No... es decir... sí.
—¡Ah! —exclamó sir George—. ¡Ya vamos dando con ello!
Lord Mayfield dijo irritado:
—¿Qué diablos...? —cuando Carlile le interrumpió.
—En circunstancias normales, lord Mayfield, no me hubiera atrevido a abandonar el despacho dejando sobre la mesa documentos de importancia... pero al oír gritar a una mujer...
—¿Gritar a una mujer? —repitió lord Mayfield sorprendido.
—Sí, lord Mayfield. Me sobresaltó más de lo que puede usted imaginar. Estaba colocando los papeles sobre la mesa cuando lo oí, y, naturalmente, salí corriendo al vestíbulo.
—¿Quién gritó?
—La doncella francesa de mistress Vanderlyn. Estaba en mitad de la escalera, muy pálida y temblando de pies a cabeza. Dijo que había visto un fantasma.
—¿Un fantasma?
—Si, una mujer alta, toda vestida de blanco que andaba sin hacer ruido y que flotaba en el aire. —¡Qué historia más ridícula!
—Sí, lord Mayfield, es lo que le dije. Debo confesar que parecía bastante avergonzada. Volvió a subir y yo volví aquí.
—¿Cuánto rato hace de esto?
—Fue un minuto o dos antes de que usted y sir George entrasen.
—¿Y cuánto tiempo estuvo usted fuera de esta habitación?
El secretario reflexionó unos instantes.
—Dos minutos... tres a lo sumo.
—Lo suficiente —gruñó lord Mayfield tomando a su amigo del brazo.
—George, esa sombra que vi... salir por la puertaventana. ¡Fue así! En cuanto Carlile salió de la habitación, se deslizó dentro, cogió los planos y volvió a marcharse.
—¡Qué acción más vil! —dijo George. Ahora fue él quien tomó a su amigo del brazo—. Escucha, Charles; éste es un mal negocio. ¿Qué diablos vamos a hacer?
Capítulo III
De todas formas vale la pena probarlo, Charles. Media hora más tarde, los dos hombres se hallaban en el despacho de lord Mayfield, y sir George había empleado todas sus dotes de persuasión para inducir a su amigo a adoptar cierta regla de conducta.
Lord Mayfield se había negado al principio, pero cada vez se mostraba menos reacio a la idea.
Sir George decía:
—No seas tan testarudo. Charles.
Lord Mayfield dijo despacio:
—¿Por qué mezclar en esto a un extranjero del que nada sabemos? —Pero da la casualidad de que yo sí sé muchas cosas de él. Es una maravilla.
—¡Hum!
—Escúchame, Charles. ¡Es una oportunidad única! En este asunto lo esencial es la discreción. Si trasciende...
—¡Cuando trascienda, querrás decir!
—No es necesario. Este hombre. Hércules Poirot...
—Supongo que vendrá aquí y encontrará los planos como el prestidigitador saca los conejos de su sombrero.
—Descubrirá la verdad. Y la verdad es lo que nosotros queremos. Escucha, Charles, yo asumo toda la responsabilidad.
—¡Oh, bueno!, haz lo que quieras —dijo lord Mayfield— pero no veo lo que puede hacer ese individuo.
Sir George hizo ademán de coger el teléfono.
—Voy a llamarle... ahora mismo.
—Estará durmiendo.
—Puede levantarse. Déjate de tonterías, Charles; no puedes permitir que esa mujer se salga con la suya.
—¿Te refieres a mistress Vanderlyn?
—Sí. ¿No dudarás que ella es la culpable?
—No. Se ha vengado de mí. No me importa admitir que esa mujer ha sido más lista que nosotros, George. Es muy desagradable, pero es cierto. No podemos probar nada contra ella, y no obstante, los dos sabemos que ella es la pieza principal en este asunto.
—Las mujeres son el mismo diablo —dijo Carrington con calor.
—¡No podemos acusarla en absoluto, maldita sea! Podemos suponer que ella preparó la escena de la muchacha gritando en la escalera, y que el hombre que se escurrió furtivamente era su cómplice, pero lo malo es que no podemos probarlo.
—Tal vez pueda Hércules Poirot.
De pronto lord Mayfield se echó a reír.
—Por Dios, George, creí que eras demasiado patriota para confiar en un francés, por inteligente que sea.
—No es francés, sino belga —dijo sir George algo avergonzado.
—Bien, que venga tu amigo belga. Que ponga a prueba su inteligencia en este asunto. Apuesto a que no consigue averiguar nada.
Sin contestarle, sir George alargó el brazo para descolgar el teléfono.
Capítulo IV
Parpadeando un tanto. Hércules Poirot volvió su cabeza de uno a otro lado de sus interlocutores, y con gran delicadeza disimuló un bostezo. Eran más de las dos y media de la madrugada. Le habían sacado de la cama precipitadamente e introducido en la penumbra de un enorme Rolls-Royce, y ahora acababa de oír lo que los dos hombres tenían que decirle.
—Éstos son los hechos, monsieur Poirot —dijo lord Mayfield.
Y reclinándose en su butaca, se llevó lentamente el monóculo a uno de sus ojos, de un azul pálido, y estuvo contemplando a Poirot con suma atención. Su mirada era definitivamente escéptica. Poirot miró de soslayo a sir George Carrington. Este caballero se hallaba inclinado hacia delante con expresión esperanzada... casi infantil. Poirot dijo despacio: