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Asesinato en Bardsley Mews

Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:

Cuatro relatos, a cual más interesante, protagonizados por el infalible Poirot. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Un robo increíble: En una reunión de alta sociedad, desaparecen los planos de una nueva y secreta bomba. El espejo del muerto: Sir Gervas Chevenix-Gore, conocido como el último barón, ha muerto en circunstancias extrañas. Poirot deberá demostrar que no se trata de un suicidio. Triángulo en rodas: Triángulo en rodas: Un clásico triángulo amoroso deviene en un complejo asesinato.
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—Nada. Ahora todo está explicado. Desde el principio tenía mis sospechas.

Leonie le dirigió una mirada provocativa.

—Monsieur es muy listo y muy simpático.

—Y puesto que yo no voy a causarle ninguna violencia por este asunto, ¿querrá hacer algo por mí a cambio?

—Con mucho gusto, monsieur.

—¿Qué sabe usted de los asuntos de su señora? La muchacha se encogió de hombros.

—No mucho, monsieur. Claro que tengo mis ideas.

—¿Y cuáles son?

—Bueno, no me ha pasado por alto que todos los amigos de madame son siempre militares, marinos o aviadores. Y luego tiene otra clase de amigos... caballeros extranjeros que algunas veces vienen a verla con mucho sigilo. Madame es muy bonita, aunque no creo que lo sea por mucho tiempo. Los jóvenes la encuentran muy atractiva. Creo que algunas veces hablan demasiado. Pero son sólo ideas mías. Madame no confía en mí.

—¿Debo entender, por lo que me ha dicho, que madame obra por su cuenta?

—Eso es, monsieur.

—En otras palabras, no puede ayudarme.

—Me temo que no, monsieur. Lo haría si pudiera.

—Dígame, ¿su señora está hoy de buen humor?

—Desde luego que si, monsieur.

—¿Ha ocurrido algo que la ha halagado?

—Desde que vinimos aquí ha estado muy contenta.

—Bien, Leonie, usted debe saberlo.

—Sí, monsieur —replicó la joven confidencialmente—. No puedo equivocarme. Conozco todos los estados de ánimo de madame, y está contenta.

—¿Y triunfante?

—Ésa es precisamente la palabra, monsieur.

—Lo encuentro... algo difícil de soportar—asintió Poirot con pesar—. No obstante, me doy cuenta de que es inevitable. Gracias, mademoiselle; eso es todo.

Leonie le dirigió una mirada atrevida.

—Gracias, monsieur. Si encuentro a monsieur en la escalera le aseguro que no gritaré.

—Hija mía —replicó Poirot muy digno—, mi edad es bastante avanzada. ¿Qué tengo yo que ver con esas frivolidades?

Mas, con una risita coqueta, Leonie se marchó al fin. Poirot anduvo de un lado a otro de la estancia con rostro grave y preocupado.

—Y ahora —dijo— le toca el turno a lady Julia. ¿Qué me dirá?, me pregunto yo.

Lady Julia penetró en la estancia con aire tranquilo y seguro, e inclinándose graciosamente aceptó la silla que Poirot adelantó.

—Lord Mayfield dice que usted desea hacerme algunas preguntas...

—Sí, madame. Es con respecto a lo de anoche.

—¿Sí?

—¿Qué ocurrió después de que hubieron terminado la partida de bridge?

—Mi esposo creyó que era demasiado tarde para comenzar otra y fui a la cama.

—¿Y luego?

—Me dormí.

—¿Eso es todo?

—Sí. Me temo que no podré decirle nada de interés. ¿Cuándo tuvo lugar el... —vacilaba— el robo?

—Poco después de que usted subiera a quedarse en su habitación.

—Ya; ¿y qué fue lo que se llevaron? —Algunos papeles privados, madame. —¿Importantes? —Muy importantes.

Frunció ligeramente el ceño y luego dijo:

—¿Eran... de algún valor?

—Si, madame, valían mucho dinero.

—Ya.

Hubo una pausa y al cabo Poirot preguntó:

—¿Y qué me dice de su libro, madame?

—¿Mi libro? —levantó hasta él sus ojos asombrados.

—Si. Tengo entendido, según mistress Vanderlyn, que algún tiempo después de que las tres señoras se retirasen, usted volvió a bajar en busca de un libro.

—Sí, claro, eso hice.

—De manera que en realidad usted no fue directamente a su habitación para acostarse, sino que regresó al salón.

—Sí, es cierto. Lo había olvidado.

—Mientras estuvo en el salón, ¿oyó gritar a alguien?

—No..., sí..., no creo.

—Asegúrese, madame. Realmente tuvo que oír el grito, desde el salón. Lady Julia, echando la cabeza hacia atrás, replicó con firmeza:

—No oí nada.

Poirot enarcó las cejas, aunque no replicó. El silencio se fue haciendo insoportable, y lady Julia preguntó de pronto:

—¿Qué es lo que se ha hecho?

—¿Hecho? No lo comprendo, madame.

—Me refiero al robo. Sin duda la policía debe estar haciendo algo.

Poirot movió la cabeza.

—La policía no ha sido avisada. Yo soy el encargado de esclarecer el caso.

Ella le miró con el rostro tenso y demacrado. Sus ojos oscuros y penetrantes parecían taladrarle. Al fin los bajó..., vencida.

—¿No puede decirme lo que está haciendo?

—Sólo puedo asegurarle, madame, que no voy a dejar piedra por remover...

—¿Para coger al ladrón... o... para recuperar los papeles?

—Lo principal es que aparezcan, madame.

—Sí —dijo en tono indiferente—. Supongo que lo es.

Hubo otra pausa.

—¿Alguna cosa más, monsieur Poirot?

—No, madame. No quiero entretenerla más.

—Gracias.

Se adelantó para abrirle la puerta, que ella atravesó sin dirigirle siquiera una mirada.

Poirot regresó junto a la chimenea y distraídamente arregló la disposición de los objetos que había sobre la repisa. Estaba todavía allí cuando lord Mayfield entró por la puertaventana.

—¿Qué tal? —saludó el recién llegado.

—Creo que todo marcha bien. Los acontecimientos van tomando forma como era de esperar. Lord Mayfield preguntó, mirándole de hito en hito:

—¿Está usted satisfecho?

—No, no lo estoy, pero sí contento.

—La verdad, monsieur Poirot, no puedo entenderle.

—No soy tan charlatán como usted cree.

—Yo nunca he dicho...

—¡No, pero lo ha pensado! No importa. No estoy ofendido. A veces tengo que adoptar cierta «pose».

Lord Mayfield le miraba con cierta desconfianza. Hércules Poirot era un hombre incomprensible. Deseaba despreciarle, pero algo le advertía de que aquel hombrecillo ridículo no era tan inútil como parecía. Charles McLaughlin siempre fue capaz de reconocer a un hombre resuelto en cuanto lo veía.

—Bien —le dijo—, estamos en sus manos. ¿Qué me aconseja que haga ahora?

—¿Puede librarse de sus invitados?

—Creo que será posible arreglarlo... Podría decir que tengo que regresar a Londres para resolver este asunto, y tal vez se decidan a marcharse.

—Muy bien. Trate de arreglarlo así.

—¿No cree usted...?

—Estoy completamente seguro de que éste es el mejor camino. Lord Mayfield se encogió de hombros.

—Bien, si usted lo dice...

Capítulo VIII

Los invitados se marcharon después de comer. Mistress Vanderlyn y mistress Macatta se fueron en tren y los Carrington en su automóvil. Poirot se encontraba en el recibidor en el momento en que mistress Vanderlyn dedicaba a su anfitrión una encantadora despedida.

—Estoy apenadísima por verle tan angustiado. Espero que todo se aclare satisfactoriamente. Le aseguro que no diré una palabra.

Y tras estrecharle la mano se dirigió hacia donde esperaba el Rolls que había de llevarla a la estación. Mistress Macatta ya estaba en su interior y su adiós fue breve y poco expresivo.

De pronto, Leonie, que estaba sentada junto al chofer, saltó del coche y regresó corriendo al recibidor.

—Hemos olvidado el neceser de madame —explicó.

Hubo una búsqueda apresurada. Al fin lord Mayfield lo descubrió junto a la sombra que proyectaba un antiguo arcón de roble. Leonie lanzó un gritito de alegría al ver el elegante maletín de tafilete verde. Lord Mayfield se acercó al automóvil.

—Lord Mayfield —mistress Vanderlyn le alargó una carta—. ¿Le importaría echarla al correo?

Tenía intención de hacerlo en la ciudad, pero estoy segura de que me olvidaré. Las cartas suelen quedarse días y días en mi bolso.

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