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Asesinato en Bardsley Mews

Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:

Cuatro relatos, a cual más interesante, protagonizados por el infalible Poirot. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Un robo increíble: En una reunión de alta sociedad, desaparecen los planos de una nueva y secreta bomba. El espejo del muerto: Sir Gervas Chevenix-Gore, conocido como el último barón, ha muerto en circunstancias extrañas. Poirot deberá demostrar que no se trata de un suicidio. Triángulo en rodas: Triángulo en rodas: Un clásico triángulo amoroso deviene en un complejo asesinato.
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—Conozco los hechos, sí... La doncella grita, el secretario sale, el incógnito entra, los planos están encima del escritorio, se apodera de ellos y huye. Los hechos... son muy convenientes.

El tono con que pronunció esta frase atrajo la atención de lord Mayfield, que se enderezó un tanto, dejando caer el monóculo.

—¿Cómo dice usted, monsieur Poirot?

—Dije, lord Mayfield, que los hechos fueron muy convenientes... para el ladrón. A propósito, ¿está usted seguro de haber visto a un hombre?

Lord Mayfield meneó la cabeza.

—No podía asegurarlo. Fue sólo una sombra. La verdad es que casi dudaba de que lo hubiese visto.

Poirot dirigió su mirada al mariscal del Aire.

—¿Y usted, sir George? ¿Podría decirme si se trataba de un hombre o de una mujer?

—Yo no vi a nadie.

Poirot asintió pensativo. De pronto, poniéndose en pie, se acercó a la mesa escritorio.

—Puedo asegurarle que los planos no están ahí —dijo lord Mayfield—. Los tres hemos revisado todos esos papeles media docena de veces.

—¿Los tres? ¿Se refiere también a su secretario?

—Sí, a Carlile.

—Dígame, lord Mayfield, ¿qué papel estaba encima de todo cuando usted se inclinó sobre la mesa?

Lord Mayfield frunció el ceño en su esfuerzo por recordar.

—Déjeme pensar... sí, era un memorándum acerca de algunas de nuestras posiciones de defensa aérea. Poirot cogió una hoja de papel y se la tendió.

—¿Es éste, lord Mayfield?

Lord Mayfield repuso después de mirarla:

—Sí, sin duda alguna. Poirot mostró el papel a Carrington.

—¿Se fijó si estaba encima de todo?

Sir George lo sostuvo a cierta distancia, y luego se puso los lentes.

—Sí, es cierto. Yo también los miré con Carlile y Mayfield, y éste estaba encima de todo.

Poirot asintió pensativo, volviendo a dejar el papel sobre la mesa. Mayfield le miraba ligeramente interesado.

—Si hay algún otro problema... —comenzó a decir.

—Pues claro que lo hay: Carlile. ¡Carlile es el problema!

Lord Mayfield enrojeció ligeramente.

—¡Monsieur Poirot, Carlile está por encima de toda sospecha! Ha sido mi secretario confidencial durante nueve años. Tiene acceso a todos mis papeles privados, y puedo asegurarle que podría haber sacado copia de los planos y especificaciones con gran facilidad y sin que nadie se enterara.

—Aprecio su punto de vista —dijo Poirot—. De ser culpable, no hubiese tenido necesidad de organizar tanto aparato.

—De todas formas —insistió lord Mayfield—, estoy seguro de Carlile, y respondo de él.

—Carlile —dijo Carrington con voz ronca— es una persona como es debido.

Poirot extendió las manos con gesto de desaliento.

—¿Y esa mistress Vanderlyn... es todo lo contrario?

—Desde luego —replicó sir George. Lord Mayfield habló en tono más mesurado.

—Creo, monsieur Poirot, que no puede existir la menor duda acerca de... bueno... las actividades de mistress Vanderlyn. En el Ministerio de Asuntos Exteriores podrán darle datos más precisos.

—¿Y ustedes dan por hecho que la doncella estaba en combinación con su señora?

—No me cabe la menor duda —exclamó sir George.

—A mí me parece una suposición muy razonable —dijo lord Mayfield en tono más prudente.

Poirot suspiró y distraídamente ordenó algunos objetos que estaban sobre una mesita, a su derecha. Al fin dijo:

—Supongo que esos papeles representaban dinero. Es decir, que el robarlos significaría una buena suma en metálico.

—De ser entregados en cierto sitio, sí.

—¿Como por ejemplo...?

Sir George mencionó dos potencias europeas.

—Y ese hecho era conocido de cualquiera..., ¿verdad? —preguntó Poirot.

—Mistress Vanderlyn seguramente lo sabría.

—He dicho cualquiera.

—Sí, supongo que sí.

—¿Cualquiera con un mínimo de inteligencia podría apreciar el valor de esos planos?

—Sí; pero, monsieur Poirot... —lord Mayfield parecía algo violento.

Poirot alzó una mano.

—Yo hago lo que se llama explorar todos los caminos.

Volvió a ponerse en pie para dirigirse a la puertaventana, y con una linterna examinó la hierba del extremo de la terraza. Los dos hombres le observaron.

—Dígame, lord Mayfield. A este malhechor, a ese fugitivo que se deslizó en la oscuridad, ¿no le persiguieron?

Lord Mayfield se encogió de hombros.

—Desde el fondo del jardín pudo salir a la carretera general.

Y si había algún coche esperándole, no habría tardado en ponerse fuera de nuestro alcance.

—Pero está la policía... los guardias forestales...

Sir George le interrumpió:

—Olvida usted, monsieur Poirot, que no podemos dar publicidad a este caso. Si trascendiera que esos planos habían sido robados, el resultado sería extremadamente desfavorable para el partido.

—¡Ah, sí! —repuso Poirot—. No hay que olvidar la politique. Hay que observar la mayor discreción, y por ello me enviaron a buscar. ¡Ah, bien! Tal vez sea más sencillo.

—¿Espera tener éxito, monsieur Poirot? —lord Mayfield parecía un tanto incrédulo.

El hombrecillo se alzó de hombros.

—¿Por qué no? Sólo hay que razonar... reflexionar. —Hizo una pausa y al cabo de un momento agregó—: Me gustaría hablar con mister Carlile.

—Desde luego. —Lord Mayfield se puso en pie—. Le pedí que no se acostase, y por lo tanto no andará lejos. Voy a avisarle. Poirot se dirigió a sir George.

Eh bien. ¿Qué me dice de ese hombre que salió a la terraza?

—Yo no lo vi.

—Ya me lo ha dicho antes —Poirot se inclinó hacia delante—. Pero hay algo más, ¿no es cierto?

—¿A qué se refiere?

—¿Cómo diría yo? Su incredulidad es más profunda. Sir George iba a decir algo pero se contuvo.

—Pues, sí —continuó Poirot para animarle—. Cuéntemelo. Los dos estaban en el extremo de la terraza. Lord Mayfield ve una sombra que sale por la puertaventana y atraviesa el césped. ¿Por qué no la ve usted?

Carrington le miró asombrado.

—Ha dado usted en el clavo, monsieur Poirot. Desde entonces me he estado preguntando lo mismo. Comprenda, yo juraría que nadie salió por esta puertaventana. Pensé que lord Mayfield lo había imaginado... al ver moverse una rama... o algo por el estilo. Y luego, cuando entramos y descubrimos que se había cometido un robo, tuve la impresión de que Mayfield debió estar en lo cierto y que yo era el equivocado. Y sin embargo...

—Sin embargo, en el fondo usted sigue creyendo en la evidencia, en este caso negativa, de sus propios ojos...

—Tiene usted razón, monsieur Poirot, así es.

El detective sonrió.

—¿No había huellas sobre la hierba? —preguntó sir George.

—Exacto. Lord Mayfield imagina ver una sombra. Luego tiene efecto el robo, y está seguro... ¡segurísimo! No es una fantasía... él ha visto a un hombre. Pero no fue así. Yo no estoy tan familiarizado con huellas y cosas por el estilo, pero tenemos una evidencia. No había huellas en la hierba. Y esta noche ha estado lloviendo copiosamente. Si un hombre hubiese atravesado la terraza en dirección al césped, es indudable que habría dejado huellas. Sir George dijo extrañado: —Pero entonces... entonces...

—Volvamos a la casa. Hemos de ceñirnos a las personas que se encontraban en ella.

Se interrumpió al ver entrar a lord Mayfield acompañado de mister Carlile. Aunque pálido y preocupado, el secretario había logrado rehacerse un tanto, y ajustándose los lentes tomó asiento sin dejar de mirar a Poirot.

—¿Cuánto tiempo llevaba en esta habitación cuando oyó el grito, monsieur?

Carlile reflexionó.

—Entre unos cinco y diez minutos.

—¡Y antes de eso, no observó nada anormal!

—No.

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