Asesinato en Bardsley Mews
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #18
- Год: 1937
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8427201303
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:
—Sí, después. ¿No vio usted ni oyó nada?
Reggie movió la cabeza pesaroso.
—Me temo que no. Fui directamente a mi habitación. Y tengo un sueño muy profundo.
—¿Fue directamente del salón a su dormitorio y permaneció allí hasta la mañana?
—Eso es.
—Es curioso... —dijo Poirot.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Reggie, excitado.
—Por ejemplo, ¿no oyó... un grito?
—No.
—Ah, muy curioso.
—Escuche, no sé a qué se refiere.
—¿Quizás es usted un poco sordo?
—En absoluto.
Los labios de Poirot se movieron. Es posible que repitiera la palabra «curioso» por tercera vez. Luego dijo:
—Bien, gracias, mister Carrington. Eso es todo.
Reggie se puso en pie con ademán poco resuelto.
—¿Sabe? —dijo—. Ahora que usted lo dice, creo que oí algo de eso.
—Ah, ¿oyó usted algo?
—Sí, pero comprenda, estaba leyendo un libro... una novela policíaca... y yo...bueno... no le di importancia.
—¡Ah! —replicó Poirot con el rostro impasible—, una explicación muy satisfactoria.
Reggie seguía vacilando y al fin se dirigió lentamente hacia la puerta, donde se detuvo para preguntar:
—Oiga, ¿qué es lo que robaron?
—Algo de mucho valor, mister Carrington. Es todo lo que puedo decirle.
—¡Oh! —exclamó Reggie antes de salir.
Poirot asintió con la cabeza.
—Esto encaja —murmuró—. Encaja perfectamente.
Y haciendo sonar el timbre preguntó con toda cortesía si mistress Vanderlyn se había levantado ya.
Capítulo VII
Mistress Vanderlyn estaba radiante cuando entró en la biblioteca. Vestía un traje deportivo muy bien cortado, de tejido grueso, que hacía resaltar los cálidos reflejos de sus cabellos, y acomodándose en una butaca sonrió al hombrecillo que tenía enfrente. Por un instante aquella sonrisa demostró... triunfo, o tal vez fuese sólo burla.
Desapareció casi inmediatamente, pero Poirot lo encontró muy interesante.
—¿Ladrones? ¿Anoche? ¡Pero qué horror! Pues no, no oí absolutamente nada. ¿Y la policía? ¿No puede hacer algo?
—Comprenda, madame; es un asunto que debe llevarse con la mayor discreción. —Naturalmente, monsieur Poirot... Yo no diré ni una palabra. Soy una gran admiradora de lord Mayfield e incapaz de hacer nada que le cause la más ligera molestia.
Cruzó las piernas y balanceó su zapato de piel color castaño en la punta de uno de sus pies.
—Dígame si hay algo en que pueda servirle.
—Se lo agradezco, madame. ¿Jugó al bridge anoche en el salón?
—Sí.
—Tengo entendido que después las señoras subieron a acostarse.
—Así es.
—Pero alguien regresó en busca de un libro. ¿Fue usted, verdad, mistress Vanderlyn?
—Sí... fui la primera en regresar.
—¿Qué quiere decir? ¿La primera? —preguntó Poirot, extrañado.
—Yo regresé en seguida —explicó mistress Vanderlyn—. Luego subí y llamé a mi doncella, pero tardaba en acudir. Volví a llamar, y luego salí al pasillo. Oí su voz y la llamé. Después me estuvo cepillando el pelo y la despedí. Estaba nerviosa, sobresaltada y enredó el cepillo en mis cabellos un par de veces. Fue entonces, cuando acababa de despedirla, que vi a lady Julia que subía la escalera. Me dijo que también ella había ido a buscar un libro. Es curioso, ¿verdad?
—Dígame, madame. ¿Y no oyó gritar a su doncella?
—Pues sí; oí algo por el estilo.
—¿Le preguntó de qué se trataba?
—Sí. Me dijo que creyó ver una figura blanca flotando en el aire... ¡qué tontería!
—¿Qué vestido llevaba anoche lady Julia?
—Oh, creo que... sí, ya recuerdo. Llevaba un traje de noche blanco. Claro, eso lo explica todo.
Debió verla en la oscuridad y le pareció una sombra blanca. Estas chicas son tan supersticiosas...
—¿Su doncella lleva mucho tiempo con usted, madame?
—Oh, no. —Mistress Vanderlyn abrió mucho los ojos—. Sólo cinco meses.
—Quisiera verla, si no le importa, madame...
—Desde luego que no —dijo con bastante frialdad.
—Comprenda, me gustaría interrogarla.
—Oh, sí.
Y de nuevo sus ojos volvieron a brillar divertidos. Poirot, puesto en pie, se inclinó.
—Madame —dijo—, tiene usted en mí a un ferviente admirador.
—¡Oh, monsieur Poirot, qué amable es usted! Pero ¿por qué?
—Madame, está usted tan segura de sí misma...
Mistress Vanderlyn sonrió indecisa.
—Quisiera saber si debo considerarlo un cumplido.
—Tal vez sea una advertencia... para no hacer frente a la vida con demasiada arrogancia —dijo Poirot.
Mistress Vanderlyn rió ya más segura, y poniéndose en pie alzó una mano.
—Querido monsieur Poirot, le deseo toda clase de éxitos. Gracias por todas las cosas amables que me ha dicho.
Y mientras salía, Poirot murmuró para sí:
—¿Me desea éxito? ¡Ah, pero está muy segura de que no voy a alcanzarlo! Sí, muy segura está. Y eso me preocupa.
Con cierta petulancia tiró de la campanilla y preguntó si podían enviarle a mademoiselle Leonie. Sus ojos la miraron apreciativamente cuando hizo acto de presencia y se detuvo vacilante en la puerta... con su vestido negro, sus cabellos negros peinados hacia atrás en suaves ondas y los ojos bajos, en actitud modesta.
—Pase, mademoiselle Leonie —la invitó—. No tenga miedo.
Ella entró al fin, deteniéndose ante él.
—¿Sabe que la encuentro muy bonita? —dijo Poirot en un cambio de tono repentino.
Leonie respondió en el acto, dirigiendo una rápida mirada de soslayo al tiempo que murmuraba suavemente:
—Monsieur es muy amable.
—Figúrese usted —continuó Poirot—. Le pregunté a míster Carlile si era usted bonita y me contestó que no lo sabía. Leonie alzó la barbilla con gesto desdeñoso.
—¡Esa estatua!
—Lo ha descrito muy bien.
—Yo creo que ése no ha mirado a una chica en su vida.
—Probablemente no. Es una lástima. No sabe lo que se ha perdido. Pero hay otras personas en la casa que son más amables, ¿no es cierto?
—La verdad, no sé a qué se refiere, monsieur.
—Oh, sí, mademoiselle Leonie, lo sabe muy bien. Bonita historia la que contó anoche de que había visto un fantasma. Tan pronto como supe que estaba usted de pie con las manos en la cabeza, comprendí que no se trataba de ningún fantasma. Cuando una chica se asusta, se lleva las manos al corazón o a la boca para ahogar un grito, pero si las tiene en la cabeza, significa algo muy distinto. Significa que sus cabellos se han alborotado y que trata apresuradamente de acomodarlos. Ahora, mademoiselle, sepamos la verdad. ¿Por qué gritó en la escalera?
—Pero, monsieur, es cierto que vi a una figura alta toda vestida de blanco...
—Mademoiselle, no insulte a mi inteligencia. Esa historia pudo ser lo bastante buena para mister Carlile, pero no lo es para Hércules Poirot. La verdad es que acababan de besarla, ¿no? Y me parece adivinar que fue el joven Reggie quien la besó.
—Eh bien? —preguntó—. ¿Qué es un beso, después de todo?
—Desde luego —dijo Poirot, galante.
—Comprenda, el señorito subió detrás de mi y me cogió por la cintura... y por eso, naturalmente, me asusté y grité. Si lo hubiera sabido... bueno, claro que no hubiese gritado.
—Claro —convino Poirot.
—Pero llegó hasta mi como un gato. Luego se abrió la puerta del despacho, el señorito se escapó escaleras arriba y yo me quedé como una tonta ante monsieur le secrétaire. Tenia que decir algo...especialmente a... —concluyó la frase en francés— un jeune homme comme ça, tellement comme il faut!
—¿De modo que inventó lo del fantasma?
—Cierto, monsieur; fue lo único que se me ocurrió. Una figura alta toda vestida de blanco y que flotaba en el aire. ¡Es ridículo! Pero ¿qué otra cosa podía hacer?