Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Kadere les tenía una sorpresa reservada; mientras los conductores desenganchaban los tiros y cogían cubos de los carros que acarreaban agua, el buhonero salió de su carreta acompañado por una joven de cabello oscuro, ataviada con un vestido de seda roja y escarpines del mismo color, prendas más propias para llevar en un palacio que en el Yermo. Un fino chal le cubría la cabeza casi como un shoufa, así como parte de la cara, si bien no servía de mucho como protección contra el sol y tampoco para ocultar el pálido y bello rostro en forma de corazón. Agarrada al fornido brazo del buhonero, se dirigió con andares seductores hacia el cuarto salpicado de sangre; Moraine y las demás mujeres se habían retirado al lugar donde los gai’shain estaban instalando el campamento de las Sabias. Cuando la pareja salió, la joven se estremeció delicadamente. Rand estaba seguro de que era puro fingimiento, como también estaba convencido de que había sido ella la que había pedido ver aquel matadero. Su parodia de pretendida repulsión duró apenas dos segundos, y después miró en derredor observando con interés a los Aiel.
Por lo visto, el propio Rand era objeto también de su curiosidad. Kadere se disponía a conducirla de vuelta al carromato, pero ella lo condujo hacia el joven; la seductora sonrisa de sus labios carnosos era claramente visible bajo el velo transparente.
—Hadnan me ha estado hablando de ti —dijo con voz ronca. Iría colgada del brazo del buhonero, pero sus oscuros ojos recorrieron a Rand de arriba abajo con descaro—. Eres del que hablan los Aiel. El que Viene con el Alba.
Keille y el juglar salieron del segundo carromato y se pararon a cierta distancia, observándolos.
—Eso parece —respondió Rand.
—Qué extraño. —Su sonrisa se tornó cruelmente maliciosa—. Pensé que serías más apuesto. —Dio unas palmaditas a Kadere en la mejilla y suspiró—. Este horrible calor me agota. No tardes.
Kadere no habló hasta que la joven hubo subido la escalerilla y entró en el carromato. Había reemplazado el sombrero por un largo chal blanco que llevaba atado alrededor de la cabeza, con los picos colgando sobre la nuca.
—Debéis disculpar a Isendre, caballero. A veces es demasiado… atrevida. —Su voz sonaba apaciguadora, pero sus ojos eran los de un ave de presa. Vaciló antes de proseguir—: También he oído otros rumores. Se dice que sacasteis a Callandor del Corazón de la Ciudadela.
La expresión de sus ojos no cambió ni por un momento. Si sabía lo de Callandor, entonces estaba enterado de que él era el Dragón Renacido y que, por ende, podía encauzar el Poder Único. Pero sus ojos no cambiaron. Un hombre peligroso.
—También se dice que no hay que creer nada de lo que se oye y sólo la mitad de lo que se ve —respondió Rand.
—Una norma muy sensata —comentó Kadere al cabo de un momento—. Empero, si un hombre quiere superarse debe creer en algo. La fe y el conocimiento abren el camino hacia la grandeza. El conocimiento quizá sea lo más valioso. Todos buscamos ese tesoro. Excusadme, caballero, Isendre no es muy paciente. Tal vez tengamos otra oportunidad de hablar.
Antes de que el hombre hubiera subido tres peldaños de la escalerilla, Aviendha manifestó en un tono duro y bajo:
—Perteneces a Elayne, Rand al’Thor. ¿Miras así a todas las mujeres que se te ponen delante o sólo a las que van medio desnudas? Si me quitara la ropa, ¿me mirarías de ese modo también? ¡Perteneces a Elayne!
—Yo no le pertenezco a nadie, Aviendha —replicó el joven, que había olvidado que la Aiel estaba allí—. ¿Elayne? ¡Pero si es incapaz de decidir qué es lo que quiere!
—Elayne te entregó su corazón, Rand al’Thor. Si no te lo demostró ya en la Ciudadela de Tear, ¿no te dicen sus dos cartas lo que siente? Eres suyo y de ninguna otra.
Rand levantó las manos y se alejó de ella. O, más bien, lo intentó, porque Aviendha siguió pegada a sus talones cual una sombra desaprobadora.
Espadas. Los Aiel habrían olvidado por qué no usaban espadas, pero sí conservaban el desprecio por ellas. A lo mejor había encontrado el modo de que lo dejara en paz. Buscó a Lan en el campamento de las Sabias y le pidió que mirara cómo practicaba las distintas maniobras. Bair era la única de las cuatro Sabias que estaba por allí, y el gesto ceñudo de la mujer marcó más profundamente sus arrugas. Tampoco a Egwene se la veía por ninguna parte. Moraine mostraba su habitual máscara de impasible calma y una absoluta frialdad en sus oscuros ojos; imposible saber si lo aprobaba o no.
No buscaba ofender a los Aiel, de modo que se puso con Lan entre las tiendas de las Sabias y las de los Jindo. Utilizó una de las espadas de prácticas que el Guardián llevaba en su equipaje y que, en lugar de una hoja de acero, tenía un haz de varillas atadas. El peso y el equilibrio eran correctos, sin embargo, y Rand podía olvidarse de sí mismo en aquella especie de danza fluida entre postura y postura, como si la espada de prácticas cobrara vida y hubiera pasado a ser parte de él. Generalmente ocurría así, pero hoy el sol era un horno en el cielo que evaporaba la humedad corporal y consumía las fuerzas. Aviendha se sentó en cuclillas a un lado, ciñendo las rodillas contra el pecho, contemplándolo fijamente.
Por fin, falto de aliento, Rand dejó caer los brazos.
—Perdiste la concentración —le dijo Lan—. Debes aferrarte a ella incluso cuando tus músculos dejen de responderte. Si la pierdes, ése será el día que mueras. Y probablemente será a manos de un muchacho campesino que ha cogido un arma por primera vez en su vida. —Su sonrisa fue repentina, chocante en aquel rostro pétreo.
—Sí. Bueno, ya no soy un chico de pueblo, ¿verdad? —Tenían público, aunque a distancia. Los Aiel se alineaban al borde de los campamentos Shaido y Jindo. La oronda figura de Keille, envuelta en ropas color crema, resaltaba entre los Jindo; el juglar estaba a su lado, con la capa de parches de colores. ¿A cuál elegía? No quería que vieran que los estaba observando—. ¿Cómo luchan los Aiel, Lan?
—Con dureza —repuso, cortante, el Guardián—. Jamás pierden la concentración. Fíjate. —Con la espada dibujó en el arcilloso suelo resquebrajado un círculo y flechas—. Los Aiel cambian de táctica de acuerdo con las circunstancias, pero ésta es una de las que utilizan con más asiduidad. Se mueven en una columna dividida en cuatro. Cuando encuentran un enemigo, el primer grupo arremete de frente contra él, mientras que el segundo y el tercero se despliegan a ambos lados y atacan por los flancos y la retaguardia. El cuarto grupo se queda esperando como tropa de reserva, a menudo sin seguir el curso de la batalla, a excepción de su cabecilla. Cuando aparece un punto débil —una brecha, cualquier cosa— la tropa de reserva ataca allí. ¡Golpe de gracia! —Su espada se hincó en el círculo, que ya estaba partido con flechas.
—¿Y cómo se supera esa táctica tan demoledora?
—Con dificultad. Cuando surge el primer contacto, y nunca detectarás a los Aiel hasta que lancen el ataque a menos que tengas suerte, se envía de inmediato a la caballería para que cargue contra los grupos de los flancos y así romper el cerco o, cuando menos, retrasar su maniobra. Si mantienes al grueso de tu fuerza atrás y abres brecha y arrasas el ataque de contención, entonces puedes volverte contra los otros frentes y vencerlos también.
—¿Por qué quieres aprender el modo de luchar contra los Aiel? —barbotó Aviendha—. ¿No eres El que Viene con el Alba, el que nos unirá y nos hará volver a las viejas glorias? Además, si quieres saber cómo combatir a los Aiel, pregunta a los Aiel, no a un hombre de las tierras húmedas. Su táctica no funcionará.
—Ha funcionado bastante bien con los hombres de la frontera de vez en cuando. —Las suaves botas de Rhuarc apenas hacían ruido en el endurecido terreno. El jefe de clan llevaba un odre de agua bajo el brazo—. Siempre se es comprensivo y se disculpan los excesos de alguien que sufre un desengaño, Aviendha, pero los estallidos de malhumor tienen un límite. Renunciaste a la lanza porque tienes una obligación con el pueblo y con el linaje. Sin duda llegará el día en que dirás a un jefe de clan lo que ha de hacer en lugar de lo que él querría; pero, aun en el caso de que seas la Sabia del dominio más pequeño del septiar más pequeño de los Taardad, esa obligación sigue vigente y no puede afrontarse con rabietas.