Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
«No respira. —Dany prestó atención al silencio—. No respira ninguno, no se mueven, y esos ojos no ven. ¿Será posible que los Eternos estén muertos?»
La respuesta que recibió fue tan tenue como el roce del bigote de un ratón.
—… vivimos… vivimos… vivimos…
—… y sabemos… sabemos… sabemos… sabemos… —repitió una miríada de voces.
—He venido en busca del don de la verdad —dijo Dany—. En la sala alargada, vi cosas… ¿eran visiones ciertas o mentiras? ¿Cosas del pasado o cosas que han de suceder? ¿Qué significaban?
—… la forma de las sombras… mañanas que aún no son… bebe de la copa de hielo… bebe de la copa de fuego…
—… madre de dragones… hija de tres…
—¿De tres? —No comprendía nada.
—… tres cabezas tiene el dragón… —El coro fantasmal retumbaba en su cabeza, pero los labios no se movían, no había aliento que agitara el aire quieto y azul—. … madre de dragones… hija de la tormenta… tres fuegos debes encender… uno por la vida, otro por la muerte, otro por amor… —Los susurros se convertían en una canción que se arremolinaba en su mente. El corazón le latía al unísono con el que flotaba ante ella, azul y podrido—. Tres monturas debes cabalgar… una hacia el lecho, otra hacia el terror y otra hacia el amor… —Las voces eran cada vez más altas, y Dany se dio cuenta de que el corazón le palpitaba más despacio, que su respiración era cada vez más lenta—. Tres traiciones conocerás… una por sangre, otra por oro y otra por amor…
—No… —Su voz era apenas un susurro, casi tan tenue como la de los Eternos. ¿Qué le estaba pasando?—. No lo entiendo —dijo, más alto. ¿Por qué le costaba tanto hablar allí?—. Ayudadme. Decídmelo.
—… ayudadla… —se burlaron los susurros—… decídselo…
En ese momento los fantasmas se estremecieron en la penumbra y formaron imágenes color índigo. Viserys gritó cuando el oro fundido le corrió por las mejillas y le llenó la boca. Un señor alto de piel cobriza y cabellera como oro blanco cabalgaba bajo el estandarte de un semental fiero, mientras a su espalda se veía una ciudad en llamas. Los rubíes brotaban como gotas de sangre del pecho de un príncipe moribundo que caía de rodillas en el agua, y murmuraba con su último aliento el nombre de una mujer.
—… madre de dragones, hija de la muerte…
Una espada roja brillaba como el ocaso en la mano de un rey de ojos azules que no proyectaba sombra alguna. Un dragón de tela se mecía entre dos pértigas mientras la multitud aplaudía. De una torre humeante, una gran bestia de piedra emprendía el vuelo, echando fuego sombrío por la boca…
—… madre de dragones, exterminadora de mentiras…
Su plata trotaba por la hierba hacia un arroyo oscuro, bajo un mar de estrellas. En la proa de un barco se alzaba un cadáver, con ojos brillantes en el rostro muerto y una sonrisa triste en los labios grises. Una flor azul crecía en una grieta de un muro de hielo, e impregnaba el aire de un olor dulce…
—… madre de dragones, esposa del fuego…
Las visiones se sucedían cada vez más deprisa, una tras otra, hasta que pareció que el aire había cobrado vida. Las sombras giraban y danzaban en el interior de una tienda, impalpables y terribles. Una niñita corría descalza hacia una casa grande con la puerta roja. Mirri Maz Duur aullaba entre las llamas, mientras le surgía un dragón de la cabeza. Un caballo plateado arrastraba el cadáver ensangrentado de un hombre desnudo. Un león blanco corría por un campo de hierba más alta que una persona. Al pie de la Madre de las Montañas, una fila de ancianas desnudas subía de un gran lago y se arrodillaba ante ella, todas estremecidas, inclinando las cabezas canosas. Diez mil esclavos alzaban las manos manchadas de sangre mientras ella cabalgaba como el viento entre ellos a lomos de su plata.
—¡Madre! —gritaban—, ¡madre, madre! —Le tiraban de la capa, del dobladillo de la falda, del pie, de la pierna, del pecho… La querían, la necesitaban, el fuego, la vida, y Dany buscaba el aliento y abría los brazos para entregarse a ellos.
Pero, en aquel momento, unas alas negras revolotearon en torno a su cabeza, un chillido de furia cortó el aire índigo, y de repente las visiones desaparecieron, se desmoronaron, y la respiración trabajosa de Dany se transformó en un grito de terror. Los Eternos la rodeaban, azules y fríos, susurrando mientras la tocaban, mientras la acariciaban, le tironeaban de la ropa, la rozaban con manos frías y secas, le pasaban los dedos por el pelo… Había perdido toda la fuerza de los músculos. No se podía mover. El corazón ya no le latía. Sintió el tacto de una mano en el pecho desnudo que le pellizcaba un pezón. Unos dientes le buscaron la piel tierna de la garganta. Una boca se posó sobre uno de sus ojos, lo lamió, lo chupó, lo empezó a morder…
Y de pronto el índigo se transformó en naranja, y los susurros en gritos. El corazón le palpitaba, le latía a toda velocidad, las manos y las bocas se esfumaron, el calor le bañó la piel, y Dany parpadeó ante el repentino resplandor. Sobre ella, el dragón extendió las alas y se lanzó contra el espantoso corazón, desgarró la carne podrida hasta convertirla en jirones, y cuando echó la cabeza hacia atrás el fuego que le salió de entre las mandíbulas era brillante y ardiente. Dany oyó los gritos de los Eternos que se quemaban, sus voces agudas y quebradizas que sollozaban en idiomas muertos mucho tiempo atrás. Su carne era como pergamino a punto de desmoronarse y sus huesos como madera seca empapada en sebo. Se agitaban mientras las llamas los consumían, giraban, se retorcían, se contorsionaban y alzaban las manos en llamas, con dedos brillantes como antorchas.
Dany consiguió ponerse en pie y embistió contra ellos. Eran livianos como el aire, apenas cascarones, y caían en cuanto los tocaba. Cuando llegó a la puerta, la estancia entera ardía.
—¡Drogon! —llamó, y el dragón voló hacia ella en medio del fuego.
Corrió por un pasillo serpenteante, iluminado por el resplandor anaranjado de la estancia en llamas. Dany corrió y corrió, en busca de una puerta a la derecha, una puerta a la izquierda, una puerta cualquiera, pero no había ninguna, sólo paredes de piedra sinuosas, y un suelo que parecía moverse bajo sus pies, que se retorcía como si quisiera hacerla tropezar. Pero se mantuvo erguida y corrió más deprisa, y de pronto vio ante ella la puerta, una puerta que era como una boca abierta.
Cuando se precipitó hacia el sol, el brillo de la luz la hizo tambalearse. Pyat Pree farfullaba en una lengua ignota, y saltaba primero sobre un pie, luego sobre el otro. Dany miró hacia atrás, y vio tentáculos de humo que brotaban de las hendiduras de los viejos muros de piedra del Palacio de Polvo, y se alzaban a través de las tejas negras del tejado.
Pyat Pree lanzó una maldición y corrió hacia ella con un cuchillo en la mano, pero Drogon revoloteó por delante de su rostro. En aquel momento oyó el restallido del látigo de Jhogo, y le pareció el sonido más dulce que había escuchado jamás. El cuchillo salió volando por los aires, y un instante después Rakharo derribaba a Pyat. Ser Jorah Mormont se arrodilló junto a Dany sobre la hierba fresca, y le rodeó los hombros con un brazo.