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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Tyrion leyó la carta tres veces y la dejó a un lado. Las naves de Lord Balon habrían sido de gran ayuda contra la flota que se acercaba procedente de Bastión de Tormentas, pero se encontraban a miles de leguas de distancia, al otro lado de Poniente. Y no estaba nada convencido de querer entregar a los Greyjoy la mitad del reino. «Debería soltar esto en manos de Cersei, o presentarlo al Consejo.»

Sólo entonces dejó entrar a Hallyne, que le llevaba las últimas cuentas de los alquimistas.

—Esto no es posible —dijo Tyrion mientras leía los informes—. ¿Casi trece mil frascos? ¿Me tomáis por idiota? No voy a pagar oro del rey por frascos vacíos y jarros de meados sellados con cera, os lo advierto.

—No, no —protestó Hallyne—. Las cifras son correctas, os lo aseguro. Hemos tenido, hummm, mucha suerte, mi señor Mano. Se ha descubierto otro depósito perteneciente a Lord Rossart, más de trescientas jarras. ¡Nada menos que bajo Pozo Dragón! Unas cuantas prostitutas utilizaban esas ruinas para atender a sus clientes, y uno de ellos cayó a las bodegas por accidente, el suelo estaba podrido y se hundió. Palpó las jarras, y creyó que eran de vino. Estaba tan borracho que rompió el sello de una y bebió.

—Hubo un príncipe que hizo lo mismo —dijo Tyrion con tono seco—. No he visto ningún dragón sobre la ciudad, así que parece que esta vez tampoco ha dado resultado.

El Pozo Dragón estaba en la cima de la colina de Rhaenys, y llevaba siglo y medio abandonado. Era un lugar tan apropiado como cualquiera para almacenar unas reservas de fuego valyrio, de hecho era mejor que otros muchos, pero el difunto Lord Rossart podría haberse tomado la molestia de decírselo a alguien.

—Trescientas jarras, ¿eh? Aun así, el total sigue siendo disparatado. Tenéis miles de jarras más que las que me dijisteis que calculabais la última vez que nos vimos, y ya entonces me pareció una previsión optimista.

—Sí, sí, así es. —Hallyne se secó la frente blanquecina con la manga de la túnica negra y escarlata—. Hemos estado trabajando mucho, mi señor Mano, hummm.

—Sin duda eso explicaría por qué estáis preparando mucha más sustancia que antes. —Tyrion, sonriente, clavó en el piromante los ojos dispares—. Pero plantea otra pregunta, es decir, ¿por qué no empezasteis a trabajar mucho… un poco antes?

Hallyne tenía la piel del color de una seta, así que costaba imaginar que se pudiera poner aún más pálido, pero lo estaba logrando.

—Trabajábamos mucho, mi señor Mano… mis hermanos y yo nos hemos dedicado a esto día y noche desde el principio, os lo aseguro. Sólo que, hummm, hemos preparado tanta sustancia que ahora, hummm, tenemos más práctica, y además… —El alquimista parecía muy inquieto—. Hay ciertos hechizos, hummm, secretos arcanos de nuestra orden, muy delicados, muy peligrosos, pero necesarios para que la sustancia sea, hummm, como debe ser…

Tyrion se impacientaba por momentos. Ser Jacelyn Bywater ya habría llegado y a Mano de Hierro no le gustaba nada esperar.

—Sí, vale, tenéis hechizos secretos, qué suerte. ¿Y qué?

—Pues que, hummm, parece que ahora funcionan mejor que antes. —Hallyne le dedicó una sonrisa débil—. Supongo que no sabréis si hay dragones por ahí, ¿verdad?

—A menos que encontrarais alguno en el Pozo Dragón, no. ¿Por qué?

—No, perdonad, por nada. Me estaba acordando de algo que me dijo en cierta ocasión el anciano sapiencia Pollitor cuando yo no era más que un acólito. Le había preguntado por qué muchos de nuestros hechizos no parecían tan… bueno, tan eficaces como se decía en los pergaminos que debían ser, y él me explicó que era porque la magia había empezado a desaparecer del mundo el día en que murió el último de los dragones.

—Pues siento decepcionaros, pero no he visto ningún dragón. En cambio, al que sí he visto por ahí ha sido a la Justicia del Rey. Si alguna de estas frutas que me estáis vendiendo contiene algo que no sea fuego valyrio, vos también lo veréis.

Hallyne salió con tanta precipitación que estuvo a punto de derribar a Ser Jacelyn… mejor dicho, a Lord Jacelyn, Tyrion se lo tenía que recordar constantemente a sí mismo. Por suerte, Mano de Hierro fue directo al grano, como de costumbre. Acababa de volver de Rosby, de llevar una nueva leva de lanceros reclutados en las tierras de Lord Gyles, y había reasumido el mando de la Guardia de la Ciudad.

—¿Cómo se encuentra mi sobrino? —preguntó Tyrion cuando terminaron de hablar sobre las defensas de la ciudad.

—El príncipe Tommen está sano y feliz, mi señor. Ha adoptado una cervatilla que mis hombres le trajeron de una cacería. Dice que tuvo otra de pequeño, pero Joffrey la despellejó para hacerse un jubón. A veces pregunta por su madre, y ha empezado a escribir varias cartas a la princesa Myrcella, aunque nunca las termina. En cambio, no parece extrañar en absoluto a su hermano.

—¿Habéis hecho los arreglos pertinentes para el caso de que perdiéramos la batalla?

—Mis hombres tienen instrucciones al respecto.

—¿Y cuáles son?

—Me ordenasteis que no se las contara a nadie, mi señor.

Aquello le arrancó una sonrisa.

—Me alegra que lo recordéis. —Si Desembarco del Rey caía, tal vez lo cogieran vivo. Sería mejor que no supiera el paradero del heredero de Joffrey.

Poco después de que Lord Jacelyn se despidiera, recibió la visita de Varys.

—Qué criaturas tan desleales son los hombres —dijo a modo de saludo.

—¿Quién nos ha traicionado hoy? —preguntó Tyrion con un suspiro.

—Tanta villanía es un triste cántico a nuestra época —contestó el eunuco tendiéndole un pergamino—. ¿Acaso el honor murió con nuestros padres?

—Mi padre aún no está muerto. —Tyrion echó un vistazo a la lista—. Algunos de estos nombres me suenan. Son hombres ricos. Comerciantes, mercaderes, artesanos… ¿por qué conspiran contra nosotros?

—Al parecer, creen que Lord Stannis debe vencer, y quieren compartir su victoria. Se autodenominan «Hombres Astados», en honor al venado coronado.

—Pues que alguien les explique que Stannis ha cambiado de blasón. Deberían hacerse llamar «Corazones Calientes». —Pero al parecer no era cuestión de broma. Aquellos Hombres Astados tenían cientos de seguidores bien armados, con los que esperaban tomar la Puerta Vieja una vez empezara la batalla, para dejar entrar al enemigo. Entre los nombres de la lista estaba el del maestro armero Salloreon—. En fin, me imagino que al final no me va a hacer ese yelmo aterrador con cuernos de demonio —se lamentó Tyrion al tiempo que escribía la orden de arresto.

THEON

En un momento dado dormía. Al siguiente estaba despierto.

Kyra estaba acurrucada junto a él, con un brazo en torno al suyo y los pechos presionados contra su espalda. Oía su respiración, suave y rítmica. La sábana estaba enroscada en torno a los cuerpos de los dos. Era noche cerrada. El dormitorio estaba a oscuras, en silencio.

«¿Qué ha sido eso? ¿He oído algo? ¿O a alguien?»

El viento susurraba contra los postigos. En algún punto lejano, maullaba un gato en celo. Nada más.

«Duérmete, Greyjoy —se dijo—. El castillo está tranquilo, tienes guardias apostados. En tu puerta, en la entrada, en la armería…»

Le habría gustado atribuirlo a una pesadilla, pero no recordaba haber soñado nada. Kyra lo había dejado agotado. Hasta que Theon envió a buscarla, se había pasado sus dieciocho años de vida en la ciudad de invierno, sin poner un pie jamás entre los muros del castillo. Llegó a él empapada, ansiosa y ágil como una comadreja, y el hecho de follar con una vulgar moza de taberna en el lecho del propio Lord Eddard Stark le proporcionaba un placer adicional.

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