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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Le vino a la memoria su bosque de dioses; los altos centinelas con sus armaduras de agujas gris verdoso, los robles gigantescos, los espinos, los fresnos, los pinos, y en el centro el árbol corazón, que se alzaba como un gigante blanco congelado en el tiempo. Casi le llegaba el olor de aquel lugar, terroso e inquietante, el olor de los siglos. Aquel bosque era oscuro incluso a plena luz del día.

«Ese bosque era Invernalia. Era el norte. Jamás me había sentido tan fuera de lugar como cuando entré allí. En aquel lugar, era un intruso.» Se preguntó si los Greyjoy tendrían la misma sensación. Tal vez el castillo les perteneciera, pero el bosque de dioses, no. Ni en un año, ni en diez, ni en cincuenta.

Tyrion Lannister dirigió su caballo al paso hacia la Puerta del Lodazal. «¿A ti qué te importa Invernalia? —se dijo—. Date por satisfecho con que haya caído, y cuida de tus murallas.» La puerta estaba abierta. Dentro, en la plaza del mercado, había tres grandes trabuquetes, que oteaban desde las almenas como tres pájaros gigantescos. Sus enormes brazos eran troncos de robles viejos, con refuerzos de hierro para que no se astillaran. Los capas doradas las llamaban las Tres Putas, porque iban a dar una lujuriosa bienvenida a Lord Stannis. «Al menos eso esperamos.»

Tyrion picó espuelas y cruzó la Puerta del Lodazal, enfrentándose a la marea humana. Más allá de las Putas, había menos gente, y la calle se abría a su alrededor.

No hubo ningún contratiempo en el camino de regreso a la Fortaleza Roja, pero al llegar a la Torre de la Mano se encontró con una docena de capitanes mercantes furiosos, que aguardaban en su sala de audiencias para protestar por el embargo de sus naves. Se disculpó con toda sinceridad, y les prometió compensarlos una vez terminara la guerra. Aquello no los calmó en lo más mínimo.

—¿Y qué pasa si perdéis, mi señor? —preguntó un braavosi.

—En ese caso, pedid la compensación al rey Stannis.

Cuando consiguió librarse de ellos, las campanas sonaban ya, y Tyrion comprendió que iba a llegar tarde. Cruzó el patio anadeando casi a la carrera, y llegó al sept del castillo en el momento en que Joffrey ponía las capas de seda blanca en los hombros de los dos nuevos miembros de su Guardia Real. Por lo visto el ritual exigía que todo el mundo estuviera de pie, de manera que Tyrion no vio nada más que una muralla de traseros cortesanos. Pero tenía la ventaja de que, una vez el nuevo Septon Supremo terminara de tomar solemne juramento a los dos caballeros y de ungirlos en nombre de los Siete, estaría en la mejor situación para ser el primero en salir del allí.

Le había parecido bien que su hermana eligiera a Ser Balon Swann para ocupar el lugar del difunto Preston Greenfield. Los Swann eran señores de las Marcas, orgullosos, poderosos y cautos. Lord Gulian Swann había alegado una enfermedad para quedarse en su castillo sin tomar parte en la guerra, pero su hijo mayor había cabalgado con Renly y ahora estaba con Stannis, mientras que Balon, el más joven, servía en Desembarco del Rey. Tyrion sospechaba que, de haber tenido un tercer hijo, se encontraría con Robb Stark. Posiblemente no fuera la actitud más honorable, pero demostraba mucho sentido común; los Swann tenían intención de sobrevivir ganara quien ganara el Trono de Hierro. Además de su noble origen, el joven Ser Balon era valiente, cortés y hábil con las armas: manejaba bien la lanza, mejor aún la maza, y con el arco era insuperable. Serviría con honor y gallardía.

Por desgracia, la opinión de Tyrion sobre la segunda elección de Cersei era muy diferente. Ser Osmund Kettleblack tenía un aspecto imponente, cierto. Medía casi dos metros, dos metros de músculos y tendones en su mayoría, y tenía una nariz ganchuda, unas cejas pobladas y una barba castaña que le daban un aspecto fiero, siempre y cuando no sonriera. Era de baja extracción, poco más que un caballero errante, y dependía por completo de Cersei para ascender. Sin duda por eso su hermana lo había elegido.

—Ser Osmund es tan leal como valiente —había dicho Cersei a Joffrey al proponer su nombre.

Por desgracia, aquello era cierto. El bueno de Ser Osmund había estado vendiendo los secretos de la reina a Bronn desde que Cersei lo había contratado, pero no era cosa que Tyrion pudiera alegar delante de ella.

Al fin y al cabo no podía quejarse. Con aquel nombramiento tenía una oreja más próxima al rey, sin que su hermana lo supiera. Y, aunque Ser Osmund demostrara ser un cobarde hasta la médula, no sería peor que Ser Boros Blount, que en aquellos momentos ocupaba una mazmorra en Rosby. Ser Boros era el encargado de escoltar a Tommen y a Lord Gyles cuando Ser Jacelyn Bywater y sus capas doradas los sorprendieron, y entregó a sus protegidos con una celeridad que hubiera indignado al anciano Ser Barristan Selmy tanto como indignó a Cersei; un caballero de la Guardia Real tenía que morir en defensa del rey y de su familia. Se había empeñado en que Joffrey despojara a Blount de su capa blanca, alegando traición y cobardía.

«Y ahora va y lo sustituye por otro hombre tan falso como el anterior.»

Las oraciones, juramentos y unciones iban a durar toda la mañana, por lo visto. A Tyrion no tardaron en dolerle las piernas. Cambiaba el peso de un pie a otro, inquieto. Lady Tanda se encontraba unas cuantas filas más adelante, pero no vio a su hija. Había tenido la esperanza de divisar a Shae aunque fuera sólo un instante. Varys le decía que estaba bien, pero habría preferido comprobarlo en persona.

—Más vale ser doncella de una dama que moza en las cocinas —le había dicho Shae cuando Tyrion le explicó el plan del eunuco—. ¿Puedo llevarme el cinturón de flores? ¿Y el collar de oro con los diamantes negros, ese que decís que es como mis ojos? No me los pondré sin vuestro permiso.

Tyrion detestaba negarle cualquier cosa, pero tuvo que señalarle que, aunque Lady Tanda no era lo que se decía una mujer inteligente, hasta ella se sorprendería si veía a la doncella de su hija con más joyas que su señora.

—Elige dos o tres vestidos, no más —ordenó—. De buena lana, nada de seda, brocado ni pieles. El resto de las cosas te las guardaré en mis habitaciones, para cuando me visites.

No era la respuesta que Shae habría querido oír, pero al menos estaría a salvo.

Cuando la investidura de cargos terminó por fin, Joffrey salió escoltado por Ser Balon y Ser Osmund, ambos con sus nuevas capas blancas, mientras Tyrion se demoraba para intercambiar unas palabras con el nuevo Septon Supremo (al que había elegido él en persona, y era suficientemente inteligente para saber quién le untaba la miel en el pan).

—Quiero que los dioses estén de nuestra parte —le dijo sin rodeos—. Decid que Stannis ha jurado quemar el Gran Sept de Baelor.

—¿Es eso cierto, mi señor? —preguntó el Septon Supremo, un hombre menudo, astuto, de rostro arrugado y barbita blanca.

—Es posible. —Tyrion se encogió de hombros—. Stannis quemó el bosque de dioses de Bastión de Tormentas, a modo de ofrenda al Señor de la Luz. Si ha ofendido a los antiguos dioses, ¿por qué no va a ofender a los nuevos? Decid eso. Y decid también que cualquiera que ayude al usurpador traiciona no sólo a su rey legítimo, sino también a los dioses.

—Así lo haré, mi señor. Y también pediré que se rece por la salud del rey, y la de su Mano.

Cuando Tyrion volvió a sus estancias se encontró con que Hallyne el Piromante, lo estaba esperando, y con que el maestre Frenken le había llevado mensajes. Hizo esperar un poco más al alquimista mientras leía lo que habían traído los cuervos. Había una carta de Doran Martell con noticias anticuadas sobre la caída de Bastión de Tormentas, y otra mucho más intrigante de Balon Greyjoy, de Pyke, en la que se autoproclamaba «Rey de las Islas y del Norte». Invitaba al rey Joffrey a enviar a un representante a las Islas del Hierro para fijar las fronteras entre sus reinos y negociar una posible alianza.

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