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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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«Pues más le vale callarse si no quiere que lo ponga en mi lista junto a los demás», pensó mientras frotaba una mancha color marrón rojizo.

Estaba ya anocheciendo cuando llegó el nuevo señor de Harrenhal. Tenía un rostro vulgar y ordinario, sin barba, en el que sólo destacaban unos extraños ojos claros. No era gordo ni flaco, tampoco musculoso, vestía una cota de malla negra y una capa con lunares rosa. El blasón de su estandarte parecía un hombre bañado en sangre.

—¡Arrodillaos ante el señor de Fuerte Terror! —gritó su escudero, un chiquillo de la edad de Arya.

Y Harrenhal entero se arrodilló. Vargo se adelantó hacia él.

—Mi zeñor, Harrenhal ez vueztro.

El señor le respondió algo, pero en voz tan baja que Arya no lo oyó. Robett Glover y Ser Aenys Frey, recién bañados y con capas y jubones limpios y nuevos, se acercaron también a ellos. Tras unos instantes de conversación, Ser Aenys los guió hacia Rorge y Mordedor. Arya se sorprendió de que siguieran allí. Sin saber por qué, había dado por hecho que desaparecerían junto a Jaqen. Oyó la voz brusca de Rorge, pero no alcanzó a distinguir qué decía. En aquel momento, Shagwell se echó encima de ella.

—Mi señor, mi señor —canturreó al tiempo que tiraba de la niña por la muñeca—, ¡ésta es la comadreja que preparó la sopa!

—¡Suéltame! —se debatió Arya.

El señor se fijó en ella. Sólo movió los ojos, que eran muy claros, del color del hielo.

—¿Cuántos años tienes, niña?

Tuvo que pensar un momento para acordarse.

—Diez.

—Diez, mi señor —la corrigió—. ¿Te gustan los animales?

—Algunos sí. Mi señor.

—Me imagino que los leones no. —Una leve sonrisa se dibujó en sus labios—. Ni las manticoras. —Arya no supo qué decir, así que no dijo nada—. Tengo entendido que te llaman Comadreja —siguió él—. Eso no puede ser. ¿Qué nombre te puso tu madre?

Se mordió el labio, tratando de que se le ocurriera alguno. Lommy la había llamado Chichones; Sansa, Caracaballo; y su padre, Arya Entrelospiés, pero sabía que no eran nombres que pudiera decir al señor.

—Nymeria —respondió al final—. Pero me llaman Nan para abreviar.

—Conmigo no abrevies, llámame «mi señor», Nan —dijo—. Eres muy joven para pertenecer a la Compañía Audaz, y tampoco creo que admitan mujeres. ¿Te dan miedo las sanguijuelas, niña?

—No son más que sanguijuelas. Mi señor.

—Ojalá mi escudero pensara lo mismo, le podrías dar un par de lecciones. Las sangrías frecuentes son la clave de una vida larga. Tenemos que purgarnos de la sangre mala. Creo que me vas a ser útil. Mientras esté en Harrenhal, Nan, serás mi copera, y me servirás en la mesa y en mis estancias.

En aquella ocasión tuvo suficiente sentido común para no decir que preferiría trabajar en los establos.

—Sí, su señor. Digo, mi señor.

—Ponedla presentable —dijo el señor haciendo un gesto con la mano sin dirigirse a nadie en concreto—, y aseguraos de que sabe servir el vino sin derramarlo. —Se dio la vuelta y señaló la torre de entrada—. Lord Hoat, encargaos de esos estandartes.

Cuatro miembros de la Compañía Audaz subieron a las almenas y arriaron el león de los Lannister y la manticora negra de Ser Amory. En su lugar alzaron al hombre desollado de Fuerte Terror y el lobo huargo de los Stark. Y, aquella misma noche, una criada llamada Nan sirvió vino a Roose Bolton y a Vargo Hoat, que observaban desde la galería cómo los de la Compañía Audaz hacían desfilar a Ser Amory Lorch desnudo por el patio central. Ser Amory suplicaba y sollozaba, y se agarró a las piernas de sus captores hasta que Rorge lo obligó a soltarse, y Shagwell lo tiró de una patada al foso del oso.

«El oso es negro —pensó Arya—. Como Yoren.» Llenó la copa de Roose Bolton y no derramó ni una gota.

DAENERYS

En aquella ciudad de riquezas esplendorosas, Dany había imaginado que la Casa de los Eternos sería el más espléndido de los edificios, pero cuando bajó del palanquín se encontró ante unas ruinas antiguas y grises.

Era una edificación baja y alargada, sin torres ni ventanas, que se enroscaba como una serpiente de piedra a través de un bosquecillo de árboles de corteza negra, de cuyas hojas color azul tinta extraían los qarthianos la pócima que llamaban «color-del-ocaso». No había otros edificios en las proximidades. El techo del palacio era de tejas negras, muchas de las cuales se habían caído o estaban rotas; la argamasa que unía las piedras estaba seca y se desmoronaba. Ahora comprendía por qué Xaro Xhoan Daxos llamaba a aquel lugar «Palacio de Polvo». Hasta Drogon parecía inquieto allí. El dragón negro siseaba, y le salía humo entre los dientes afilados.

—Sangre de mi sangre —dijo Jhogo en dothraki—, este lugar es malévolo, es una guarida de espíritus y maegi. ¿No ves cómo se bebe el sol de la mañana? Vámonos antes de que nos beba también a nosotros.

—¿Qué poder pueden tener si viven en un lugar como éste? —intervino Ser Jorah Mormont deteniéndose junto a ellos.

—Atended el sabio consejo de los que bien os quieren —dijo Xaro Xhoan Daxos, asomándose del palanquín—. Los brujos son criaturas crueles que comen polvo y beben sombras. No os darán nada. No tienen nada que dar.

Khaleesi, todo el mundo dice que son muchos los que entran en el Palacio de Polvo, pero pocos los que salen. —Aggo echó mano de su arakh.

—Todo el mundo lo dice —corroboró Jhogo.

—Somos sangre de tu sangre —intervino Aggo—. Hemos jurado vivir y morir como tú. Permite que entremos contigo en ese lugar oscuro, para guardarte de todo mal.

—Hay caminos que hasta un khal tiene que recorrer a solas —dijo Dany.

—Entonces permitid que os acompañe yo —suplicó Ser Jorah—. Es muy peligroso que…

—La reina Daenerys tiene que entrar sola, o no entrar. —El brujo Pyat Pree salió de entre los árboles. Dany se preguntó cuánto tiempo llevaría allí—. Si da la vuelta ahora, las puertas de la sabiduría quedarán cerradas para ella por siempre jamás.

—Mi barcaza de paseo nos está aguardando —insistió Xaro Xhoan Daxos—. Dad la espalda a esta locura, oh testaruda reina. Tengo flautistas que apaciguarán vuestro corazón atormentado con la música más dulce, y una niñita cuya lengua os hará suspirar y derretiros.

Ser Jorah Mormont lanzó una mirada avinagrada al príncipe mercader.

—Alteza, acordaos de Mirri Maz Duur.

—La recuerdo —replicó Dany; de repente había tomado una decisión—. Recuerdo que tenía conocimientos, y no era más que una maegi.

Pyat Pree sonrió con los labios apretados.

—La niña habla con la sabiduría de una anciana. Cogeos de mi brazo, permitid que os guíe.

—No soy una niña —replicó Dany. Pero, de todos modos, tomó su brazo.

Bajo los árboles negros la oscuridad era más intensa de lo que había supuesto; y el camino, muy largo. Aunque parecía que el camino desde la calle hasta la puerta del palacio era recto, Pyat Pree no tardó en tomar un desvío. Dany quiso saber por qué.

—El camino directo permite entrar, pero no salir —se limitó a responder el brujo—. Prestad atención a lo que os digo, mi reina. La Casa de los Eternos no se construyó para simples mortales. Si tenéis en alguna estima vuestra alma, andad con cuidado y haced lo que os digo.

—Haré lo que me digáis —prometió Dany.

—Cuando entréis, os encontraréis en una sala con cuatro puertas: la que os llevó a la sala y tres más. Cruzad siempre la puerta que tengáis a la derecha. Siempre la de la derecha. Si os encontráis ante una escalera, subid. Nunca bajéis, y nunca crucéis una puerta que no sea la de vuestra derecha.

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