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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Dejó la linterna en el suelo y se inclinó para revisar sus ataduras. El Capa Blanca le agarró con dureza la muñeca, forzando la postura de sus brazos, y, al comprobar que los nudos estaban tan prietos como los había dejado, tiró de la cuerda que aprisionaba sus tobillos y raspó el pedregoso suelo con su cuerpo. El hombre parecía demasiado esquelético para poseer vigor, pero movía a Perrin como si fuera un niño. Ese proceso era una rutina diaria.

Al incorporarse Byar, Perrin advirtió que Egwene seguía dormida.

—¡Despierta! —gritó—. ¡Egwene! ¡Despierta!

—¿Qué…? ¿Qué? —Egwene, todavía adormecida, enderezó la cabeza y parpadeó al contacto con la luz de la lámpara.

Byar no dio señales de decepción por no poder despertarla de un puntapié; nunca lo hacía. Simplemente zarandeó las cuerdas igual que antes e hizo caso omiso de los gemidos de la muchacha. El hecho de causar dolor era otra de las cosas que, al parecer, no lo afectaban en modo alguno; Perrin era el único por quien desviaba sus pasos con propósito de herirlo. Aun cuando Perrin no lo recordara, Byar lo había grabado en su memoria como alguien que había dado muerte a dos Hijos de la Luz.

—¿Por qué habrían de dormir los Amigos Siniestros —dijo despiadadamente Byar—cuando dos hombres honrados deben permanecer despiertos para vigilarlos?

—Por centésima vez —respondió, cansada, Egwene—os digo que no somos Amigos Siniestros.

Perrin se puso rígido. En ocasiones una negación de aquel tipo acarreaba un ronco y monótono monólogo, versado en la confesión y el arrepentimiento, que concluía con una descripción de los métodos que los inquisidores utilizaban para obtenerlas. En otras, tenían como consecuencia un sermón y un puntapié. Para su sorpresa, Byar no reaccionó aquella vez.

En su lugar, el hombre se agazapó delante, mostrándole sus anguloso rostro, con el hacha sobre las rodillas. El sol dorado y las dos estrellas bordados en el pecho de su capa resplandecieron con la luz de la linterna. Apoyó los brazos en el mango del hacha y estudió en silencio a Perrin. Éste trató de no dar un respingo ante aquella mirada de cuencas hundidas.

—Nos estáis retrasando, Amigos Siniestros, tú y tus lobos. El Consejo de los Ungidos ha oído y ha tenido referencias de tales fenómenos y quiere conocer más acerca de ello, por lo cual debemos llevarte a Amador y entregarte a los inquisidores, pero estáis demorándonos. Confiaba en que pudiéramos avanzar con suficiente rapidez, aun sin las remontas, pero me equivocaba. —Guardó silencio, mirándolos con el entrecejo fruncido.

»El capitán está atrapado en un dilema —afirmó Byar finalmente—. Debido a los lobos debe llevaros ante el Consejo, pero también está obligado a llegar a Caemlyn en fechas precisas. No tenemos caballos sobrantes para vosotros, pero, si continuamos dejándoos ir a pie, no estaremos en Caemlyn cuando debiéramos. El capitán contempla sus obligaciones con una visión estricta y está decidido a presentaros al Consejo.

Egwene exhaló un gemido. Byar estaba mirando a Perrin y éste le devolvía la mirada, casi sin atreverse a pestañear.

—No comprendo —dijo lentamente.

—No hay nada que comprender —replicó Byar—. Nada más que vagas conjeturas. Si escaparais, no tendríamos tiempo para perseguiros. No disponemos de una hora que perder si hemos de llegar a tiempo a Caemlyn. Si os cortarais las cuerdas con una roca afilada, pongamos por caso, y os esfumarais en la noche, el problema del capitán quedaría resuelto. Sin apartar los ojos de Perrin, introdujo la mano en la capa y arrojó algo al suelo.

Perrin dirigió automáticamente la vista a donde había caído. Advirtió, estupefacto, una piedra partida con una afilada arista.

—Sólo vagas conjeturas —repitió Byar—. Vuestros centinelas también tienen un humor conjeturador esta noche.

A Perrin se le secó súbitamente la saliva en la boca. «¡Reflexiona! Luz, ayúdame a reflexionar y no cometer ningún error!»

¿Podía ser cierto? ¿Era posible que la necesidad de que los Capas Blancas arribaran a tiempo a Caemlyn fuera tan imperativa como para permitir la huida a personas sospechosas de ser Amigos Siniestros? Aquel hilo de pensamiento no lo conducía a ninguna parte; no disponía de suficientes datos. Byar era el único Capa Blanca que se avenía a dirigirles la palabra, aparte del capitán Bornhald, y era parco en la información que revelaba. Viéndolo desde otra perspectiva, si Byar deseaba que escaparan, ¿por qué no les cortaba simplemente las ataduras? Si Byar deseaba que escaparan… Byar, que estaba convencido hasta la médula de que eran Amigos Siniestros. Byar, que odiaba a los Amigos Siniestros con más intensidad incluso que al Oscuro. Byar, que buscaba cualquier excusa para causarle dolor por haber matado a dos Capas Blancas. ¿Byar quería que escaparan?

Si antes había considerado que su mente no paraba de cavilar, ahora ésta hacía frente a una auténtica avalancha. A pesar del frío, su rostro estaba surcado de sudor. Dirigió la mirada hacia los centinelas. Éstos no eran más que sombras de un gris pálido, pero tenía la sensación de que estaban preparados, aguardando. Si él y Egwene recibían muerte tratando de huir y sus cuerdas eran raídas por una piedra que por casualidad se encontraba por ahí… El dilema del capitán quedaría resuelto a buen seguro. Y Byar lograría verlos muertos, cumpliendo así su deseo.

El enjuto Capa Blanca recogió su yelmo y comenzó a enderezarse. —Esperad —pidió Perrin con voz ronca. Las ideas se agolpaban en la cabeza en una vana búsqueda de una solución—. Esperad, quiero hablar. Yo… «¡Vienen a ayudarnos!»

Aquel pensamiento brotó en su mente como una reluciente centella en medio del caos y le causó tal sorpresa que por un instante olvidó todo lo demás, incluso el lugar donde se hallaba. Moteado estaba vivo. «Elyas», transmitió al lobo, preguntando sin palabras por la suerte de su compañero. Obtuvo una imagen en la que Elyas yacía en un lecho de hojas junto a una pequeña hoguera en el interior de una cueva, curándose una herida en uno de sus costados. Miró a Byar con la boca abierta y su rostro esbozó una sonrisa. Elyas estaba vivo. Moteado estaba vivo. Iban a recibir ayuda.

Byar se paralizó, en cuclillas, observándolo.

—Se te ha ocurrido una idea, Perrin de Dos Ríos, y yo voy a saber de qué se trata.

Por un momento, Perrin creyó que se refería al mensaje de Moteado. Su semblante reflejó un pánico intenso, seguido de un relajamiento de alivio. No era posible que Byar fuera capaz de leerle el pensamiento.

Byar observó sus cambios de expresión y, por primera vez, sus ojos se posaron en la piedra que había arrojado al suelo.

Estaba reconsiderando sus planes, advirtió Perrin. Si cambiaba de opinión respecto a la piedra, ¿se atrevería a dejarlos con vida y arriesgarse a que lo delataran? Las cuerdas también podían cortarse una vez que estuvieran muertas las personas atadas con ellas, aun cuando ello implicara el peligro de ser descubierto. Miró los ojos de Byar, cuyas hundidas cuencas parecían escrutarlo desde el fondo de una caverna, y dedujo que éste ya había tomado una decisión.

Byar abrió la boca y, mientras Perrin aguardaba su sentencia, los acontecimientos se sucedieron a un ritmo más vertiginoso que el de sus propios pensamientos.

De improviso, uno de los centinelas se esfumó. Un minuto después se vieron dos oscuras sombras, que la noche tragó casi de inmediato. El segundo centinela se volvió, empezando a exhalar un grito que quedó abortado en su primera sílaba, cuando se desplomó en el suelo como un tronco caído.

Byar se volvió sobre sí, tan velozmente como una serpiente a punto de atacar, e hizo girar el hacha sobre su cabeza. Perrin observó con ojos desorbitados la noche que parecía engullir la luz de la linterna. Abrió la boca para chillar, pero el temor atenazaba su garganta. Por un instante olvidó incluso que Byar deseaba darles muerte. El Capa Blanca era otro ser humano, y la noche parecía haberse convertido en un ser vivo que acudía a dar cuenta de todos.

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