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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Mandarb se confundía con la noche casi tan bien como la capa de su amo. El único motivo por el que el semental de guerra le permitía aproximarse a él era que Lan le había entregado las riendas. Ahora parecía calmado, pero ella recordaba muy bien cómo le había enseñado los dientes, amenazador, cuando había intentado tocar el ronzal sin la aprobación de Lan. Después de posar una cautelosa mirada en el semental, se volvió para escudriñar en la dirección por donde se habían alejado los otros y acarició distraídamente su propia montura. Dio un salto cuando Aldieb le empujó la mano con su pálido hocico, pero pasado un minuto también palmeó a la blanca yegua.

—Supongo que no tengo por qué hacerte pagar a ti —musitó—que tu ama sea una caradura… —Trató nuevamente de horadar las tinieblas con la mirada. «¿Qué estarán haciendo?»

Después de abandonar Puente Blanco habían atravesado pueblos que se le antojaban irreales a causa de su normalidad, centros habituales de mercado que a ella le parecían no guardar ninguna relación con un mundo poblado por Fados, trollocs y Aes Sedai. Habían seguido el camino de Caemlyn, hasta que por fin Moraine se había enderezado sobre la silla de Aldieb, mirando fijamente hacia el este como si fuera capaz de divisar la carretera en toda su longitud hasta Caemlyn y percibir, asimismo, lo que les aguardaba allí.

Por último la Aes Sedai había expulsado el aire de los pulmones y recobrado su postura habitual.

—La Rueda gira según sus propios designios —había dicho—, pero me niego a creer que teja el fin de la esperanza. Debo ocuparme de lo que tengo certeza. Será lo que la Rueda trace.

Luego había encaminado a la yegua en sentido norte y la había hecho adentrarse en el bosque: uno de los muchachos se encontraba en aquella dirección, con la moneda que Moraine le había entregado. Lan espoleó el caballo tras ella.

Nynaeve dedicó una última y larga mirada al camino de Caemlyn. Pocas personas compartían el camino con ellos: un par de carromatos de altas ruedas y un carro vacío en la lejanía, algunos caminantes que acarreaban fardos al hombro o amontonados en carretillas. Algunos de ellos admitían abiertamente que iban a Caemlyn a ver al falso Dragón, pero la mayoría lo negaba con vehemencia, sobre todo aquellos que habían pasado por Puente Blanco. En aquella ciudad Nynaeve había comenzado a dar crédito a las afirmaciones de Moraine, parcialmente al menos, lo cual no mejoró en absoluto su estado de ánimo.

El Guardián y la Aes Sedai se hallaban ya casi ocultos entre los árboles cuando ella se dispuso a seguirlos. Aligeró el paso para darles alcance. Lan miraba hacia atrás con frecuencia, haciéndole señas de que avanzara, pero permanecía junto a la Aes Sedai, y ésta tenía la mirada fija en la distancia. Un atardecer, después de que hubieran dejado atrás el camino, la invisible senda se evaporó. Moraine, la impasible Moraine, con ojos desorbitados se puso súbitamente en pie al lado de la pequeña hoguera donde hervía agua en un cazo.

—Ha desaparecido —susurró.

—¿Está…? —Nynaeve fue incapaz de concluir la frase. «¡Luz, ni siquiera sé cuál de ellos es!»

—No ha muerto —afirmó la Aes Sedai—, pero ya no tiene la pieza vinculante en su poder. Se sentó, con la voz tranquila y las manos firmes al arrojar una cucharada de té en el agua—. Mañana proseguiremos en la misma dirección. Cuando me aproxime lo suficiente, podré detectarlo sin la moneda.

Cuando el fuego se redujo a carbones, Lan se enrolló la capa y se puso a dormir. Nynaeve no tenía sueño. Observó a la Aes Sedai. Moraine había cerrado los párpados, pero estaba sentada con la espalda erguida, y Nynaeve sabía que estaba despierta.

Mucho después de que las brasas se extinguieran, Moraine abrió los ojos y la miró. Aun en la oscuridad, intuía la sonrisa que esbozaban sus labios.

—Ha recuperado la moneda, Zahorí. Todo se arreglará. —Se recostó sobre sus mantas y casi instantáneamente se sumió en un profundo sopor.

Nynaeve tuvo mayores dificultades en conciliar el sueño, a pesar de la fatiga. Su mente conjuraba las peores posibilidades en contra de su voluntad. «Todo se arreglará». Después de lo de Puente Blanco no podía abrigar esperanzas con tanta facilidad.

De pronto una mano en su brazo devolvió a Nynaeve del dominio de los recuerdos a la omnipresencia de la noche. Ahogando el grito que brotaba de su garganta, buscó a tientas el cuchillo prendido a su cinturón y aferró su pomo antes de caer en la cuenta de que aquella mano era la de Lan.

El Guardián no llevaba la capucha levantada, pero su capa, similar a la piel de un camaleón, se confundía tan perfectamente con la noche que la borrosa forma de su cara parecía estar suspendida en la oscuridad. Su mano parecía surgir del aire.

Respiró hondo; esperaba oír un comentario acerca de lo sencillo que le había sido tomarla por sorpresa, pero él se volvió para hurgar en sus alforjas. —Necesitamos tu colaboración —anunció, arrodillándose para trabar a los caballos.

Cuando hubo inmovilizado a las monturas, se irguió, la tomó de la mano y comenzó a caminar. Sus oscuros cabellos se fundían en las tinieblas casi tan efectivamente como su capa y andaba aún con mayor sigilo que ella. Hubo de admitir, a su pesar, que no habría sido capaz de seguirlo en la oscuridad si su mano no la hubiera guiado. De todas maneras, no estaba segura de si podría zafarse de ella aunque quisiera; el Guardián tenía un puño poderoso.

Cuando llegaron a la cumbre de un pequeño montículo, apenas digno de recibir el nombre de colina, se agachó y la obligó a ponerse de cuclillas a su lado. Le llevó un momento advertir que Moraine se encontraba también allí. Quieta, la Aes Sedai habría podido ser una sombra más bajo su oscura capa. Lan señaló un amplio claro que se abría entre los árboles abajo, en la hondonada.

Nynaeve frunció el entrecejo y enfocó la mirada bajo la pálida luz de la luna; de repente sonrió. Aquellas manchas borrosas eran tiendas dispuestas en filas regulares. Era un campamento.

—Capas Blancas —susurró Lan—, doscientos, tal vez más. Abajo hay un manantial. Allí está el muchacho que buscamos.

—¿En el campamento?

Más que verlo, intuyó el mudo asentimiento de Lan.

—En el centro. Moraine puede apuntar directamente a él. Me he acercado lo bastante para comprobar que está custodiado.

—¿Prisionero? —inquirió Nynaeve—. ¿Por qué?

—Lo ignoro. En principio, los Hijos no tienen por qué interesarse por un joven campesino, a menos que algo les haya hecho sospechar de él. Bien sabe la Luz que no se precisan grandes razones para despertar las suspicacias de los Capas Blancas, pero aun así me parece inquietante.

—¿Cómo vais a liberarlo?

Hasta que no la miró de soslayo no reparó en la convicción con que había previsto su capacidad para irrumpir en un asentamiento con cien hombres y regresar con los jóvenes. «Bueno, es un Guardián. Algunas de las historias han de ser ciertas».

Temió haber suscitado sus burlas, pero su voz sonó con tono inexpresivo.

—Puedo desatarlos, pero no es probable que luego caminen con cautela. Si nos descubren, tendríamos dos centenares de Capas Blancas pisándonos los talones, teniendo que compartir los caballos. A menos que estén demasiado ocupados para salir a darnos caza. ¿Estáis dispuesta a correr riesgos?

—¿Para ayudar a alguien de Campo de Emond? ¡Desde luego! ¿Qué clase de riesgos?

Lan volvió a señalar la oscuridad, más allá de las tiendas. Aquella vez no distinguió más que sombras.

—Los ronzales de sus caballos. Si cortáis las cuerdas atadas al poste, no del todo, pero lo suficiente para que se rompan cuando Moraine idee algo para distraerlos, los Capas Blancas estarán demasiado ocupados tratando de recobrar sus propias monturas para perseguirnos a nosotros. Hay dos centinelas en cada lado del campamento, pero, si sois la mitad de eficiente de lo que yo os considero, no os verán.

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