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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Se apartó de los cristales.

—¿Vienes? —volvió a preguntar.

Mat, hecho un ovillo sobre la cama, lo miró con fiereza.

—Llévate a ese trolloc del que te has hecho tan amigo.

—Diantre, Mat, no es un trolloc. Te comportas como un condenado estúpido. ¿Cuántas veces quieres discutir la misma discusión? Luz, no será porque no hayas oído hablar antes de los Ogier.

—Nunca me dijeron que tuvieran aspecto de trollocs. —Mat hundió la cara en la almohada y se acurrucó aún más.

—Estúpido testarudo —murmuró Rand—. ¿Durante cuánto tiempo piensas quedarte escondido aquí? No voy a estar subiéndote siempre la comida por estas escaleras. Y también podrías tomar un baño. —Mat se revolvió en la cama, como si intentara sumergirse en ella. Rand suspiró y luego se encaminó a la Puerta—. Es la última vez que te lo digo. Ahora me voy. —Cerró lentamente la Puerta, con la esperanza de que Mat cambiara de opinión, pero su amigo se quedó quieto. La puerta encajó en las jambas.

En el corredor, se apoyó en el umbral. Maese Gill decía que había una anciana a tres calles de distancia, la Madre Grubb, que vendía hierbas y cataplasmas, además de atender partos, cuidar a los enfermos y decir la buenaventura. Se parecía un poco a lo que hacía una Zahorí. A quien Mat necesitaba era a Nynaeve, quizás a Moraine, pero la Madre Grubb era la única persona a quien podía recurrir. Si la llevaba a la Bendición de la Reina posiblemente atraería el tipo de atención no deseado, suponiendo que ella se aviniese a ir a visitar a Mat, y aquello sería tan perjudicial para la mujer como para ellos dos.

Los herboristas y los curanderos no gozaban entonces de buena reputación en Caemlyn; existía una animadversión casi generalizada contra aquellos que efectuaban algún tipo de curas o de predicciones. Cada noche el Colmillo del Dragón se grababa impunemente en una puerta u otra, a veces incluso a la luz del día, y la gente estaba dispuesta a olvidar a quien había sanado sus fiebres o aplicado cataplasmas a sus muelas doloridas tan pronto como escuchaba la acusación de Amigo Siniestro. Aquél era el clima que reinaba en la ciudad.

Tampoco era que Mat se encontrara en verdad enfermo. Comía todo lo que Rand le llevaba de la cocina —aunque no habría aceptado nada que viniera de otras manos— y nunca se quejaba de dolores ni calenturas. Simplemente se negaba a abandonar la habitación. Rand, sin embargo, había abrigado la certeza de que aquel día se avendría a salir.

Se puso la capa sobre los hombros e hizo girar el cinto de manera de que la espada y el paño rojo que la envolvía quedaran más encubiertos.

Al pie de la escalera encontró a maese Gill, que se disponía a subir.

—Hay alguien que va preguntando por vosotros en la ciudad —anunció el posadero. Rand sintió cómo se avivaban sus esperanzas—. Preguntan por vosotros y esos amigos vuestros, por el nombre. El de los jóvenes, en todo caso. Parece que lo que más le interesa son los tres muchachos.

La ansiedad sustituyó a las esperanzas.

—¿Quién? —inquirió Rand, mientras miraba con inquietud a un lado y otro del pasillo: no había nadie.

—No sé cómo se llama. Sólo he oído hablar de él. Es un mendigo. —El posadero soltó un gruñido—. Medio loco, según dicen. No obstante, podría ir a buscar la limosna real a palacio, a pesar de la carestía actual. En las fechas señaladas, la reina la entrega con sus propias manos y nunca echa a nadie bajo ningún concepto. Nadie tiene necesidad de mendigar en Caemlyn. Incluso un hombre buscado por la justicia no puede ser arrestado mientras está recibiendo la limosna real.

—¿Un Amigo Siniestro? —aventuró Rand con reluctancia. «Si los Amigos Siniestros conocen nuestros nombres…»

—Tienes metidos a los Amigos Siniestros en la sesera, chico. Hay algunos; es cierto, pero el hecho de que los Capas Blancas estén soliviantando los ánimos no ha de inducirte a pensar que la ciudad esté plagada de ellos. ¿Sabes qué rumor han difundido esos necios ahora? «Formas extrañas». Es increíble. Unas formas extrañas que se deslizan fuera de las murallas por la noche. —El posadero rió entre dientes, hasta agitar su voluminoso vientre.

Rand, en cambio, no estaba de humor para reír. Hyam Kinch había hablado de extraños seres y, sin duda, era un Fado lo que ellos habían visto.

—¿Qué tipo de formas?

—¿Qué tipo? Lo ignoro. Extrañas formas. Trollocs, probablemente. El Hombre de la Sombra. El propio Lews Therin Verdugo de la Humanidad, que ha regresado con una estatura de doce metros. ¿Qué clase de siluetas piensas que imaginará la gente ahora que les han metido la aprensión en la cabeza? —Maese Gill lo observó por un instante—. ¿Vas a salir, eh? Bueno, no diré que me importe, pero apenas ha quedado nadie aquí hoy. ¿No te acompaña tu amigo?

—Mat no se encuentra muy bien, Tal vez venga más tarde.

—Bien, que sea lo que la Luz quiera. Cuídate. En una jornada como hoy los fieles súbditos de la reina se hallarán en minoría, que la Luz fulmine el día en que vislumbré la posibilidad de presenciar tal cosa. Hay dos de esos malditos traidores sentados al otro lado de la calle vigilando la puerta de mi posada. ¡Por la Luz, saben bien cuáles son mis simpatías!

Rand asomó la cabeza y miró a ambos lados antes de adentrarse en el callejón. Un fornido hombre contratado por maese Gill montaba guardia en la salida a la calle; apoyado en una lanza observaba a la gente con aparente desinterés. Rand sabía que sólo era aparente. Aquel tipo —su nombre era Lamgwin lo veía todo a través de sus párpados entornados y, a pesar de su tamaño, se movía con la agilidad de un gato. Él también creía que la reina Morgase era la Luz encarnada, o casi. Había una docena de sujetos como él distribuidos por la Bendición de la Reina.

Lamgwin se movió imperceptiblemente cuando Rand llegó a la boca del callejón, pero no apartó un instante la vista de la calle. Rand estaba convencido de que lo había oído aproximarse.

—Vigila a tu espalda hoy, muchacho. —La voz de Lamgwin sonaba como arenilla restregada—. Cuando comiencen los problemas, nos convendrá tenerte a mano, y no con un cuchillo clavado a traición.

Rand observó por un instante al vigoroso vigilante con muda sorpresa. Siempre trataba de mantener oculta la espada, pero aquélla no era la primera vez que uno de los empleados de maese Gill daba por supuesto que él era un avezado luchador. Lamgwin no desvió la mirada hacia él. Su tarea era guardar la posada y la cumplía a la perfección.

Deslizó el arma un poco más hacia atrás bajo la capa antes de sumarse al reguero de viandantes. Advirtió a los dos hombres que había mencionado el posadero, subidos a unas barricas al otro lado de la calle para poder observar por encima de la muchedumbre. Le pareció que no habían reparado en él. Aquellos dos individuos mostraban a las claras sus preferencias y, no conformes con llevar las espadas envueltas en paño blanco, lucían brazaletes y escarapelas blancas.

Poco después de su estancia en Caemlyn había sabido que las envolturas rojas de la espada, o un brazalete o escarapela encarnados, eran una expresión de lealtad a la reina Morgase, mientras que el blanco significaba que la reina y su adhesión a las Aes Sedai y Tar Valon eran los causantes del giro negativo tomado por los acontecimientos, del mal tiempo, las cosechas fallidas e incluso tal vez de la insurrección del falso Dragón.

Él no deseaba involucrarse en los asuntos políticos de Caemlyn. El inconveniente era que ya era demasiado tarde para evitarlo. Y no era sólo que él se hubiera decantado por una opción de modo… accidental, pero lo había hecho. El ambiente de la ciudad era tal que no permitía a nadie permanecer en la neutralidad. Incluso los forasteros llevaban escarapelas o brazaletes o envolvían sus espadas, con mayor frecuencia de blanco que de rojo. Posiblemente no todas sostuvieran aquella postura, pero se hallaban lejos del hogar y temían convertirse en blanco de iras. En aquel clima, los hombres que apoyaban a la reina —aquellos que osaban salir a la calle—se agrupaban para autoprotegerse.

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