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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Rand abrió la boca para responder que había ido a ver al falso Dragón… y fue incapaz de mentirle. Tal vez se debiera al hecho de que Loial se comportaba como si no fuera mayor que Rand, a pesar de sus noventa años. Habían transcurrido muchas semanas desde la última vez que se había sincerado realmente con alguien acerca de lo que le sucedía, retraído por la sospecha y el temor de que todos los desconocidos fueran Amigos Siniestros. Mat se había vuelto tan retraído y receloso que ya no era posible conversar con él. Inopinadamente, Rand comenzó a referir a Loial lo acontecido en la Noche del Invierno. Aquella no fue una vaga explicación relacionada con Amigos Siniestros, sino una detallada descripción de escenas verídicas en que los trollocs derribaban la puerta de su casa o el Fado aparecía de improviso en el Camino de la Cantera.

Una parte de sí estaba horrorizada ante lo que estaba haciendo, pero era como si se hubiera desdoblado en dos personas, una de las cuales intentaba mantener la boca cerrada mientras la otra sentía el alivio de poder expresarse por fin.

El resultado fue que contó la historia a trompicones y retazos inconexos. Shadar Logoth y sus amigos desperdigados en la noche, de los cuales ignoraba si se encontraban vivos o muertos. El Fado que apareció en Puente Blanco, donde Thom falleció para que pudieran escapar. El Fado de Baerlon. Después los Amigos Siniestros, Howal Gode, al muchacho a quienes ellos inspiraban temor y la mujer que intentó matar a Mat. El Semihombre que vieron delante de la posada.

Cuando comenzó a farfullar acerca de los sueños, incluso la parte de sí mismo que sentía urgencia de hablar notó cómo si la erizaban los palos de la nuca. Se mordió la lengua al cerrar bruscamente la boca. Respirando trabajosamente, observó con recelo al Ogier, con la esperanza de que éste creyera que había contado nada más que pesadillas. Bien sabía la Luz que aquello parecía una pesadilla o era lo bastante horrible como para provocarlas a cualquiera. Tal vez Loial sólo pensaría que estaba perdiendo sus cabales. Tal vez…

ta’veren —dijo Loial.

—¿Cómo? —exclamó, sorprendido, Rand.

ta’veren. —Loial se rascó una de sus puntiagudas orejas y se encogió de hombros—. Los mayores siempre decían que no escuchaba jamás, pero a veces prestaba atención. Sin duda sabrás cómo se elabora el tejido del Entramado, ¿no?

—Nunca me detuve a pensarlo —confesó—. Es algo que simplemente va formándose.

—Hum, sí. Bueno, no exactamente. Verás, la Rueda del Tiempo teje el Entramado de las edades y los hilos que emplean son vidas. El Entramado no está prefigurado, no siempre. Si un hombre trata de dar un giro al rumbo de su vida y el Entramado dispone de espacio para ello, la Rueda únicamente continúa urdiendo y asume el cambio. Siempre hay cabida a pequeñas modificaciones, pero a veces el Entramado no acepta un cambio de consideración, por más que uno lo intente. ¿Comprendes?

—Sí. Yo podría vivir en la granja o en el Campo de Emond. Eso sería una pequeña modificación. En cambio, si quisiera convertirme en un rey… —Se echó a reír y Loial esbozó una sonrisa tan amplia que casi la dividió la cara en dos. Sus dientes eran blancos y tan grandes como cinceles.

—En efecto, eso es. Sin embargo, en ocasiones los cambios lo escogen a uno o la propia Rueda elige por uno mismo. Y a veces la Rueda presiona al hilo de una vida, o los de varias, de tal modo que todas las hebras restantes se van obligadas a arremolinarse en torno a él, lo cual produce un efecto en cadena que afecta a todos los hilos. Esa primera desviación al realizar el tejido es ta’veren y no hay nada que uno pueda hacer para modificarla, a menos que el Entramado cambie su curso. El proceso de tejido, llamado ta’maral’ailen, dura semanas o años, depende. Puede repercutir en una ciudad o en la totalidad del Entramado. Artur Hawkwing era ta’veren y lo mismo puede afirmarse de Lews Therin Verdugo de la Humanidad, supongo. —Dejó escapar una estruendosa risita—. El abuelo Halan estaría orgulloso de mí. Siempre se quejaba de mí y ciertamente, los libros de viajes me parecían más interesantes, pero a veces prestaba atención.

—Eso está muy bien —acordó Rand—, pero no veo cómo se relaciona conmigo. Yo soy un pastor de ovejas y no un nuevo Artur Hawkwing, al igual que Mat y Perrin. Es… ridículo.

—No he dicho que lo fueras, pero casi podía sentir cómo el Entramado se arremolinaba a tu alrededor mientras me contabas tus cuitas, y yo no tengo especial talento para eso. Tú eres ta’veren, no hay duda. Tú y quizá también tus amigos. —El Ogier hizo una pausa; se frotó pensativo el lomo de la nariz. Por último asintió para sí como si hubiera tomado una decisión—. Me gustaría viajar contigo, Rand.

Rand lo observó fijamente por espacio de un minuto, sin dar crédito a lo que había escuchado.

—¿Conmigo? —dijo cuando recobró al habla—. ¿No has oído lo que he dicho acerca de…? Desvió de improviso la mirada hacia la puerta. Esta estaba bien cerrada y era lo bastante gruesa como para que no filtrara más que un murmullo. No obstante, prosiguió en voz más baja—¿…acerca de lo que me persigue? Sea como sea, pensaba que querías ver los árboles.

—Hay una arboleda magnífica en Tar Valor y tengo entendido que las Aes Sedai la mantienen en buen estado. Además, no sólo son árboles lo que me interesa ver. Quizá no seas un nuevo Artur Hawkwing, pero, al menos durante un tiempo, parte del mundo si moldeará a ti si no lo estás configurando ya. Incluso el abuelo Halan estaría ansioso por verlo.

Rand titubeó. Sería agradable tener a alguien a su lado y, teniendo en cuenta el comportamiento de Mat, apenas si podía considerarlo como un compañero con quien contar. El Ogier era una presencia reconfortante. Posiblemente era muy joven según la escala de edad de un Ogier, pero parecía tan imbatible como una roca, al igual que Tam. Y Loial había visitado todos aquellos lugares y poseía conocimientos acerca de otros. Miró al Ogier, sentado con la viva imagen de la paciencia pintada en su rostro. Sentado, y aún más alto que la mayoría de los hombres en posición erecta. «¿Cómo va a ocultarse con una estatura de casi tres metros?» Sacudió negativamente la cabeza, suspirando.

—No creo que sea una buena idea, Loial. Aun cuando Moraine venga a buscarnos, el viaje a Tar Valon será muy peligroso. Si ella no aparece…

«Si no aparece es que ha muerto, y que los demás también han muerto. Oh, Egwene». Recobró el aplomo, rehusando aceptar aquella posibilidad.

Loial lo miró compasivamente y le tocó al hombro.

—Tengo la certeza de que no les ha ocurrido nada malo a tus amigos, Rand.

Rand hizo un gesto de agradecimiento, con la garganta demasiado comprimida para hablar.

—¿Conversarás al menos conmigo de vez en cuando? —Loial exhaló un suspiro, que sonó como un cavernoso murmullo—. ¿Y compartirás algún juego conmigo? No he tenido a nadie con quien hablar durante días, fuera de maese Gill, y él está ocupado casi siempre. Parece que la cocinera lo domina despiadadamente. ¿Tal vez sea ella realmente la propietaria de la posada?

—Por supuesto que sí. —Tenía la voz ronca. Se aclaró la garganta, tratando de sonreír—. Y, si nos encontramos en Tar Valon, me enseñarás la arboleda que hay allí.

«Tienen que estar bien. Luz, haz que lo estén».

37

La larga búsqueda

Nynaeve agarraba las riendas de los tres caballos y escrutaba ante sí como si de algún modo pudiera penetrar la oscuridad y encontrar a la Aes Sedai y el Guardián. Estaba rodeada de negros esqueletos de árboles, apenas visibles a la tenue luz de la luna. La maleza y la noche componían una efectiva pantalla que encubría la actuación de Moraine y Lan, cuya naturaleza ignoraba pues ninguno de los dos se había tomado la molestia de ponerla al corriente. Un susurro de Lan, indicándole que mantuviera los caballos en silencio, fue todo cuanto le dijeron antes de desaparecer y dejarla allí plantada como un mozo de cuadra. Dirigió una mirada a los caballos y emitió un suspiro de exasperación.

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