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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Entonces la oscuridad que invadía la luz se transformó en Lan, cuyos movimientos hacían oscilar el color de los pliegues de su capa entre sombras grises y negras. El hacha que empuñaba Byar se descargó como un rayo… y Lan se inclinó hacia un lado tranquilamente, dejando que la hoja pasara tan cerca de su cuerpo como para escuchar el silbido del aire que hendía. Byar abrió desmesuradamente los ojos cuando la fuerza de su descarga le hizo perder el equilibrio, mientras el Guardián lo golpeaba con manos y pies en una rápida sucesión, tan veloz que Perrin no estaba seguro de haberla visto. De lo que sí tuvo certeza era de que Byar se había derrumbado como una marioneta. Antes de que el Capa Blanca se abatiera en el suelo, el Guardián ya se había postrado de hinojos y apagado la linterna.

Con el súbito retorno de la oscuridad, Perrin parpadeó enceguecido. Al parecer, Lan había desaparecido de nuevo.

—¿Es real…? —Egwene emitió un sollozo—. Os creíamos muertos a todos.

—Aún no —contestó el Guardián con un susurro.

Sus manos tocaron a Perrin, palpando sus ataduras. Un cuchillo sesgó las cuerdas, devolviéndole la libertad. Sus doloridos músculos protestaron cuando se sentó. Se frotó las muñecas, mientras contemplaba el bulto grisáceo que componía la figura de Byar.

—¿Lo habéis…? ¿Está…?

—No —repuso la calmada voz de Lan desde las tinieblas—. No doy muerte a menos que ésa sea mi intención. En todo caso no molestará a nadie durante un buen rato. Parad de hacer preguntas y tapaos con sus capas. No disponemos de mucho tiempo.

Perrin se arrastró hasta donde yacía Byar. Le supuso un esfuerzo tocarlo, y, cuando sintió su pecho que subía y bajaba, casi apartó las manos compulsivamente. La piel le hormigueaba mientras desataba la capa blanca. A pesar de lo afirmado por Lan, se imaginaba al hombre de huesudas facciones incorporándose inopinadamente. Tanteó deprisa a su alrededor hasta encontrar el hacha y luego se acercó a otro centinela. Le pareció extraño, al principio, no sentirse reacio a sentir el tacto de aquel hombre inconsciente, pero pronto dedujo el motivo. Todos los Capas Blancas lo odiaban, expresando así una emoción humana. Byar en cambio no los odiaba, no tenía ningún sentimiento; sólo pensaba que debían morir.

Con las dos capas en la mano, giró sobre sí… y el terror se apoderó de él. La oscuridad le había hecho perder de improviso el sentido de la orientación y se veía incapaz de encontrar a Lan y los demás. Sus pies permanecían clavados en el suelo, sin osar moverse. Incluso Byar yacía oculto por la noche sin su capa blanca. No había nada que pudiera orientarlo. Sus pasos podían adentrarlo en el campamento.

—Aquí.

Caminó a trompicones hacia el lugar donde Lan había emitido el susurro, hasta que lo detuvieron unas manos. Egwene era una lóbrega sombra y el rostro de Lan una mancha borrosa sin solución de continuidad con el resto de su cuerpo, que parecía no encontrarse allí. Sintió sus ojos prendidos en él y se preguntó si debía darles una explicación.

—Poneos las capas —ordenó Lan—. Rápido. Plegad las vuestras. Y no hagáis el más leve ruido. Todavía no estáis a salvo.

Perrin entregó enseguida una de las prendas a Egwene, aliviado por no tener que confesar sus temores. Luego cambió su capa por una de las blancas, que le produjo un hormigueo en los hombros, una punzada de desasosiego entre las clavículas. ¿Sería la capa de Byar la que le había tocado en suerte? Casi creía percibir el olor de aquel enjuto individuo.

Lan les indicó que se dieran la mano y Perrin aferró el hacha con una de ellas y la de Egwene con la otra, deseoso de que el Guardián dispusiera su pronta huida para contener el desafuero de su imaginación. Sin embargo, permanecieron inmóviles, rodeados por las tiendas de los Hijos, conformando un grupo de sombras envueltas en capas blancas y otra cuya presencia se detectaba, pero no se veía.

—Pronto —musitó Lan—. Muy pronto.

Un relámpago quebró la noche sobre el campamento, a tan corta distancia que Perrin sintió que se le erizaban los pelos de los brazos y la cabeza. Justo detrás de las tiendas la tierra entró en erupción a consecuencia de la descarga, entremezclando su explosión con la del cielo. Antes de que la luz se apagara, Lan los condujo hacia adelante.

Con el primer paso un nuevo centelleo sesgó la oscuridad. Los rayos caían como la lluvia, entre cuyos destellos se entreveían momentáneamente las tinieblas. Los truenos, encadenados entre sí, producían un fragor incesante. Los caballos, despavoridos, emitían relinchos que apagaban las detonaciones. Los hombres tropezaban al salir de las tiendas, algunos con sus capas blancas, otros a medio vestir, unos corriendo de un lado a otro y los demás inmóviles, de pie, como petrificados.

Lan los guiaba al trote en medio de la confusión. Los Capas Blancas los miraban pasar con estupor. Algunos los llamaban, confundiendo sus voces con el estrépito del cielo, pero, al estar envueltos en las capas blancas, nadie trató de detenerlos. Cruzaron las tiendas y abandonaron el campamento para perderse en la noche, sin que nadie alzara la mano contra ellos.

El suelo se volvió irregular bajo los pies de Perrin y la maleza lo arañó, mientras dejaba que tiraran de él. El relámpago parpadeó antes de apagar su luz. Los ecos de los truenos retumbaron en el cielo antes de que ellos desaparecieran también. Perrin miró hacia atrás. Entre las tiendas crepitaban varios fuegos, producidos tal vez por los rayos o por las lámparas caídas entre la barahúnda. Los hombres todavía gritaban, con voces que sonaban apagadas en la noche, intentando restablecer el orden y averiguar lo ocurrido. El terreno comenzó a formar una pendiente de subida, mientras los alaridos y las tiendas quedaban atrás.

De repente casi tropezó con los tobillos de Egwene, al pararse Lan. Más adelante se veían tres caballos.

Una sombra se movió y luego se oyó la voz de Moraine, impregnada de irritación.

—Nynaeve no ha vuelto. Me temo que esa joven habrá cometido alguna insensatez. —Lan giró sobre sus talones como si fuera a deshacer el camino recorrido, pero una única palabra de Moraine, emitida como un restallido, lo contuvo—. ¡No! —Permaneció inmóvil, mirándola de soslayo, con las manos y el rostro únicamente visibles, aunque reducidos a unas manchas sombreadas. La Aes Sedai prosiguió con un tono menos imperativo, que no dejaba de reflejar una inflexible firmeza—. Algunas cosas son más importantes que otras, ya lo sabes. —El Guardián continuó quieto y la voz de Moraine volvió a adoptar su dureza—. ¡Recuerda tus juramentos, al’Lan Mandragoran, Señor de las Siete Torres! ¿Qué vale el juramento de un señor que lleva la diadema de guerra de los malkieri?

Perrin pestañeó. ¿Lan era todo aquello? Egwene estaba murmurando, pero él no podía apartar los ojos de la escena que se desarrollaba ante sí, en la que Lan permanecía paralizado como un lobo de la manada de Moteado, un lobo mantenido a raya por la diminuta Aes Sedai, tratando en vano de escapar a su destino.

Un crujido de ramas quebradas en la espesura interrumpió aquel mudo forcejeo. En dos largas zancadas Lan se halló entre Moraine y la fuente del sonido, reflejando en la hoja de su espada la pálida luz de la luna. Entonces dos caballos surgieron de entre los árboles, uno de ellos con un jinete sobre su lomo.

—¡Bela! —exclamó Egwene.

—Por poco no os encuentro —confesó Nynaeve desde la silla de la yegua—. ¡Egwene! ¡Gracias a la Luz que estás viva!

Desmontó, pero, cuando caminaba hacia los dos muchachos, Lan la agarró del brazo y ella se detuvo en seco, levantando la mirada hacia él.

—Debemos partir, Lan —dijo Moraine, con voz tan imperturbable como antes.

Al oír a la Aes Sedai, el Guardián soltó a Nynaeve.

Frotándose el brazo, ésta corrió a abrazar a Egwene, pero Perrin creyó haberla oído emitir una queda carcajada antes. Aquello lo desconcertó, dado que le pareció que aquella risa no guardaba ninguna relación con su alegría por volver a verlos.

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