El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]
- Автор: Леру Гастон
- Язык: испанский
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:
El primer piso de la posada del Sol Poniente no era muy alto, y un árbol que tendía sus ramas a los brazos impacientes de Raoul le permitió llegar afuera sin que la posadera pudiera sospechar su ausencia. Así pues, ¿cuál no fue el estupor de la buena mujer, a la mañana siguiente, cuando le trajeron al joven casi helado, más muerto que vivo, y cuando se enteró de que le habían encontrado tendido en las escaleras del altar de la pequeña iglesia de Perros? Corrió a dar la noticia a Christine, que bajó al instante y prodigó al joven, ayudada por la posadera, sus cuidados inquietos. Éste no tardó en abrir los ojos y volvió completamente a la vida al ver a su lado el encantador rostro de su amiga.
¿Qué había sucedido? El comisario Mifroid tuvo ocasión, unas semanas más tarde, cuando el drama de la ópera exigió la intervención de la policía, de interrogar al vizconde de Chagny acerca de los sucesos de la noche de Perros, y he aquí de qué forma fueron transcritos en las hojas del sumario (Signatura 150).
Pregunta.-¿La señorita Daaé lo vio bajar de su habitación por el curioso camino que usted eligió?
Respuesta. -No, señor, no. Sin embargo, la alcancé sin cuidar de ahogar el ruido de mis pasos. No quería entonces más que una cosa, que se volviera, me viera y me reconociera. Me decía que mi persecución era absolutamente incorrecta y que aquel tipo de espionaje era indigno de mí. Pero ella no pareció oírme y, de hecho, actuó como si yo no estuviera allí. Abandonó con tranquilidad el muelle y después, de repente, subió rápidamente por el camino. El reloj de la iglesia acababa de dar las doce menos cuarto y me pareció que el sonido de la hora le hacían forzar la marcha, ya que empezó casi a correr. Llegó así a la puerta del cementerio.
P. -¿Estaba abierta la puerta del cementerio?
R. -Sí, señor. Eso me sorprendió, pero no pareció extrañar en lo más mínimo a la señorita Daaé.
P. -¿No había nadie en el cementerio?
R.-No había nadie. Si hubiera habido alguien, le habría visto. La luz de la luna deslumbraba y la nieve que recubría la tierra, al reflejar sus rayos, hacía aún más clara la noche.
P. -¿No era posible que hubiera alguien escondido detrás de las tumbas?
R. -No, señor. Son unas lápidas miserables que desaparecen bajo la nieve y cuyas cruces se alzan a ras del suelo. Las únicas sombras eran las de las cruces y las dos nuestras. La iglesia resplandecía de luz. Jamás he visto semejante luz nocturna. Era muy hermoso, muy transparente y muy frío. Jamás había ido de noche a un cementerio e ignoraba que fuera posible una luz semejante, «una luz que no pesa nada».
P. -¿Es usted supersticioso?
R. -No, señor. Soy creyente.
P. -¿En qué estado de ánimo se encontraba?
R. -Muy sereno y tranquilo, se lo aseguro. En verdad, la insólita salida de la señorita Daaé me había turbado en un principio profundamente. Pero, en cuanto vi que la joven penetraba en el cementerio, pensé que iba a cumplir alguna promesa sobre la tumba de su padre, y encontré la cosa tan natural que recobré toda mi calma. Sólo me extrañaba aún el que no hubiera oído mis pasos, ya que la nieve crujía bajo mis pies. Pero debía estar, sin duda, absorta por su devoción. Decidí, pues, no molestarla y, cuando llegó a la tumba de su padre, me quedé detrás algunos pasos. Se arrodilló en la nieve, hizo la señal de la cruz y empezó a rezar. En aquel momento dieron las doce de la noche. Aún resonaba la última campanada en mis oídos, cuando vi a la joven alzar la cabeza. Su mirada se clavó en la bóveda celeste, sus brazos se tendieron hacia el astro de la noche. Me pareció como si estuviera en éxtasis y aún me preguntaba cuál había sido la causa súbita y determinante de este éxtasis, cuando yo mismo levanté la cabeza, lancé a mi alrededor una mirada perdida y todo mi ser se tendió hacia el Invisible, el invisible que nos tocaba música. ¡Y qué música! ¡Ya la conocíamos! Christine y yo la habíamos oído en nuestra juventud. Pero jamás del violín del señor Daaé había surgido un arte tan divino. En aquel instante no pude dejar de recordar todo lo que Christine me había explicado acerca del Ángel de la música, y no supe qué pensar de aquellos sonidos inolvidables que, si no bajaban del cielo, no permitían adivinar su origen en la tierra. Allí no había instrumento alguno ni mano alguna para guiar el arco. ¡Recordaba esa admirable melodía! Se trataba de La resurrección de Lázaro, que el viejo Daaé nos tocaba en sus horas de tristeza y devoción. Si el Ángel de Christine hubiera existido, no lo hubiera hecho mejor aquella noche con el violín del viejo músico de pueblo. La invocación de Jesús nos arrebataba de la tierra y, en verdad, esperaba incluso ver levantarse la piedra de la tumba del padre de Christine. Tuve también la idea de que Daaé había sido enterrado con su violín y, sinceramente, no sé hasta dónde, en aquellos momentos fúnebres y esplendorosos, en el fondo de aquel perdido cementerio de provincia, al lado de las calaveras de los muertos que nos sonreían con sus mandíbulas inmóviles… no, no sé hasta dónde llegó mi imaginación ni dónde se detuvo. Pero la música se extinguió y volví a recobrar mis sentidos. Me pareció oír un ruido del lugar donde estaban las calaveras del osario.
P. -¡Ajá! ¿Oyó un ruido procedente del osario?
R. -Sí. Me pareció que las calaveras reían con sarcasmo y no pude evitar un escalofrío.
P. -¿Acaso no pensó que, detrás del osario, podía esconderse precisamente el músico celeste, que acababa de embelesarle?
R. -Pensé tanto en eso que no pude pensar en otra cosa, señor comisario, hasta el punto que olvidé seguir a la señorita Daaé, que se había levantado y se acercaba tranquilamente a la puerta del cementerio. Ella, por su parte, estaba tan absorta que no me sorprende que no me viera. Permanecí sin moverme, con los ojos fijos en el osario, decidido a llegar hasta el final de esta increíble aventura y aclararlo todo hasta el último detalle.
P -¿Y qué ocurrió entonces para que lo encontraran, por la mañana, medio muerto, en los escalones del altar mayor?
R. -¡Oh! Ocurrió todo muy rápido… Una calavera rodó hasta mis pies…, luego otra…, y otra… Era como si yo fuera el centro de aquel fúnebre juego de bolos. Pensé que un falso movimiento había destruido la armonía del montón de huesos tras el cual se ocultaba nuestro músico. Esta hipótesis me pareció del todo razonable, cuando vi a una sombra deslizarse de repente por la pared resplandeciente de la sacristía. Me lancé tras ella. La sombra, empujando la puerta, había entrado ya en la iglesia. Yo llevaba alas, la sombra una capa. Fui lo bastante rápido como para coger una punta de la capa de la sombra. En aquel momento, la sombra y yo estábamos justo ante el altar mayor y los rayos de la luna, a través de la gran vidriera del ábside, caían a pico delante de nosotros. Como yo no la soltaba, la sombra se volvió hacia mí y la capa con la que se envolvía se entreabrió. Vi, señor juez, como le veo a usted, una espantosa calavera que clavaba en mí una mirada en la que ardían los fuegos del infierno. Creí vérmelas con el propio Satán y, ante esa aparición de ultratumba, mi corazón, pese a todo su valor, desfalleció, y ya no recuerdo nada hasta el momento en que me desperté en mi pequeña habitación de la posada del Sol Poniente.
VII UNA VISITA AL PALCO N° 5
Abandonamos a los señores Firmin Richard y Armand Moncharmin en el momento en que se decidían a visitar el palco n° 5 del primer piso.
Dejaron atrás la larga escalera que va desde el vestíbulo de la administración hasta el escenario y sus dependencias. Atravesaron el escenario, entraron en el teatro por la puerta de los abonados, después en la sala por el primer pasillo a la izquierda. Se deslizaron a través de las primeras filas de las butacas de la orquesta y contemplaron el palco n° 5 del primer piso. Se veía mal porque estaba sumido en una semioscuridad y porque enormes fundas colgaban del terciopelo rojo de los pasamanos.