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El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
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¡La pobre, pura y dulce niña!

No se dejaba ver en ninguna parte, y el vizconde de Chagny intentó en vano cruzarse en su camino. Le escribió para pedirle permiso para visitarla en su casa, y ya había perdido la esperanza de recibir una respuesta, cuando una mañana ella le hizo llegar la siguiente nota:

«Señor, no he olvidado al niño que fue a buscar mi chal al mar. No puedo evitar escribirle esto, hoy que parto para Perros, llevada por un deber sagrado. Mañana es el aniversario de la muerte de' mi pobre papá, a quien usted conoció y que le apreciaba. Está enterrado allí, con su violín, en el cementerio que rodea la pequeña iglesia, al pie de la ladera donde, siendo aún muy niños, tanto jugamos; al borde de aquella carretera donde, ya un poco más crecidos, nos dijimos adiós por última vez.»

En cuanto recibió esta nota de Christine Daaé, el vizconde de Chagny se precipitó sobre una guía de ferrocarriles, se vistió a toda prisa, escribió algunas líneas que el mayordomo entregaría a su hermano y se precipitó en un coche que, por cierto, lo dejó demasiado tarde en el andén de la estación de Montparnasse para coger el tren de la mañana con el que contaba.

Raoul pasó un día angustioso y no recuperó el gusto por la vida hasta la tarde, cuando se vio instalado en su vagón. A lo largo de todo el viaje releyó la nota de Christine, aspiró su perfume; resucitó la imagen de sus años jóvenes. Pasó toda la noche en el trensumido en un sueño febril que tenía como principio y fin a Christine Daaé. Comenzaba a despuntar el día cuando se apeó en Lannion. Corrió hacia la diligencia de Perros-Guirec. Era el único viajero. Interrogó al conductor. Supo que la víspera por la noche una joven, que parecía parisina, se había hecho conducir a Perros y se había apeado en la posada del Sol Poniente. No podía tratarse más que de Christine. Había venido sola. Raoul dejó escapar un profundo suspiro. En aquella soledad iba a poder hablar con Christine en plena tranquilidad. La amaba tanto que no podía ni respirar sin ella. Este joven que había dado la vuelta al mundo era como una virgen que no hubiera dejado jamás la casa de su madre.

Conforme se iba acercando a ella, recordaba con devoción la historia de la pequeña cantante sueca. Muchos de esos detalles son aún ignorados por el gran público.

Había una vez, en una pequeña aldea de los alrededores de Upsala, un campesino que vivía allí con su familia, cultivando la tierra durante la semana y cantando en el coro los domingos. Este campesino tenía una hija pequeña a la que enseñó a descifrar el alfabeto musical mucho antes de que aprendiera a leer. Papá Daaé era, sin darse quizá muy bien cuenta, un gran músico. Tocaba el violín y estaba considerado como el mejor músico de pueblo de toda Escandinavia. Su reputación se extendía por los alrededores y la gente se dirigía siempre a él para hacer bailar a las parejas en las bodas y las fiestas. La señora Daaé, paralítica, murió cuando Christine tenía seis años. Inmediatamente, el padre, que no quería más que a su hija y a su música, vendió las pocas tierras que tenía y se marchó a Upsala en busca de gloria y fama. No encontró más que miseria.

Entonces, volvió al campo, yendo de feria en feria, tocando sus melodías escandinavas, mientras su hija, que no le abandonaba jamás, le escuchaba con éxtasis o le acompañaba cantando. Un día, en la feria de Limby, el profesor Valérius los oyó y se los llevó a Gotemburgo. Pretendía que el padre era el mejor violinista del mundo, y que la hija tenía pasta de gran artista. Se procedió a la educación y a la instrucción de la niña. En todas partes deslumbraba a todos por su belleza, su gracia y su afán de esmero y de bien hacer. Su evolución era rápida. Entre tanto, el profesor Valérius y su mujer se vieron obligados a venir a instalarse en Francia. Trajeron con ellos a Daaé y a Christine. La señora Valérius trataba a Christine como a su hija. En cuanto al buen hombre, comenzaba ya a languidecer añorando su tierra. En París, no salía jamás. Vivía en una especie de sueño que entretenía con su violín. Durante horas enteras se encerraba en su habitación con su hija y se les oía tocar el violín y cantar con mucha dulzura, con mucha dulzura. A veces, la señora Valérius venía a escucharlos detrás de la puerta, dejaba escapar un profundo suspiro, se enjugaba una lágrima y volvía a marcharse de puntillas. También ella sentía la nostalgia de su cielo escandinavo.

El señor Daaé parecía recuperar las fuerzas tan sólo en verano, cuando toda la familia iba a pasar las vacaciones a Perros-Guirec, en un rincón de Bretaña que por aquel entonces era prácticamente desconocido por los parisinos. Le gustaba mucho el mar de esta comarca, en el que reencontraba, decía, el mismo color de su tierra; y, a menudo, en la playa, tocaba sus baladas más dolientes, pretendiendo que el mar callaba para escucharlas. Además, tanto había suplicado a la señora Valérius, que ésta había cedido a otro capricho del viejo violinista de pueblo.

En la época de las fiestas del pueblo y de los bailes, partió como antaño con su violín y con derecho a llevar a su hija durante ocho días. Nadie se cansaba de escucharlos. Derramaban armonía pata todo el año en las más pequeñas aldeas y dormían por las noches en granjas, rehusando la cama del albergue, apretándose en la paja uno contra otro, como en los tiempos de su miseria en Suecia.

Sin embargo, bastante bien vestidos, rehusaban los sous que les ofrecían y no pedían nada, y las gentes, a su alrededor, no entendían nada de la conducta de aquel violinista que recorría los caminos con aquella hermosa niña que cantaba tan bien que uno creía escuchar a un ángel de paraíso. Los seguía de pueblo en pueblo.

Un día, un muchacho de la ciudad, que se encontraba en la región con su institutriz, obligó a ésta a recorrer un largo camino porque no se decidía a abandonar a aquella niña cuya voz tan dulce y tan pura parecía haberlo encadenado. Llegaron de este modo al borde de una cala a la que aún se-llama Trestaou. Por aquellos tiempos no había en aquel lugar más que el cielo, el mar y la playa dorada. Y sobre todo había un fuerte viento que arrastró el chal de Christine. al mar. Christine lanzó un grito y estiró los brazos, pero el chal se encontraba ya lejos, sobre las olas. Entonces oyó una voz que le decía:

– No se preocupe, señorita, yo iré a buscar su chal al mar.

Y vio a un niño que corría, que corría, pese a las protestas indignadas de una buena mujer toda vestida de negro. El niño penetró en el mar vestido y le trajo su chal. ¡Tanto el niño como el chal se encontraban en lamentable estado! La mujer de negro no podía calmarse, pero Christine reía con ganas y besó al pequeño. Era el vizconde Raoul de Chagny. Vivía entonces con su tía en Lannion. Durante el verano, volvieron a verse casi todos los días y jugaron juntos. Debido a la solicitud de la tía y a la intervención del profesor Valérius, el bueno de Daaé accedió a dar clases de violín al joven vizconde. De este modo, Raoul aprendió a apreciar las mismas melodías que habían encantado la infancia de Christine.

Tenían aproximadamente el mismo tipo de alma soñadora y tranquila. No gustaban más que de los cuentos de viejos condes bretones, y su juego preferido consistía en ir a buscarlos en los umbrales de las puertas como si fueran mendigos. «Señora, o querido señor, no sabe usted alguna historia para contarnos, por favor?» Y rara vez no se les «daba» algo. ¿Qué vieja bretona no ha visto, aunque sólo sea una vez en su vida, bailar a las korrigans [11] sobre los brezos, al claro de luna?

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[11] De korrig, gnomo, y korr, enano: pequeños seres femeninos del folclore bretón, generalmente velludos y malévolos.

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