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El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
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¿Dónde estaba tu alma, Carlotta, cuando bailabas en los tugurios de Barcelona? ¿Dónde cuando, más tarde, cantabas en aquellos tristes tablados tus coplillas cínicas de vacante del music-hall?

¿Dónde cuando ante los maestros reunidos en casa de alguno de tus amantes, hacías resonar ese instrumento dócil cuya única virtud consistía en cantar con la misma indiferente perfección el sublime amor y la más baja orgía? ¡Carlotta, si alguna vez tuviste un alma y la perdiste entonces, la habrías recobrado al convertirte en Julieta, cuando fuiste Elvira, Ofelia, y Margarita! Otras antes que tú ascendieron desde más abajo que tú, pero el arte, respaldado por el amor, las purificó.

En realidad, cuando pienso en todas las pequeñeces y villanías que Christine Daaé tuvo que soportar en aquella época por culpa de la Carlotta, no puedo contener mi cólera, y no me extraña que mi indignación se traduzca en opiniones un tanto abstractas sobre el arte en general, y el canto en particular, que los admiradores de la Carlotta no encontrarán ciertamente de su agrado.

Cuando la Carlotta terminó de pensar en la amenaza que encerraba la carta que acababa de recibir, se levantó.

– ¡Ya veremos! -dijo, y pronunció en español unos cuantos improperios.

Lo primero que vio al acercarse a la ventana fue un coche fúnebre. El coche fúnebre y la carta la persuadieron de que aquella noche corría un gran peligro. Reunió en casa a algunos de sus amigos, les informó de que en la representación de la noche sería víctima de un complot organizado por Christine Daaé, y declaró que había que parar los pies a la pequeña llenando la sala con sus admiradores, los de la Carlotta. Eran muchos, ¿no? Contaba con ellos para que estuvieran preparados para cualquier eventualidad y para hacer callar a los perturbadores en el caso de que, como ella temía, organizaran un escándalo.

El secretario particular del señor Richard, que había ido a informarse de la salud de la diva, volvió con la seguridad de. que se encontraba mejor que nunca y de que, «aunque estuviera agonizando», cantaría aquella misma noche el papel de Margarita. Como el secretario, de parte de su jefe, había recomendado a la diva que no cometiera ninguna imprudencia, que no saliera de casa y se guardase de las corrientes de aire, la Carlotta no pudo evitar asociar estas recomendaciones excepcionales e inesperadas con las amenazas escritas en la carta.

Eran las cinco cuando recibió otra carta anónima con la misma letra que la primera. Era breve. Decía simplemente: «Está usted constipada. Si es razonable, comprendería que es una locura querer cantar esta noche».

La Carlotta soltó una carcajada, se encogió de hombros, que eran magníficos, y lanzó dos o tres notas que le devolvieron la confianza.

Sus amigos fueron fieles a la promesa que le habían hecho. Aquella noche se encontraban todos en la Ópera, pero buscaron en vano a los feroces conspiradores que debían de estar a su alrededor, y a los que debían oponerse. Con excepción de algunos profanos, algunos honrados burgueses cuya plácida figura no reflejaba otro deseo que el de volver a escuchar una música que desde hacía tiempo les había conquistado su aprobación, no había allí más que los habituales, cuyos elegantes modales, pacíficos y correctos, alejaban toda idea acerca de una manifestación. Lo único anormal era la presencia de los señores Richard y Moncharmin en el palco n° 5. Los amigos de la Carlotta creyeron que quizá, por su parte, los directores habían sospechado el proyectado escándalo y habían decidido acudir a la sala para paralizarlo en el momento mismo en que estallase. Pero, como ya saben ustedes, se trataba de una hipótesis injustificada: los señores Richard y Moncharmin no pensaban más que en su fantasma.

¿Nada?… En vano interrogo en ardiente espera

a la Naturaleza y al Creador.

¡Ninguna voz en mi oído desliza

¡una palabra de consuelo!…

El célebre barítono Carolus Fonta apenas había terminado de lanzar la primera llamada del doctor Fausto a las potencias del infierno, cuando el señor Firmin Richard, que se había sentado en la misma silla que el fantasma -la silla de la derecha, en la primera filase inclinaba con el mejor humor del mundo hacia su socio y le decía:

– ¿Y tú? ¿Alguna voz ya te ha dicho al oído alguna palabra?

– ¡Esperemos! No nos precipitemos -contestó con el mismo tono de broma Armand Moncharmin-. La representación acaba de empezar y sabes muy bien que el fantasma no llega habitualmente hasta la mitad del primer acto.

El primer acto transcurrió sin incidentes, lo que no extrañó en lo más mínimo a los amigos de la Carlotta, ya que Margarita no canta en este acto. En cuanto a los dos directores, se miraron sonriendo cuando bajó el telón.

– ¡El primero ha terminado! -dijo Moncharmin.

– Sí. El fantasma se retrasa -declaró Firmin Richard.

Siempre bromeando, Moncharmin insistió:

– En realidad, la sala no está demasiado mal esta noche para

ser una sala maldita.

Richard se dignó a sonreír. Señaló a su colaborador una señora gorda, bastante vulgar, vestida de negro, que estaba sentada en una butaca en el centro de la sala, entre dos hombres de aspecto tosco con sus levitas de paño de frac.

– ¿Quién es esa gente? -preguntó Moncharmin.

– Esa gente, mi querido amigo, es mi portera, su hermano y su marido.

– ¿Les has dado entradas?

– ¡Claro! Mi portera no había venido nunca a la Ópera…, está es la primera vez. Y como a partir de ahora ha de venir todas las noches, he querido que estuviera bien situada antes de pasarse el rato acomodando a los demás.

Moncharmin pidió explicaciones y Richard le informó que había convencido a su portera, en la que tenía mucha confianza, para que ocupara por algún tiempo el puesto de la señora Giry.

– Hablando de mamá Giry -dijo Moncharmin-, ¿ya sabes que va a presentar una denuncia contra ti?

– ¿A quién? ¿Al fantasma?

¡El fantasma! Moncharmin casi lo había olvidado.

Además, el misterioso personaje no hacía nada para que los directores volvieran a recordarlo.

De repente, la puerta de su palco se abrió bruscamente y dejó paso al aterrorizado regidor.

– ¿Qué sucede? -preguntaron los dos a la vez estupefactos de verlo en semejante lugar y en aquel momento.

– Sucede -dijo el regidor- que los amigos de Christine Daaé han montado un complot contra la Carlotta. Y ésta se ha puesto hecha una furia.

– ¿Qué historia es ésa? -dijo Richard frunciendo el ceño. Pero el telón se alzaba y el director hizo un gesto al regidor para que se retirara.

Cuando el administrador hubo abandonado el palco, Moncharmin se inclinó hacia Richard.

– ¿Tiene, pues, amigos la Daaé? -preguntó.

– Si -dijo Richard-. Los tiene.

– ¿Quiénes?

Richard indicó con la mirada un primer palco en el que no había más que dos hombres.

– ¿El conde de Chagny?

– Sí, él me la recomendó…, tan calurosamente que, si no supiera que es amigo de la Sorelli…

– ¡Vaya, vaya!… -murmuró Moncharmin-. ¿Y quién es ese joven tan pálido sentado a su lado?

– Es su hermano, el vizconde.

– Estaría mejor en la cama. Tiene aspecto de estar enfermo. Alegres cantos resonaban en escena. La embriaguez en música. El triunfo de la bebida.

Vino o cerveza

cerveza o vino,

¡si lleno está mi vaso,

tanto mejor!

Estudiantes, burgueses, soldados, muchachas y matronas con el corazón alegre, se agitaban ante la taberna con efigie del dios Baco. Siebel hizo su entrada.

Christine Daaé estaba encantadora disfrazada de hombre.' Su fresca juventud, su gracia melancólica, seducían a primera vista. Inmediatamente, los partidarios de la Carlotta se imaginaron que iba a ser recibida con una ovación que les confirmaría las intenciones de sus amigos. Esta ovación indiscreta, hubiera sido, por otra parte, de una torpeza insigne. No se produjo.

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