El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]
- Автор: Леру Гастон
- Язык: испанский
- Жанр: Классические детективы
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Por el contrario, cuando Margarita atravesó la escena y hubo cantado los dos únicos versos de su papel en este segundo acto:
¡No señores, no soy doncella ni hermosa,
y no necesito que se me dé la mano!
estruendosos bravos acogieron a la Carlotta. Eran tan imprevistos y tan inútiles, que los que no estaban al corriente de nada se miraban preguntándose qué pasaba. Y el acto terminó sin ningún incidente. Todo el mundo se decía entonces: «Evidentemente, será en el próximo acto». Algunos que, al parecer, estaban mejor informados que los demás afirmaban que el escándalo iba a iniciarse en «La copa del rey de Thule», y se precipitaron hacia la entrada de los abonados para avisar a la Carlotta.
Los directores abandonaron el palco durante este entreacto para informarse del complot del que les había hablado el administrador, pero volvieron en seguida a su sitio, encogiéndose de hombros y considerando todo ese asunto era una tontería. Lo primero que vieron al entrar fue una caja de bombones ingleses encima del tablero del pasamanos. ¿Quién la había traído? Preguntaron a las acomodadoras. Pero nadie pudo decirles nada. Pero, volviéndose de nuevo hacia el pasamanos, vieron esta vez, al lado de la caja de bombones ingleses, unos gemelos. Se miraron. No tenían ganas de reír. Todo lo que la señora Giry les había dicho les volvía a la memoria…, y además…, les parecía que había a su alrededor una extraña corriente de aire… Se sentaron en silencio, realmente impresionados.
La escena representaba el jardín de Margarita…
Proclamadle mi amor,
llevadle mis votos…
Mientras cantaba estos dos primeros versos, con su ramo de rosas y lilas en la mano, Christine, al levantar la cabeza, vio en su palco al
vizconde de Chagny y, a partir de aquel instante, a todos les pareció que su voz era menos segura, menos pura, menos cristalina que de costumbre. Algo que no se sabía, ensordecía, dificultaba su canto… Había en ella temblor y miedo.
– Extraña muchacha -hizo notar casi en voz alta un amigo de la Carlotta, situado en la platea-… La noche pasada estaba divina y hoy aquí la tienes, le tiembla la voz. ¡Falta de experiencia! ¡Falta de método!
Es en vos en quien tengo fe,
hablad vos por mí.
El vizconde escondió la cabeza entre las manos. Lloraba. Detrás de él, el conde se mordía con violencia la punta del bigote, alzaba los hombros y fruncía las cejas. Para traducir mediante tantos signos exteriores sus sentimientos íntimos, el conde, siempre tan correcto y tan frío, debía estar furioso. Lo estaba. Había visto regresar a su hermano de un rápido y misterioso viaje en un estado de salud alarmante. Las explicaciones que habían seguido tuvieron sin duda la virtud de tranquilizar al conde quien, deseoso de saber a qué atenerse, había pedido una entrevista a Christine. Daaé. Ésta había tenido la audacia de contestarle que no podía recibirle, ni a él ni a• su hermano. Creyó que se trataba de una abominable maquinación. No perdonaba a Christine que hiciera sufrir a Raoul, pero, sobre todo, no perdonaba a Raoul que sufriera por Christine. ¡Ah! Había sido un tonto de preocuparse durante un tiempo por aquella joven, cuyo triunfo de una noche seguía siendo incomprensible para todos.
Que sobre su boca la flor
pueda al menos depositar
un dulce beso.
– ¡Pequeña zorra, bah! -gruñó el conde.
Se preguntó qué se proponía aquella mujer… qué podía esperar… Era pura, decían que no tenía amigo ni protector de ningún tipo… ¡aquel Ángel del Norte debía ser una buena bribona!
Por su parte Raoul. detrás de las manos, cortina que ocultaba sus lágrimas de niño, sólo pensaba en la- carta que había recibido a su llegada a París, adonde Christine había llegado antes que él, huyendo de Perros como un maleante: «Mi querido amiguito de antaño, es preciso que tenga el valor de no volver a verme, de no volver a hablarme… Si me ama un poco, haga esto por mí, por mí, que no lo olvidaré jamás…, mi querido Raoul. Sobre todo, no entre nunca en mi camerino. De ello depende mi vida. Depende la suya. Su pequeña Christine.»
Un estruendoso aplauso… La Carlotta hace su entrada.
El acto del jardín se desarrollaba con sus habituales peripecias.
Cuando Margarita terminó de cantar el aria del Rey de Thule, fue aclamada. También lo fue cuando terminó la canción de las joyas.
¡Ah! cuanto río de verme
tan bella en este espejo…
Entonces, segura de sí misma, segura de sus amigos qué estaban en la sala, segura de su voz y de su éxito, no temiendo a nada, Carlotta se entregó por entero, con ardor, con entusiasmo, con embriaguez. Su actuación no tuvo ya contención ni pudor… Ya no era Margarita, era Carmen. Se la aplaudió más aún y su dúo con Fausto parecía reservarle un nuevo éxito, cuando de pronto ocurrió… algo espantoso.
Fausto se habla arrodillado:
Déjame, déjame contemplar tu rostro
bajo la pálida claridad
con la que el astro de la noche, como en una nube,
acaricia tu belleza.
Y Margarita contestaba:
Oh silencio! ¡Oh dicha! ¡Inefable misterio!
¡Embriagadora languidez!
¡Escucho!… ¡Y comprendo a esta voz solitaria
que canta en mi corazón!
En aquel instante…, justo en aquel instante…, se produce algo… se produce algo…, lo he dicho ya, algo espantoso…
… La sala entera se pone en pie en un único movimiento… En su palco, los dos directores no pudieron contener una exclamación de horror… Espectadores y espectadoras se miran como para preguntarse los unos a los otros la explicación de un fenómeno tan inesperado… El rostro de la Carlotta refleja el dolor más atroz, sus ojos parecen presos por la locura. La pobre mujer se ha levantado, con la boca aún entreabierta, tras pronunciar «esta voz solitaria que canta en mi corazón…» Pero aquella boca ya no canta…, no se atre
ve a pronunciar una sola palabra, un solo sonido…
Aquella boca creada para la armonía, aquel instrumento ágil que jamás había fallado, órgano magnífico, generador de los más bellos sonidos, de los acordes más difíciles, de las modulaciones más suaves, de los ritmos más ardientes, sublime mecánica humana a la que no faltaba para ser divina más que el fuego del cielo, el único capaz de otorgar la verdadera emoción y elevar las almas… aquella boca había dejado escapar…
De aquella boca se había escapado…
¡Un gallo!
¡Ah! ¡Un horrible, repugnante, plumoso, venenoso, espigado, espumeante y chillón gallo!
¿Por dónde había entrado? ¿Cómo se había agazapado en su lengua? Con las patas encogidas para saltar más alto y más lejos, subrepticiamente había salido de su laringe y… ¡cuac!
¡Cuac, cuac!… ¡Qué terrible cuac!
Me refiero, como os podéis imaginar, a un sapo en sentido figurado. No se lo veía, pero se lo oía. ¡Cuac!
La sala quedó anonadada. Nunca un ave, de los más ruidosos corrales, había desgarrado la noche con un cuac tan asqueroso, y lo peor era que nadie lo esperaba. La Carlotta no daba crédito a su garganta ni a sus oídos. Un rayo cayendo a sus pies le hubiera extrañado menos que aquel gallo chillón que acababa de salir de su garganta.