Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Классические детективы » El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]
El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 74
Перейти на страницу:

– Pero, ¿cómo? ¿Quiere que ponga en la calle a nuestros que ridos caballos?

– No se trata de los caballos, sino de los palafreneros.

– ¿Cuántos palafreneros tiene usted, señor Lachenal?

– ¡Seis!

– ¡Seis palafreneros! Bastaría con dos.

– Se trata de «plazas» -lo interrumpió Mercier- que fueron creadas e impuestas por el subsecretario de Bellas Artes. Los ocupan hombres protegidos por el gobierno, y me atrevo a sugerir…

– ¡El gobierno no me importa!… -afirmó Richard con una gran energía-. No necesitamos a más de cuatro palafreneros para doce caballos.

– ¡Once! -rectificó el jefe de caballerizos.

– ¡Doce! -repitió Richard.

– ¡Once! -repitió Lachenal.

– ¡Ah! El señor administrador me había informado de que tenía usted doce caballos.

¡Tenía doce, pero no me quedan más que once desde que nos han robado a César!

Y el señor Lachenal se da un fuerte fustazo en la bota.

– ¡Nos han robado a César! -exclamó el administrador-. ¡A César, el caballo blanco de El Profeta!

– No hay más que un César-declaró en tono seco el jefe de caballerizos-. Estuve diez años con Franconi y he visto muchos caballos en mi vida. ¡Pues bien, como César no hay más que uno! Y nos lo han robado.

– ¿Cómo ha sido?

– No lo sé! ¡Nadie sabe nada! Esta es la causa de mi visita. Por eso vengo a pedirle que ponga en la calle a todos los de la cuadra.

– ¿Y qué dicen sus palafreneros?

– Tonterías… Unos acusan a los figurantes… otros pretenden que es el portero de la administración.

– ¿El portero de la administración? ¡Respondo de él como de mí mismo! -protestó Mercier.

– ¡Pero, bueno, señor jefe de caballerizos! -exclamó Richard-, debe tener usted alguna idea!…

– 5í, señor. ¿Si tengo una? ¡Tengo una! -declaró de pronto Lachenal-, y voy a decírsela. No tengo la menor duda.

– El señor jefe de caballerizos se acercó a los directores y les susurró en la oreja-: ¡Ha sido el fantasma quien ha dado el golpe!

Richard se sobresaltó.

– ¡Ah! ¡Con que usted también! ¡Usted también!

– ¿Cómo, yo también? Es lo más natural…

– Pero qué dice usted, señor Lachenal! ¡Pero qué dice usted, señor jefe de caballerizos!…

– Digo lo que pienso, después de lo que he visto…

– ¿Y qué ha visto, señor Lachenal?

– Vi, como le estoy viendo a usted, a una sombra negra que montaba un caballo blanco que se parecía a César como dos gotas de agua.

– ¿Y no corrió tras ese caballo blanco y esa sombra negra?

– Corrí y llamé, señor director, pero desaparecieron con una rapidez desconcertante y se perdieron en la oscuridad de la galería…

El señor Richard se levantó.

– Está bien, señor Lachenal. Puede usted retirarse… presentaremos una denuncia contra el fantasma…

– ¿Y despedirá a mis palafreneros?

– ¡Desde luego! ¡Adiós, señor!

El señor Lachenal saludó y salió.

Richard echaba chispas.

– ¡Prepare la cuenta de ese imbécil!

– ¡Es un amigo del señor comisario del gobierno! -se atrevió a decir Mercier…

– Y toma el aperitivo en el Tortoni con Lagréné, Scholl y Pertuiset, el matador de leones -añadió Moncharmin-. ¡Nos vamos a poner a toda la prensa en contra! Explicará la historia del fantasma y todo el mundo se divertirá a costa nuestra. ¡Si hacemos en ridículo, podemos considerarnos muertos!

– Está bien. No hablemos más… -concedió Richard, que ya estaba pensando en otra cosa.

En aquel momento se abrió la puerta, que sin duda no estaba vigilada entonces por su cancerbero, ya que vieron entrar en tromba a mamá Giry con una carta en la mano, y decir precipitadamente:

– Perdón, mil excusas, señores, pero esta mañana he recibido una carta del fantasma de la Ópera. Me dice que me presente a ustedes, que sin duda tienen algo que…

No acabó de decir la frase. Vio el rostro de Firmin Richard, y era terrible. El honorable director de la ópera estaba a punto de explotar. El furor que lo agitaba sólo se traducía de momento por el color escarlata de su rostro furibundo y por el brillo de sus ojos relampagueantes. No dijo nada. No podía hablar. Pero, de pronto, inició un gesto. Primero fue el brazo izquierdo, con el que cogió a mamá Giry y le hizo describir una media vuelta tan inesperada, una pirueta tan rápida, que ésta lanzó un grito desesperado; después, fue el pie derecho, el pie derecho del mismo honorable director el que imprimió su huella en el tafetán negro de una falda que jamás en aquel lugar había sufrido ultraje parecido.

El hecho se había producido de forma tan inesperada que mamá Giry, cuando se encontró en la galería, estaba aún medio aturdida, y parecía no entender nada. Pero, de pronto, comprendió y la Ópera resonó con sus gritos indignados, con sus enfurecidas frases, con sus amenazas de muerte. Fueron necesarios tres mozos para hacerla bajar hasta el patio de la administración y dos guardias para llevarla a la calle.

Aproximadamente a la misma hora, la Carlotta, que vivía en una pequeña mansión del faubourg Saint-Honoré, llamaba a su camarera y se hacía traer el correo a la cama. Entre las cartas encontró una que decía así:

«Si canta esta noche, tenga cuidado de que no le ocurra una gran desgracia en el momento mismo en que empiece a cantar… una desgracia peor que la muerte.»

Esta amenaza estaba escrita en tinta roja, con una letra de palotes y trazo vacilante.

Después de leer la carta, la Carlotta ya no tuvo apetito para desayunar. Rechazó la bandeja en la que la camarera le ofrecía el chocolate humeante. Se sentó en la cama y se puso a pensar profundamente. No era la primera carta de este tipo que recibía, pero jamás había leído una tan amenazadora.

En aquel momento se creía el blanco de mil intrigas y contaba habitualmente que tenía un enemigo secreto que había jurado su desgracia.

Pretendía que se tramaba contra ella un malvado complot, una desgracia que se produciría el día menos pensado; pero ella no era una mujer fácil de intimidar, añadía.

Lo cierto es que si había algún tipo de complot, era el que la Carlotta montaba contra la pobre Christine, que no se enteraba de nada. La Carlotta no había perdonado a Christine el triunfo que ésta había obtenido al sustituirla de improviso.

Cuando se enteró de la extraordinaria acogida que había tenido su suplente, la Carlotta se sintió instantáneamente curada de un principio de bronquitis y de un acceso de rabia contra la administración, y abandonó todo proyecto de dejar su puesto. Desde entonces, se había dedicado a trabajar con todas sus fuerzas para «ahogar» a su rival, obligando a influyentes amigos a presionar a los directores para que no volviesen a dar a Christine la ocasión de obtener un nuevo triunfo. Aquellos periódicos que habían comenzado a alabar el talento de Christine, no se ocuparon más que de ensalzar la gloria de la Carlotta. Por último, incluso en el teatro mismo, la célebre diva pronunciaba las frases más ultrajantes acerca de Christine e intentaba causarle miles de pequeños disgustos.

La Carlotta no tenía ni corazón ni alma. ¡No era más que un instrumento! Aunque, hay que decirlo, un maravilloso instrumento. Su repertorio abarcaba todo lo que puede tentar la ambición de una gran artista, tanto en lo que respecta a los maestros alemanes como a los italianos o franceses. Nunca jamás, hasta este día, se había oído desafinar a la Carlotta, ni carecer del volumen de voz necesario para traducir algún pasaje de su inmenso repertorio. En resumen, el instrumento se hallaba siempre tenso, poderoso y admirablemente afinado. Pero nadie habría podido decir a la Carlotta lo que Rossini le dijo a la Kraus, después de haber cantado para él en alemán «Sombríos bosques»…: «Canta usted con el alma, hija mía, y qué hermosa es su alma».

1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 74
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)