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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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Perdido en estas ensoñaciones, llegó a la casa situada en la calle de los Lucientes, subió los peldaños de dos en dos y se personó en el domicilio de doña Angustias. Le abrió la criada, una joven algo coja de Ciudad Real, que le hizo saber que la viuda de don Armando tenía otra visita en aquel momento.

Al llegar al pequeño salón -que siempre le recordaba el sepelio de su mentor- el joven subinspector pudo comprobar que, sentado junto a doña Angustias y tomando café con leche y pastas, se hallaba un individuo que de inmediato se puso en pie. Era alto, más que alto, estirado. Parecía hombre llegado a la cincuentena, pero se hallaba bien conservado; de cara atractiva y bien rasurada, lucía una cabellera abundante y tenía las sienes plateadas. Se mantenía esbelto y lucía levita de color gris, de solapas negras. El pantalón que vestía era negro, con una línea en el lateral de brillante terciopelo del mismo color. Completaba el conjunto una elegante corbata de rayas azules y rojas, audaz pero ajustada al conjunto, que aparecía sujeta por un precioso alfiler coronado con un discreto pero bello rubí. Los gemelos hacían juego con dicho complemento. El cuello de la camisa era blanco como la nieve y se ceñía, impecablemente almidonado, a su estilizada garganta de prominente nuez. Un caballero. Le miró con curiosidad con sus ojos grises.

– Vaya, vaya -dijo el extraño mostrando una sonrisa repleta de dientes perfectos y blancos como perlas-. Este debe ser el célebre subinspector Ros; me moría de ganas de conocerle. Don Alberto Aldanza e Idiáquez -añadió tendiéndole una tarjeta en la que se leía «Conde del Razes».

– Don Víctor Ros Menéndez -dijo el policía haciendo otro tanto.

– Aquí, don Alberto, era un gran amigo de mi marido -dijo doña Angustias a modo de aclaración.

– Sí, lo sé, don Armando me habló mucho de ello en sus cartas.

– Y a mí me contó maravillas de usted, joven.

– Lo mismo hizo con respecto a usted. Se conocieron por un robo en su casa, ¿no?

– Sí, me robaron unos objetos de arte y él se encargó. A partir de ahí, mi afición a lo policíaco nos unió. Usted había sido trasladado fuera y supongo que él necesitaba un amigo.

– Sí, me hizo saber en sus cartas que se habían hecho íntimos y reconozco que sentía curiosidad por conocerle. Esperaba haberle visto en su sepelio.

– Viajo mucho, joven, viajó mucho. Sentí hallarme en París por aquellos días. Me contaba aquí, mi amiga doña Angustias, que anda usted metido en un caso de no se qué prostitutas muertas.

– Sí, pero no he tenido mucho apoyo oficial. De hecho, algo he investigado en mi tiempo libre, aunque con escasos resultados, me temo. Encima, para colmo, me han encomendado un caso rarísimo y de difícil solución que me va a ocupar mucho tiempo. No sé si podré avanzar en el asunto de esas pobres desgraciadas.

– ¿Un asunto raro, dice? -preguntó don Alberto.

– Como ya ha dicho él mismo, el señor conde es muy aficionado a lo policíaco, le gustan los casos difíciles. Mi marido, que en paz descanse, le consultó en multitud de ocasiones. Don Alberto domina las más modernas técnicas a la hora de cazar criminales -informó la señora.

– Algo me contó don Armando, sí, pero ¿es cierto eso? -preguntó el subinspector Ros.

El otro asintió como azorado y repuso:

– Es una afición que tengo. Una excentricidad de un hombre curioso que tiene el futuro resuelto y demasiado tiempo libre.

– ¿Y ha estudiado usted ciencias?

– No exactamente. Un poco de todo. Tuve la suerte de vivir en Estados Unidos, y en Francia, y en Suiza. Bueno, digamos que he viajado un poco y que he procurado aprovechar el tiempo. He conocido algunos especialistas de renombre que tuvieron a bien enseñar algunas cosillas a este humilde aficionado. Algo sé de anatomía forense, no sé si la conoce, pero es una ciencia apasionante. «Los muertos hablan» y, a veces, un buen observador puede obtener valiosísimas informaciones con el estudio de un cadáver. Las propias víctimas nos indican quién fue su agresor, a qué hora se produjo el crimen, cómo y por qué, sólo hay que saber leer los indicios. Algo sé también de botánica, de venenos, por supuesto, algo de química, un poco de óptica, de balística, que es el estudio de las armas y los proyectiles que disparan -aclaró mirando a doña Angustias-; en fin, un poco de aquí, otro poco de allá, lo que se necesita para mi afición.

– ¿Su afición? ¿Debo entender que es usted detective aficionado? -preguntó Víctor.

– No, querido amigo, soy cazador de monstruos.

Se hizo un breve silencio. Víctor Ros quedó intrigado por saber qué significaba aquello de «cazador de monstruos», pero en aquel momento el otro cambió hábilmente de tema para decir:

– Bueno, subinspector, cuéntenos algo sobre ese extrañísimo caso que le acaban de encomendar.

Víctor narró lo poco que sabía sobre el suceso de la casa de los Aranda y maravilló a sus dos interlocutores con los detalles de que disponía. Los tres charlaron animadamente sobre las repercusiones que tendría dicha historia en la opinión pública si trascendieran y doña Angustias preguntó a Víctor con curiosidad sobre qué pasos iba a dar para resolver aquel enigma. Luego, recordaron durante un rato a don Armando. Parecía evidente que don Alberto lo había conocido bien en los años de ausencia de Víctor, primero en Oviedo y luego en Figueras.

Era ya de noche cuando Víctor y don Alberto salían del portal. Un elegante coche de caballos de color negro aguardaba al conde del Razes, así que éste insistió en llevar a su nuevo conocido a su pensión. Aquel caballero cuidaba hasta el más mínimo detalle de su indumentaria. Portaba un sofisticado bastón de fino manatí con labrado pomo de plata que llamó la atención del joven subinspector. Aquellos bastones eran caros, pues estaban confeccionados con nervios de dicho animal, un mamífero marino parecido a la ballena. Debían ser conservados en tubos llenos de aceite para evitar que se fracturasen. Un lujo al alcance de pocos.

En el trayecto, el noble no cejó en su empeño de conseguir que el joven policía le visitara en su nuevo palacete del barrio de Salamanca para «cambiar impresiones».

Víctor farfulló como excusa:

– Es que mañana por la tarde mi compañero me lleva a los toros.

– Curiosamente yo tampoco puedo mañana, asisto a una interesantísima conferencia en la Academia Médico Quirúrgica Española a las ocho y media: «La oportunidad de las amputaciones».

– Vaya -repuso Víctor sintiendo un vacío en el estómago. Aquel tipo era, decididamente, una especie de maníaco, un noble excéntrico que combatía así el tedio.

– ¿Y qué tal pasado mañana?

Ante la insistencia del conde quedaron en verse dos días después. A Víctor le pareció que don Alberto era un poco pesado, aunque don Armando lo describía en sus misivas como un tipo interesantísimo, muy viajado, leído y a la última en cuestiones policiales y detectivescas. Total, un noble aburrido sin otra cosa que hacer.

A la mañana siguiente, a primera hora, Víctor y don Alfredo se personaron en la casa de la calle San Nicolás, el lugar de los hechos. El joven subinspector ardía en deseos de inspeccionar aquel ejemplar de La Divina Comedia que al parecer incitaba a las dueñas de la casa a asesinar a sus respectivos maridos, una auténtica locura. Desde el primer momento tuvo la certeza de estar ante un caso extraordinario, y es que, al bajar del coche y echar un vistazo a la casa maldita, sintió que un escalofrío recorría su espalda. Don Alfredo y Víctor se hallaban ante una construcción horrenda y lúgubre que desentonaba de modo notorio en medio de aquel vecindario de amplias casas de corte neoclásico. La fachada era de granito oscuro, entre negro y gris, cubierto por una profusa enredadera que bajaba desde el tejado para tejer una intrincada y siniestra maraña que daba a la vivienda un aspecto oscuro y sombrío.

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