El Misterio De La Casa Aranda
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
Nada hubo que resaltar en el siguiente toro, y, de hecho, Víctor comenzaba a aburrirse; Frascuelo, en el sexto, volvió a acertar con el estoque y salió por la puerta grande. La locura, la apoteosis, el acabose. Don Alfredo aplaudía como un loco.
Finalizado el festejo, Víctor se despidió con prisas de Blázquez y Leandro agradeciendo la invitación; quería pasar por casa del químico Corcoles.
Le había gustado ir a los toros, decididamente. Era curiosa la relación entre Blázquez y Leandro, mucho chiste, mucha chirigota, pero se notaba que se apreciaban. Se atacaban, se hostigaban, pero se querían y necesitaban.
A la mañana siguiente, al llegar a la oficina, don Alfredo encontró a su joven compañero exultante. Estaba enfrascado leyendo un maremagno de papeles que había desparramado sobre su habitualmente atestada mesa de trabajo; alzó la cabeza sonriente al ver entrar a su compañero.
– Buenos días, Alfredo.
– Buenos días. ¿Has descansado bien esta noche?
– Muy bien.
– ¿Y los toros?
– Excitante. Mil gracias otra vez.
– No hay de qué.
– Oye, Blázquez, volviendo al caso que nos ocupa, ayer dejé la «ceniza del libro» a mi amigo Corcoles. Tardará unos días en tener los resultados.
– ¿Piensas entonces que el libro no…?
– No creo que el libro desapareciera por sí solo, si es a lo que te refieres.
En aquel momento se abrió la puerta del despacho, y un cochero alto y bien parecido entró tras pedir permiso.
– ¡Hombre! Mira, Alfredo, éste es Adolfo, cochero y poeta en ciernes que realiza algunas funciones de espionaje para nuestra causa. ¿La has seguido?
– Sí, ahora es el momento. Está en el mercado de la plaza de la Cebada, comprando para la cocinera -dijo el joven cochero.
– Pues no perdamos un momento. ¡Vamos, Alfredo!
El apocado inspector se vio en un momento siguiendo a su excéntrico compañero y a aquel gallardo cochero a pie por las calles de Madrid. Víctor parecía alegre, casi despreocupado, lejos de su habitual apariencia de afectación. Años después, Blázquez comprobaría que cuando investigaba un caso, Víctor Ros se hallaba en su medio natural, se sentía vivo.
Salieron de Sol y atravesaron la calle Carretas para dirigirse a través de la calle Concepción al bullicioso mercado de la plaza de la Cebada. Aquel espacio debía su nombre a que desde hacía mucho tiempo era el lugar indicado para la compraventa de cereales, legumbres y grano en general, y era allí donde históricamente se separaba la cebada de los caballos del rey de la de los regimientos de caballería.
Al principio los puestos estaban todos al aire libre o cubiertos por un inmenso toldo, pero desde hacía apenas un año se había construido un moderno y enorme edificio de hierro que albergaba al mercado. Era como un inmenso quiosco, construido con piezas traídas desde París. Al parecer estaba inspirado en el mercado de Les Halles, sito en la ciudad del Sena. El ambiente era colorista y los fardos con los géneros descansaban sobre el suelo, delante de sus vendedores. Las moscas revoloteaban alrededor de las enormes piezas de carne que colgaban de ganchos aquí y allá y el cacareo de las gallinas, que se vendían vivas, como los conejos y las palomas, contribuía a acrecentar el bullicio general que caracterizaba la plaza donde se había ejecutado al general Riego y dado garrote a Luis Candelas.
Había multitud de carretas vacías alineadas esperando el fin de la jornada, y muchos pregonaban su mercancía a voz en grito:
– ¡Arrope de La Mancha! -gritaba una mujer con la cabeza cubierta con un pañuelo negro.
– ¡Melón de Torre Pachecho a la cata! -ofrecía un paisano vestido con gorra y amplio blusón negro.
Todas aquellas figuras confluían, como las hormigas de un inmenso hormiguero, en el enorme edificio que alojaba el mercado, el centro de aquel colorido y popular universo.
– Vamos a hablar con una de las criadas de los Aranda -aclaró Víctor a Alfredo sin frenar el paso-. Los sirvientes hablan con más tranquilidad fuera de la casa y lejos de sus señores.
Al llegar a aquel bullicioso mercado comprobaron que el ir y venir de la gente era constante: caballeros, mujeres de negro, alguna que otra chulapa, pilluelos y carretas llenas de fruta apenas dejaban avanzar a los tres hombres apresurados que pretendían llegar al lugar al que les llevaba Adolfo. Al fin, el cochero se detuvo en un puesto de verdura y miró de soslayo a una menuda mujer que cubría el uniforme de servicio con un chal que parecía fino y de buena calidad.
– ¿Nuria? -dijo Víctor dirigiéndose a ella.
La chica se volvió con un respingo. Miró a los tres hombres con asombro y dijo:
– Les conozco. Ustedes son los policías.
– En efecto -asintió Alfredo Blázquez.
– Queríamos hablar contigo, Nuria. Ya sabes, fuera de la casa de tus señores. No queremos que sepan que hemos hablado contigo, puedes estar tranquila al respecto -añadió Víctor.
– Pero ¿se me acusa de algo? -inquirió la chica muy asustada.
Los tres hombres rieron.
– ¡Qué va, qué va! Adolfo, ¿hay por aquí algún mesón o café donde podamos hablar con calma con esta chica? -quiso saber el apuesto subinspector.
– Sí, ahí cerca, junto a la Cava Alta -contestó el cochero.
Tomando a la chica por el brazo, Víctor siguió entre el gentío a sus dos compañeros. Adolfo los llevó a una pequeña tasca con unos grandes tableros rojos en la puerta, en la que se leía: Vinos el 13.
Entraron y tomaron asiento en una mesa junto a la puerta.
– ¿Qué quieres tomar, hija? -preguntó Alfredo.
– Agua.
Pidieron un vaso de agua, dos cafés y aguardiente para el cochero poeta. Esperaron a que les sirvieran y entonces Víctor comenzó a hablar a la chica con voz amigable y queda.
– Mira, Nuria, estoy muy interesado en hablar contigo sobre lo que está ocurriendo en esa casa, pero me hago cargo de que para un sirviente resulta difícil hablar de sus señores, porque es algo que os puede colocar en una situación… digamos algo difícil. Quiero que sepas que nadie, absolutamente nadie, sabrá que has hablado con nosotros, ¿entendido? -la chica asintió-. Bien, entonces, comencemos. Tengo mucho interés en saber lo que ocurrió el día de ayer. ¿A qué hora limpiaste la biblioteca y sus estanterías?
La chica miró asustada al policía, se santiguó y dijo:
– ¿Cómo sabe usted eso, señor? ¿Acaso me vio?
El joven policía rió y dijo:
– No, no es eso; simplemente, miré las impresiones que había en la alfombra. Vi unas huellas grandes, los pies del mayordomo, y, junto a ellas, otras más pequeñas, de unos botines. Curiosamente observé que tú llevabas unos. Además, el olor a aceite y la ausencia de huellas me hizo pensar que habían limpiado la estantería aquella misma mañana. ¿Me equivoco?
– Parece cosa de brujas, pero no, no se equivoca usted, don Víctor. Yo limpié las estanterías y quité el polvo a los libros.
– ¿Te fijaste si faltaba alguno?
– Claro. Estaban todos.
– Bien, bien -murmuró Víctor con expresión pensativa-. ¿Cuándo se suele limpiar la biblioteca?
– Lunes, jueves y sábado por la mañana. Cada dos días, vamos -respondió resuelta la moza.
– Y ayer era miércoles.
– Sí.
– O sea que no tocaba. ¿Por qué limpiaste precisamente ayer las estanterías? -preguntó Víctor Ros.
– Porque me lo mandó la señora.
– ¿La señora?
– Sí, doña Ana. Vamos, la madre de mi señora.
– ¿Y a qué hora fue eso?
– A las ocho y media de la mañana aproximadamente.
Los dos policías se miraron.
Don Alfredo resumió al instante:
– Sí, parece curioso. La señora hace que Nuria limpie las estanterías un día que no toca. Al menos, es algo inusual.
Víctor continuó:
– Justo el día que se nos esperaba a nosotros.