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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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– ¿No recordarás un trayecto que hiciste hace dos meses ya, en que una puta subió en tu coche en Embajadores? -preguntó Víctor tras las presentaciones de rigor.

– Mire, señor, hago muchos trayectos de esa clase, ya sabe, un caballero no va a recoger a una de esas arrastradas en su propio coche, así que es habitual que recurran a uno de alquiler para así no ser reconocidos.

– ¿Me estás diciendo que los caballeros frecuentan ese tipo de ambientes, Adolfo? Pensaba que sólo irían a burdeles de postín.

– Buf, no lo sabe usted bien don Víctor, son los que más; ¿no ve usted que esas desgraciadas son lo más tirado?; hacen cualquier cosa por una peseta.

– ¿Y recuerdas aquel día? La chica acabó muerta.

– Pues sí, lo recuerdo, precisamente por lo del asesinato, lo leí en la prensa y supe que era ella, Antonia, porque sus compañeras se interesaron al día siguiente por el asunto. Pero no debo hablar de mis clientes…

– Mataron a esa chica, Adolfo -dijo el subinspector Ros mirando al joven cochero a los ojos-. Quiero echar el guante al asesino.

De pronto, tras una pausa, el aprendiz de poeta comenzó a hablar como con prisa, soltándolo todo.

– Le he dicho que lo recuerdo porque fue algo raro, que se salía de lo normal. Iba en busca de algún cliente, despacio, por la calle Mayor, cuando una mujer me hizo una seña.

– ¿Le viste la cara?

– No, iba de gris y llevaba velo. Era una vieja.

– ¿Una vieja? -preguntó Víctor recordando a la anciana de la horrible verruga. Volvía a aparecer.

– Sí, lo sé por su voz.

– ¿Y qué ocurrió?

– Me dijo: «A Embajadogues». Así, con un acento de «franchute». Yo dije: «Señora, es tarde y allí…» «A Embajadogues», repitió. Así que allí que fuimos. Me hizo dirigirme hacia un grupo de mozas que aguardaba en la esquina con la glorieta y habló algo con una de ellas. La chica subió.

– ¿Y a dónde las llevaste?

– Al mismo punto en que recogí a la vieja. En la calle Mayor.

– Demasiado transitado para que nadie recuerde nada.

– Exacto -convino el cochero.

– ¿Recuerdas algún detalle más?

El joven miró hacia arriba, como pensando y dijo:

– Pues eso, que aquella vieja tenía acento extranjero, como francés, «embajadogues», dijo.

– ¿Te fijaste si tenía una enorme verruga en la cara?

– Pues ahora que lo dice «usté», sí, aquí, en la barbilla.

– Gracias, Adolfo, lo has hecho muy bien. Esto es para ti.

Víctor dejó un duro sobre la rústica mesa de madera y se despidió. Aquello prometía. En los tres casos aparecía aquella extraña vieja. ¿Casualidad?

Capítulo 6

La tarde del 6 de junio la suerte de Víctor dio un vuelco espectacular. A pesar del transcurso de los años, aun en su vejez, recordaba nítidamente lo ocurrido en aquella calurosa jornada. Lo más granado del Madrid aristocrático comenzaba a hacer las maletas para pasar el estío como era debido, esto es: en la Riviera, Biarritz o, como mínimo, San Sebastián. El calor comenzaba a apretar de veras. Serían aproximadamente las cinco de la tarde cuando Víctor repasaba un sumario intentando librarse del insoportable sopor que le invadía a causa de la pesada comida que le había servido doña Patro. ¡Nada menos que un cocido madrileño en un día tan caluroso!

El joven inspector comenzaba a barajar la posibilidad de bajar a tomar un café a alguno de los establecimientos que había en Sol para despabilarse y echar un cigarro, cuando don Horacio Buendía irrumpió en el despacho y despertó a don Alfredo, que por poco se cae de su silla, pues tenía la mala costumbre de dormitar en equilibrio, con los pies sobre la mesa y apoyando sólo en el suelo las patas traseras del asiento.

– Don Alfredo, don Víctor, les necesito. Tomen sus sombreros deben acompañarme de inmediato.

Sin saber muy bien el cómo ni el porqué, los dos policías se vieron con el sombrero y el bastón en la mano bajando las escaleras tras el vital don Horacio. Un coche les esperaba en la puerta. Subieron con premura y, antes incluso de que se cerrara la portezuela, el vehículo ya había echado a andar.

Volaron por las bulliciosas calles de Madrid. A pesar del incesante traqueteo, don Horacio acertó a quitarse el sombrero y consiguió pasarse el pañuelo por la inmensa frente para enjugarse el sudor. Hacía mucho calor.

– Bueno, caballeros -dijo mirando por la ventanilla el trasiego de paisanos por la Carrera de San Jerónimo-. Ni qué decir tiene que éste es negocio de máxima urgencia. Incumbe a una familia de las de toda la vida y es mi deber recordarles que todo cuanto vean y oigan a partir de ahora queda dentro de lo que llamamos secreto profesional.

– ¡Eso no es menester ni decirlo, don Horacio! ¡Somos miembros del cuerpo de policía! -replicó don Alfredo.

– Así me gusta. El hombre al que vamos a visitar es importante. Suena como ministrable, con eso se lo digo todo. Está bien relacionado y mantiene una fuerte amistad con muchos de los miembros del gobierno. Háganse cargo de que este asunto debe ser tratado con la máxima discreción. Má-xi-ma-dis-cre-ción -repitió, recalcando todas y cada una de las sílabas-. Hasta el ministro se ha interesado personalmente por el tema. Les he llamado a ustedes porque son lo mejor que tenemos y sé que se van a complementar a la perfección, de manera que justifiquen lo que valen. Éste es su primer caso de postín, ¡demuestren lo que saben, leñe! Nuestro hombre les dará más detalles, ahora vamos hacia su casa.

Víctor observó de reojo que el coche de don Horacio cruzaba ya la calle de San Ildefonso y sintió que el corazón le daba un vuelco. Allí, a unos pasos apenas, se encontraba la casa de Clara Alvear. Un sueño que nunca se haría realidad.

El coche giró a la derecha y se introdujo bajo un amplio arco de piedra que daba acceso a un gran patio interior. El joven policía fue presa de un súbito escalofrío que subió por su espalda helándole el cuerpo y el alma. ¡Aquel era el patio de carruajes de la casa de la familia de Clara! Un criado abrió la portezuela y desplegó la pequeña escalera. En un instante, los acompañantes de Víctor estaban en tierra.

Tuvieron que girarse para ver qué le ocurría al subinspector Ros, quien, paralizado, permanecía en el interior de la berlina. Aquel era el acceso desde la calle San Ildefonso que la casa tenía para las caballerizas y los carros, pues la puerta principal, pomposa y decorada en exceso -para el gusto del joven policía-, daba a la calle Santa Isabel.

– ¡Ros, vamos, hombre de Dios! -urgió el comisario a voz en grito-. Tenemos prisa.

Víctor bajó rápidamente. ¿Iría bien vestido para la ocasión? ¿Cómo iba a saber que en un día rutinario como aquel sería requerida su presencia en aquella casa? Temblaba de nerviosismo. Vestía un discreto traje de mezclilla color beige e iba tocado con un sombrero de los que llamaban bombín, de color marrón claro, que se estaban imponiendo entre las clases menos pudientes como contrapunto a la aristocrática chistera que solía lucir la gente de posibles. La corbata, de seda, era atrevida pero elegante; la había comprado en una excursión a Francia cuando vivía en Figueras. Pensó que tenía un pase. Delante iba don Alfredo, con su sempiterno traje gris y su sombrero negro, y, más allá, don Horacio, que arrastraba una pesada levita marrón, con sombrero del mismo color y pantalones color crema.

El mayordomo de la casa los guió a través de una pequeña escalinata por la que accedieron al recibidor; allí abrió unas puertas correderas y dijo:

– El señor vendrá enseguida; pasen y siéntense.

Los tres hombres entraron en la estancia y advirtieron que se hallaban en la biblioteca. Una amplia habitación, mayor que el piso donde creció Víctor, enteramente forrada de estanterías repletas de elegantes libros de lomos dorados, rojos, de añoso cuero… Aquello era un paraíso, pensó para sí el joven subinspector.

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