El Misterio De La Casa Aranda
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
Había, en un lateral, un sofá con amplios y cómodos cojines. A cada lado del mismo, dos butacones que hacían juego con la pieza anterior, formando un bello conjunto de un estilo que a Víctor le pareció Luis XVI. Tras ellos, una inmensa mesa rodeada de sillas incitaba a la lectura. A pesar de la invitación del espigado mayordomo, los policías permanecieron de pie. Estaban desconcertados y se sentían como peces fuera del agua en tan suntuosa casa.
Víctor pensó que en aquella misma estancia habría pasado multitud de veladas la joven de sus sueños, leyendo junto a la regia e historiada chimenea. Sintió una especie de nostalgia. La puerta corredera de la biblioteca se abrió y en el umbral de la misma apareció don Augusto Alvear, alto, severo, imponente. Vestía una delicada bata de seda bajo la cual se adivinaban chaleco y corbata. Los pantalones eran oscuros y sus zapatos de charol brillaban con la luz que entraba por el inmenso ventanal de la estancia en que se encontraban. Tenía los ojos marrones, pequeños y semiocultos por las bolsas que delataban su edad y su estado físico. Parecía cansado pese a su altivez.
– Buenos días, caballeros -dijo cerrando las puertas tras de sí-. Tomen asiento.
Los policías hicieron lo que se les decía. Don Augusto tomó una caja de madera y marfil de una coqueta mesa de café que había delante del sofá y que era de auténtico mármol.
– ¿Quieren un cigarro? -Los tres rehusaron el ofrecimiento-. En un momento nos servirán un café, ¿les apetece?
Don Horacio contestó por todos asintiendo con la cabeza.
– Bueno -comenzó diciendo con seguridad el hombre de la casa a la vez que encendía un soberbio habano-, no sé si me conocerán, pero soy don Augusto Alvear.
– Aquí presentes, don Alfredo Blázquez y don Víctor Ros, lo mejor que tenemos -dijo el comisario a modo de presentación.
– Favor que usted nos hace don Horacio. Debo suponer entonces que se puede confiar en la discreción de estos caballeros.
– Sin ninguna duda -afirmó Buendía.
– ¿Les ha adelantado usted algo del asunto que nos ocupa, don Horacio? -quiso saber el conde de Teresillas
– No, pensé que preferiría hacerlo usted personalmente.
– De acuerdo, entonces. Caballeros, debo decirles que intentaré ceñirme lo máximo posible a los hechos acaecidos para que ustedes tengan en su mano las cartas necesarias para resolver este desgraciado incidente que ha hecho que la desdicha entre en esta casa y que amenace con acabar con nuestro honor y nuestra honra. Resulta que, hace cosa de un año, mi hija mayor, Aurora, conoció a un joven y brillante abogado catalán que se había establecido en la ciudad como representante de un grupo de inversores cuyos valores gestiona él mismo con tino en la Bolsa de Madrid. Mi primogénita se enamoró del joven en cuestión y él de ella, como no podía ser de otro modo. Así que como el mozo era buen partido -proviene de una muy influyente familia catalana-, acepté su propuesta de matrimonio y prometimos a la pareja. Ya saben ustedes cómo son los jóvenes de hoy día, todo a la carrera, todo de prisa.
La entrada de una sirvienta con la bandeja del café y las pastas interrumpió la disertación de don Augusto que, atusándose el inmenso y cuidado bigote, esperó mirando al infinito que la chica sirviera el café.
Víctor no pudo evitar sentir una innata repulsión hacia el interesado individuo que les había vendido la idea de que aquel matrimonio era cosa de enamorados, cuando a él le constaba que semejaba más un contrato mercantil firmado por los progenitores de los contrayentes que otra cosa. Una vez que la criada hubo salido, y tras tomar un sorbo del excelente café dominicano que les habían servido, don Augusto continuó:
– El caso es que los dos tortolitos se casaron hace cuatro días, y como no salían hacia París hasta dentro de dos, se instalaron, como es normal, en la vivienda donde han de residir. Don Donato Aranda, así se llama mi yerno, no reparó en gastos hasta encontrar la casa que hiciera feliz a mi hija, ¡y vaya si la encontró!, pero fue para nuestra desgracia. Y debo decir que no resultó barata, no. El bueno de don Donato mostró una casa a mi hija de la que ella quedó prendada. Una amplia y solariega casona de dos pisos situada en la calle de San Nicolás. Una casa antigua y de recios pilares, fresca en verano y cálida en invierno. Con dos amplios salones, caballerizas, un primer piso con seis dormitorios y un segundo nivel perfectamente equipado para albergar a la servidumbre. Es una casa de bella fachada con un pórtico labrado en piedra que algunos atribuyen a los mismísimos templarios. Las ventanas, inmensas, las rejas de los balcones, preciosas, y a un paso del Palacio Real como quien dice, en fin, una casa ideal para una joven esposa y su brillante marido que comienzan una nueva vida juntos. Y es en este punto donde me remito a lo que les cuente don Horacio, que está más versado que yo en el mundo de los sucesos y que habrá de narrarles con detalle lo que yo no sabía, y es que en esa casa se habían dado en el pasado hechos luctuosos y desgraciados que se repiten en esta época moderna y azarosa.
El anfitrión cedió entonces el testigo a don Horacio, que, tras apurar un sorbo de café para mejor tragar una pasta, comenzó a decir:
– Bueno, bueno, amigos míos. Empezaré diciendo que los datos que obran en nuestro poder demuestran que la casa no es tan antigua como la gente cree, aunque sí podemos calificarla de añeja o vetusta sin correr riesgo de equivocarnos. El caso es que hará cosa de cincuenta años, allá por 1826, en plena época de agitación política y conspiraciones, un noble caballero venido de las Filipinas compró la vivienda. Le acompañaba su esposa, una exótica mujer de rasgos orientales, hija de español y filipina que, según cuenta la leyenda, tenía, como todos los de su estirpe, lo mejor de las dos razas. Bellos ojos rasgados, rostro fino, delicado, de porcelana, y un cuerpo de ensueño como el que tienen aquellas mujeres menudas según cuentan los marineros venidos de tan lejanas tierras. Era esta mujer, de nombre Genoveva, hembra apasionada y de sangre caliente como suelen ser los de su raza. El comprador de la casa no era otro que don Diego Vicente Reinosa Barbas, individuo que había amasado una inmensa fortuna en las Américas y posteriormente en Filipinas, y que regresaba a la patria para pasar sus últimos días viviendo a cuerpo de rey. No en vano el hombre era ya sexagenario. Se dice que las fiestas eran suntuosas en aquella casona y que la llegada de tan exótica pareja causó sensación en el Madrid del momento, pero el caballero apenas pudo disfrutar de su retorno más de un año. Una noche del mes de junio, la esposa se levantó y bajó a la biblioteca situada en la planta baja. Sacó un ejemplar de una estantería, La Divina Comedia, de Dante Alighieri y, tras abrir el libro por una página determinada y subrayar unas líneas, subió a la habitación del marido, al que asestó dos certeras puñaladas en el pecho que le causaron la muerte. La mujer fue ajusticiada, le dieron garrote a pesar de que siempre sostuvo su inocencia, alegando que no recordaba nada de lo sucedido. Encontraron el libro sobre una mesita camilla en el cuarto de ella, abierto, claro, y con un párrafo subrayado, como ya he dicho.
– Fascinante suceso -dijo Víctor.
– Sí, pero no acaba ahí la cosa, no -terció don Augusto.
– Es verdad. Hasta ahí todo quedaría reducido a un crimen pasional -continuó don Horacio-. Pero es que ya saben ustedes cómo es la gente. Después de crimen tan sonado la casa quedó vacía y durante años fue prácticamente imposible venderla. Los vecinos decían oír voces y las puertas se abrían y cerraban solas aunque nadie vivía en ella. Unos decían que el espíritu del asesinado volvía pidiendo justicia, otros que era el de la filipina que clamaba por su inocencia. La gente empezó a decir que el crimen lo había cometido un caballerizo, amante de la esposa, al que ésta no delató por amor. Por eso volvía Genoveva del más allá protestando por su inocencia.