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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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– Menuda historia -comentó don Alfredo Blázquez subiéndose las gafas con el índice.

Don Horacio siguió:

– A pesar de esos cuentos y chismes de viejas, hace diez años, un joven empresario santanderino que se vino a vivir a Madrid con su mujer y sus tres hijos, compró la casa sin hacer caso de aquellos rumores. Era hombre abierto y liberal, moderno. No creía en cuentos de fantasmas. Una noche, cuando llevaban ya ocho meses viviendo en la casa…

– Un momento, ¿una noche de qué mes? -preguntó Víctor.

Don Horacio miró a don Augusto con satisfacción y dijo:

– ¿Ve usted? No se les escapa nada. Pues fue también en una noche de junio, como en el asesinato de hace cincuenta años. El caso es que don Benjamín, que así se llamaba el joven empresario, despertó y vio que su mujer no estaba en la cama. Bajó al piso inferior y comprobó con un nudo en la garganta que su mujer salía de la biblioteca con un libro oscuro en la mano. Se ocultó bajo la escalera. La dejó pasar y la siguió con mucho tiento al piso superior. Ella se sentó en la mesita camilla y abrió el tomo. La vio ojear una página y sin poder esperar más salió de su escondite y le preguntó qué hacía. ¡Ella tenía un cuchillo encima de la mesa! Lo empuñó con intención de usarlo, a la vez que hablaba en una jerga extraña, pero el marido, más fuerte, pudo detenerla a tiempo haciendo caer el arma al suelo. Avisó a los criados y éstos a la policía.

– ¿Y qué dijo la mujer? -preguntó Blázquez.

– No volvió a ser la misma y la ingresaron en un manicomio. Doña Milagros, que así se llamaba la desgraciada, se volvió loca.

– ¿No fue juzgada? -preguntó el subinspector Ros.

– No, no -negó don Horacio-; el marido no denunció el intento de homicidio y la familia prefirió correr un tupido velo. El libro resultó ser el mismo que en el caso anterior.

– ¿Y él?

– Se fue de Madrid con sus tres hijos y malvendió la casa a un intermediario.

– Vaya, vaya -dijo Víctor frotándose la barbilla-. Un muy, pero que muy extraordinario suceso. Nada trascendió a la prensa, claro está.

– En efecto -asintió don Horacio.

– ¿Y ha ocurrido algo similar con su hija, don Augusto? -inquirió don Alfredo con su característica vocecilla.

El aristócrata asintió:

– Me temo que sí. Parece una auténtica pesadilla. Yo no sabía nada sobre la leyenda negra de esa casa, háganse cargo. El caso es que fue hace dos noches exactamente.

– Cuatro de junio -puntualizó el subinspector Ros.

– Exacto, decía que hace dos noches, mi yerno, don Donato, sintió de madrugada, a eso de las seis, como si algo se moviera delante de él. Estaba profundamente dormido pero empezaba a clarear y por eso notó que una sombra se le acercaba, abrió los ojos y… y…

Don Augusto Alvear estalló en sollozos echándose las manos a la cara.

Don Horacio continuó en su lugar, algo azorado por la reacción del anfitrión:

– Me temo que doña Aurora intentó asesinar a su joven marido. Él fue rápido y desvió la mortal cuchillada, que lo hirió en el antebrazo, y luego, la segunda, le atravesó el hombro. Con la otra mano golpeó a la joven y pudo levantarse; los criados le salvaron la vida.

– ¿Y en la mesita de noche? -preguntó Víctor.

Don Augusto asintió aún con las manos en la cara y los codos apoyados en las rodillas,

– La Divina Comedia -respondió don Horacio.

– Con el mismo párrafo subrayado -dio por supuesto Blázquez.

– Sabemos que es el mismo libro que utilizó la filipina. La casa se vendía amueblada, incluidos los volúmenes de la nutrida biblioteca -añadió el comisario.

Víctor tragó saliva. Él y Blázquez se miraron.

– Feo asunto -dijo-. Pero no se preocupe, don Augusto, que lo solucionaremos. ¿Y su hija?

– Lleva dos días en cama.

– ¿Dónde?

– Allí, en esa maldita casa, pero no tema, la cuidan y la vigilan mi mujer y las criadas.

Entonces Víctor preguntó:

– ¿Y cómo está ella, recuerda algo?

– No, el médico le ha diagnosticado fiebre cerebral. Está totalmente sedada -informó el anfitrión.

– ¿Y su yerno? -inquirió el inspector Blázquez.

– Se repone en otro cuarto; se curará, es joven y fuerte, pero no en vano se llevó dos cuchilladas -contestó don Augusto.

– Caballeros -dijo don Horacio-, no tengo que recordarles que éste es un asunto muy delicado; ni una palabra a nadie. Cuidado con la prensa y no reparen en gastos.

– Tienen mi casa abierta. Empiecen por donde quieran, hablen con quien sea preciso, pero devuélvanme a mi hija, por favor -dijo aquel prohombre, que se incorporó y tiró de la campana-. El mayordomo les acompañará. Manténganme informado.

Parecía un hombre hundido. Salió de la biblioteca cabizbajo y arrastrando los pies.

Capítulo 7

Aquella misma tarde, Víctor conoció a alguien que ejercería una influencia decisiva en el resto de su azarosa y agitada vida. Después de salir de la casa de los Alvear, decidió caminar, dar un paseo hasta casa de doña Angustias, la viuda de don Armando Martínez, pues disfrutaba frecuentando el domicilio de la buena mujer y rememorando con ella otros tiempos más felices en los que ambos disfrutaban de la presencia de don Armando y doña Ignacia, la madre del joven subinspector. Tras despedirse de don Horacio y don Alfredo en la puerta de la casa de su amada, el subinspector Ros se encaminó hacia La Latina. Lamentó no haberse cruzado con Clara en el enorme recibidor de su casa al salir de la biblioteca, mientras el mayordomo les traía sus sombreros y bastones. Los tres policías habían permanecido allí durante unos minutos que a él le parecieron eternos. Le sudaban las manos y miraba fijamente hacia la regia escalera con la secreta ilusión de que Clara Alvear hiciera su aparición en aquel momento. No fue así.

Víctor callejeó dando un rodeo, haciendo tiempo para pasar por Sol a ver si tenía algún recado. Caminaba pensando en el escabroso caso que acababan de encargarle. Aquello pintaba mal para la joven hermana de Clara, Aurora. ¿Qué podía provocar que tres mujeres atentaran contra sus maridos tras leer unas misteriosas líneas de una obra de Dante? ¿Qué decía ese párrafo que hacía matar?

Parecía que el ejemplar en el que las tres damas habían leído aquellas terribles palabras era el mismo. ¿Podía un libro estar maldito? Y otra cosa: ¿no sería todo un ardid de alguna mente criminal? Pero ¿cómo iba alguien a conseguir que hechos tan execrables se repitieran una y otra vez en el tiempo tras cincuenta años? ¿No sería cosa de una especie de fuerza superior? Víctor se sentía culpable porque desde el primer momento había entrevisto en aquel caso una posibilidad más que factible de conocer a Clara y, sobre todo, de ganar el favor de su familia resolviendo el misterio. Se sentía como un miserable por aquello. No era profesional. Esa manera de pensar no encajaba en su código de conducta, era un policía racional, un enamorado del método científico y sabía de sobra que los sentimientos nublan la razón. Eso lo comprendía hasta el más lerdo. En lugar de preocuparse por la joven Aurora y por su afectado marido -el joven debía de estar pasando un auténtico calvario-, Víctor sólo vislumbraba la posibilidad de medrar para acercarse a su amada. «En el amor y en la guerra…», pensó.

Bajando por la calle de Toledo con sus inmensos toldos que colgando de viviendas y comercios caían verticalmente asemejándose a grandes sábanas de colores vivos, de rayas, reparó en que ardía en deseos de visitar la casa maldita, de ver a la febril Aurora y a su marido, don Donato. Se hizo a un lado para dejar paso a un tranvía de mulas con sus características cortinillas abiertas y su sempiterno tintineo, pensando que deseaba interrogar al servicio, a la mujer de don Augusto, anhelaba ver y analizar el libro maldito y, sobre todo, se moría de deseos de ver a su amada. Además, aquel era un caso extraño, apasionante, justo lo que su mente le pedía, lo que estaba esperando. Se sintió excitado, en forma. No podía dejar escapar aquella oportunidad.

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