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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

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Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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El gayrog guardó silencio. Valentine escuchó otras conversaciones, pero no oyó nada de interés. El tiempo siguió pasando lentamente. Dedicó su atención al Arco, y lo examinó hasta haber memorizado todos los rasgos, las talladas imágenes de los antiguos Poderes de Majipur, héroes del lóbrego pasado, generales de las primeras Guerras Metamorfas, coronas que precedieron incluso al legendario lord Stiamot, pontífices antiquísimos, damas que ofrecían benignas bendiciones. El Arco, según explicó Shanamir, era el objeto más antiguo que sobrevivía en Pidruid. Y también el más sagrado. Tenía nueve mil años de antigüedad, y estaba esculpido en bloques de mármol negro de Velathys que eran inmunes a los estragos del clima. Pasar bajo el Arco significaba asegurarse la protección de la Dama y un mes de provechosos sueños.

Los rumores del avance de la Corona a través de Pidruid animaron la mañana. La Corona, según se decía, había salido de la Plaza Dorada; había entrado por la Puerta de Falkynkip; se había detenido para donar dobles puñados de piezas de cinco coronas en los barrios de la ciudad habitados principalmente por vroons y yorts; había hecho un alto para consolar a un sollozante bebé; se había demorado unos instantes para rezar ante el sepulcro de su difunto hermano lord Voriax; había opinado que el calor era excesivo y había descansado varias horas al mediodía; había hecho esto, había hecho lo otro. La Corona, la Corona, ¡la Corona! Toda la atención del día se concentraba en la Corona. Valentine meditó en aquel tipo de vida, constantes recorridos de las ciudades, exhibirse en población tras población en un eterno desfile, sonrisas, saludos, echar monedas, tomar parte en un espectáculo llamativo e interminable, mostrar en un individuo la personificación del poder del gobierno, aceptar homenajes, la ruidosa excitación pública, y pese a todo arreglárselas para tomar las riendas del gobierno. ¿Había riendas que tomar? El sistema era tan antiguo que seguramente debía gobernarse por sí solo. Había un Pontífice, viejo y tradicionalmente retirado, oculto en un misterioso Laberinto en alguna parte de Alhanroel central, un hombre que emitía los decretos que gobernaban el mundo, y su heredero e hijo adoptado, la Corona, reinaba en calidad de segundo mandatario y primer ministro desde la cumbre del Monte del Castillo… excepto cuando estaba comprometido en viajes ceremoniales como el actual. ¿Qué falta hacía cualquiera de estos hombres si no era como símbolo de majestad? Majipur era un mundo pacífico, risueño y festivo, así pensaba Valentine, aunque sin duda poseía una cara oculta en alguna parte. Si no era así, ¿por qué un Rey de los Sueños había desafiado la autoridad de la bendita Dama? Estos gobernantes, esta pompa constitucional, este gasto, este tumulto… no, pensó Valentine, no tenía significado, era una reliquia de cierta época distante en que quizá todo eso fue necesario. ¿Qué cosas tenían significado en la actualidad? Vivir día a día, respirar aire puro, comer y beber, dormir profundamente. El resto era necedad.

—¡Llega la Corona! —gritó alguien.

Eso mismo se había escuchado diez veces en la última hora, y ningún monarca había aparecido. Pero en ese momento, poco después del mediodía, pareció que la Corona se acercaba realmente.

El sonido de los vítores precedía a la Corona; un rugido lejano, como el romper del mar, que se extendía igual que una onda de propagación a lo largo de la línea de marcha. Conforme aumentaba el griterío aparecieron en la carretera heraldos montados en vivaces cabalgaduras, yendo prácticamente al galope, dando ocasionales trompetazos con labios que debían estar doloridos y fatigados después de tanto tiempo. Y a continuación, sobre un vehículo flotador de animado avance, varios cientos de miembros de la guardia personal con el uniforme verde y oro del estallido estelar, un grupo meticulosamente seleccionado, hombres y mujeres, humanos y de otras razas, la crema y nata de Majipur, en posición de firme a bordo del vehículo, con aspecto que a Valentine le pareció muy digno y ligeramente absurdo.

Y la carroza de la Corona ya estaba a la vista.

También estaba montada sobre un flotador que se levantaba varios centímetros sobre el pavimento y avanzaba velozmente de un modo espectral. Profusamente adornada con destellantes tejidos y gruesos retales cosidos, de color blanco y probablemente procedentes de la piel de extrañas bestias, la carroza tenía la apropiada apariencia de majestad y suntuosidad. En ella iban varias autoridades de los ayuntamientos de Pidruid y la provincia, todas ataviadas con ropa de ceremonia, alcaldes, duques y demás. Y entre éstos, en una alzada plataforma de cierta madera lustrosa y escarlata con los brazos benevolentemente extendidos hacia los espectadores de ambos lados de la calle lord Valentine, la Corona, el segundo Poder más deslumbrante de Majipur y tal vez la más auténtica personificación de autoridad que podía hallarse en ese planeta, dado que su imperial padre adoptivo el Pontífice, se mantenía apartado y jamás sería visto por ordinarios mortales.

—¡Valentine! —El griterío aumentó—. ¡Valentine! ¡Lord Valentine!

Valentine examinó a su homónimo real con el mismo interés que había dedicado a las inscripciones del antiguo Arco de los Sueños. La Corona era un personaje importante, un hombre de altura más que superior a la media, de vigoroso aspecto con fuertes hombros y largos y robustos brazos. Su piel tenía una rica tonalidad olivácea, su cabello era negro y estaba cortado para llegar justo por debajo de las orejas, su oscura barba era un corto y rígido fleco en el mentón.

Mientras el tumulto de vítores descendía sobre él, lord Valentine se volvía graciosamente a uno y otro lado para responder a las masas, con el cuerpo inclinado ligeramente, ofreciendo al aire sus manos extendidas. La carroza flotante pasó con rapidez junto al lugar donde estaban Valentine y los malabaristas, y en ese intervalo de proximidad la Corona se volvió hacia el grupo, de tal modo que durante un electrizante momento los ojos de Valentine y lord Valentine estuvieron fijos los unos en los otros. Entre ambos pareció establecerse un contacto, una chispa saltó la distancia. La sonrisa de la Corona era brillante, sus relucientes ojos oscuros reflejaban un asombroso fulgor, la misma vestidura ceremonial parecía tener vida, poder y finalidad, y Valentine quedó paralizado, atrapado por la magia del poderío imperial. Comprendió fugazmente el respetuoso temor de Shanamir, la admiración de los espectadores al contar con la presencia de su príncipe entre ellos. Lord Valentine sólo era un hombre, cierto, necesitaba vaciar su vejiga y llenar sus tripas, dormía por la noche y se despertaba y bostezaba por la mañana como los ordinarios mortales, manchó los pañales cuando era niño y babearía y dormitaría cuando fuera viejo, y pese a ello, se movía en círculos sagrados, habitaba en el Monte del Castillo, era el hijo viviente de la Dama de la Isla del Sueño y había sido adoptado como hijo por el Pontífice Tyeveras, igual que su hermano el difunto Voriax, antes que él. La mayor parte de su vida había transcurrido cerca de las fuentes del poder, habían puesto a su cargo el gobierno del colosal planeta y las pululantes multitudes. Una existencia así cambia al individuo, lo diferencia, le confiere aura y extrañeza, pensó Valentine. Y mientras la carroza de la Corona flotaba a su lado, Valentine percibió esa aura y se sintió humillado.

La carroza pasó inmediatamente y ese instante acabó. Lord Valentine se retiraba en lontananza, todavía sonriente, todavía con los brazos extendidos, todavía inclinando la cabeza gentilmente, todavía dedicando fugaces y fulgurantes miradas a este o aquel ciudadano, pero Valentine ya no se sentía en presencia de la gracia y el poderío. No, se sentía vagamente mancillado y embaucado, y no sabía por qué.

—Vamos, rápido —gruñó Zalzan Kavol—. Debemos llegar al estadio.

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