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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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7

Finalmente Clay sale del estanque de Quoi. Ha pasado un rato pacífico e instructivo, y aparte de algunos impulsos de rebeldía que le han dominado en inesperados momentos, él se ha adaptado bien, tanto a su metamorfosis como al estático carácter de su sumergida existencia. Se ha gozado en sus frecuentes comuniones con Quoi y en lo que ha visto, a través de Quoi, de los otros miembros de esa especie dispersos por el mundo. Pero ahora sabe que es hora de irse. Sube a la superficie y se detiene ahí un instante, con la cabeza hacia abajo y la espalda doblada, haciendo acopio de fuerzas. Y con un rápido y convulso esfuerzo sale del agua.

Se queda jadeante en la orilla durante lo que parece largo tiempo, mientras el agua abandona su organismo. Por fin decide que está dispuesto a admitir aire en sus pulmones, pero el oxígeno le abrasa terriblemente al precipitarse hacia su garganta, y Clay lo expulsa. Más precavido, imagina su cabeza envuelta en vidrio y hace que las moléculas se separen con gran precisión, de forma que una pizca de aire se desliza por el hueco, luego otra, y otra más, hasta que el casco está lleno de agujeros y el flujo de aire es continuo. Clay respira con normalidad. Se levanta. Se ofrece a la luz del sol. Se adentra un metro en la charca y mira hacia abajo: quiere localizar a Quoi y despedirse. Pero sólo ve una masa vaga y oscura en las profundidades. Agita las manos.

Al alejarse del estanque, Clay ve a Hanmer sentado en una flor negra en forma de gigantesca taza.

—Liberado del cautiverio —dice Hanmer—. Respiras aire otra vez. Te echamos de menos.

—¿Cuánto tiempo he tardado?

—Mucho. Has disfrutado ahí abajo.

—Quoi fue muy amable. Excelente anfitrión —dice Clay.

—Si no te hubiéramos llamado, jamás habrías salido de ahí —dice Hanmer con una queja en su voz.

—Si no hubierais permitido que los hombres cabra me incordiaran, yo no habría caído en el estanque.

Hanmer sonríe.

—Cierto. ¡Bien contestado, a fe mía!

—¿De dónde has sacado ese verso?

—De ti, naturalmente —responde suavemente Hanmer.

—¿Entras y sales de mi mente cuando te apetece?

—Naturalmente. —Hanmer salta ágilmente de la taza floral—. En cierto sentido, Clay, eres un invento de mi imaginación. ¿Por qué no debo invadir tu cabeza? —Se acerca a Clay, pega su cara a la de éste e inquiere—: ¿Qué estuvo haciendo contigo ese viejo Quoi?

—Enseñándome cosas sobre el amor. Y aprendiendo de mí.

—¿Le enseñaste algo?

—El amor tal como era en mi época, sí. Tal como era para nosotros.

Centellean colores en el rostro de Hanmer. Cierra los ojos un momento.

—Sí —dice por fin—. Se lo has contado todo, ¿verdad? Y ahora lo sabrá el mundo entero, todos los Respiradores te conocerán a la perfección. No deberías haber hecho eso.

—¿Por qué?

—No puedes ir vomitando tus secretos por todas partes. Sé un poco discreto, hombre. Tienes obligaciones conmigo.

—¿Sí?

—Yo, como tu guía autoelegido —dice Hanmer—, tengo ciertas responsabilidades respecto a cualquier revelación que te interese hacer. Recuérdalo. Ahora acompáñame.

Hanmer se aleja, mostrando su enfado en su tajante paso. Clay, irritado por los autoritarios modales de su compañero, siente la tentación de no seguirlo. Pero numerosas preguntas sin respuesta obstruyen su garganta; corre tras Hanmer y lo alcanza en unos instantes. Caminan en silencio uno al lado del otro. Por delante se extiende una doble pared de riscos rojos, y en medio hay una estrecha llanura. La vegetación dominante en ésta es una sinuosa planta similar a un cordón que se alza del suelo en una serie de deshojadas frondas individuales de poco más de un metro de altura; las frondas son blandas, fluctúan bajo la brisa, y son tan transparentes que Clay tiene dificultades para verlas como no sea desde determinados ángulos. Se asemejan a hileras de claras algas marinas agitadas por las mareas. Cuando Clay se acerca, las plantas se llenan de color momentáneamente, se inundan de un profundo baño de color rojo púrpura que, con idéntica rapidez, mengua hasta la transparencia. Ya está caminando en el bosquecillo, abriéndose paso entre las tímidas plantas, cuando Clay ve que Ninameen, Serifice, Bril, Angelon y Ti están acampados entre las frondas.

—¿Siempre estáis así? —pregunta Clay a Hanmer—. ¿Tomando el sol, errando de valle en valle, bailando, cambiando de sexo, celebrando rituales, tomando el pelo a los extraños? ¿No estudiáis nada? ¿No representáis obras de teatro? ¿No cuidáis jardines? ¿No componéis música formal? ¿No examináis las grandes ideas?

Hanmer se echa a reír.

—Sois la cumbre de la evolución humana —dice enérgicamente Clay—. ¿Qué hacéis? ¿Cómo llenáis vuestros miles y millones de años? ¿Basta con bailar? Quoi os llamó Deslizadores. Creo que pensaba que erais someros. ¿Os juzga mal? ¿Qué rasgo os sitúa por encima de plantas y animales? ¿Es tan simple la estructura de vuestra vida como me habéis hecho creer?

Hanmer se vuelve. Pone las manos en los hombros de Clay. Sus ojos carmesíes reflejan tristeza.

—Todos te amamos —dice—. ¿Por qué estás tan agitado? Considéranos tal como somos.

Ninameen, Ti y el resto de Deslizadores se abalanzan sobre Clay, parloteando como niños contentos. Todos excepto Angelon han adoptado la forma masculina. Clay no tiene dificultades, esta vez, para reconocerlos.

—¿Por qué has estado tanto tiempo con el Respirador? —inquiere Serifice.

—¿Estabas enfadado con nosotros? —pregunta Bril.

—Está preocupado porque nosotros vivimos eternamente —dice Hanmer.

Serifice se extraña. Sus ventanas nasales aletean, su boca se abre y se cierra. Toca el codo de Clay y le dice:

—Explica la muerte.

—¿Por qué debo explicar algo? ¿Qué me explicáis vosotros?

—¡Hostilidad! —grita Ti—. ¡Beligerancia! —Parece encantado.

—No, no —dice suavemente Serifice—. Quiero aprender. ¿Te ayudará esto? —Y Serifice adopta la forma femenina. Roza a Clay con sus menudos senos—. Háblame de la muerte-murmura, acariciándole el pecho.

Clay piensa en la chica rubia que gime y jadea mientras él la seduce para ir a la cama de la habitación del motel, y no le excita en absoluto la grotesca y extraña criatura de piel verde y oro que se retuerce junto a él. Bulbosos ojos rojos. Articulaciones universales. Cara de pez. Remotísimo hijo del hombre.

—Muerte —ronronea Serifice—. Ayúdame a entender la muerte.

—Has visto la muerte aquí —dice Clay, eludiendo las caricias de Serifice—. El esferoide… de pronto se arrugó en su jaula. Eso es muerte. El fin de la vida. ¿Qué más puedo decir?

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