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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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Me recibe en el aeropuerto un hombre de mediana edad, simpático, vestido de una manera informal, con aspecto de intelectual de izquierda, y que se desplaza en un Mercedes Benz de color amarillo, como cualquier ricachón chileno que viaja a su casa de Zapallar o a su fundo de Rancagua. Me imagino el diálogo con el ricachón chileno: hablaríamos de la rentabilidad de los depósitos en dólares, y del mal estado de los caminos, y de cómo los desórdenes callejeros molestan a la gente y favorecen la estabilidad del régimen.

Mi anfitrión del Mercedes Benz amarillo tiene preocupaciones y hasta obsesiones muy diferentes. Me recomienda que no compre leche fresca, ni carne, ni nada que sea de color verde. Las autoridades, en general, explica, han tratado de minimizar los efectos del accidente de Chernobyl, porque todos están interesados en el desarrollo de la industria nuclear. No se le puede creer a nadie. En Francia, incluso, debido a la importancia de los programas nucleares, se ocultaron informaciones en el primer momento, igual que en la Unión Soviética. Y ocurre que en Alemania Oriental, a sólo 40 kilómetros de distancia de Berlín, existe una planta idéntica a la de Chernobyl, instalada en la misma época, con la misma técnica.

"Sólo nos queda esperar -digo- que los ingenieros y los obreros alemanes sean más eficientes, menos descuidados, que sus colegas rusos."

Mi anfitrión se encoge de hombros y mira el cielo. Como acaba de llover, piensa que las partículas radiactivas han bajado y han recubierto la ciudad con una capa venenosa e invisible. Me deja en mi departamento de la Mommsenstrasse y parte a toda velocidad, como si huyera de las nubes polucionadas.

Salgo a dar un paseo, a hacer un reconocimiento del lugar, y encuentro en la calle una manifestación ecologista. La preceden tres carros de la policía, que se anuncian con sus luces azules intermitentes. Detrás de ellos, unos 800 o mil jóvenes cantan sus slogans rítmicos, tranquilos, en perfecto orden. Cierran el cortejo 20 ó 30 policías armados de palos, provistos de cascos, y que caminan al mismo paso, con expresiones de aburrimiento. Desde las terrazas, los berlineses beben su leche, comen su carne con lechugas, y contemplan el desfile con perfecta indiferencia. Sin embargo, la juventud de los manifestantes, sus barbas, sus melenas, no demuestran que estén necesariamente equivocados.

Vientos contrarios

Aquí se siente la presencia, la cercanía pesada, el viento frío que viene del Este. No hay vuelta que darle. La frontera del mundo contemporáneo es un muro pintado, por un lado, de todos colores, lleno de turistas japoneses con máquinas fotográficas, y por el otro, incoloro, aséptico, vigilado por parejas de soldados de uniformes grises. Aquí, cuando hay un accidente nuclear en Ucrania, la lluvia radiactiva cae sobre nuestras cabezas y se adhiere a las suelas de nuestros zapatos. No es broma. Los amigos nos aconsejan que nos saquemos los zapatos al entrar a la casa, para no repartir radiactividad por las alfombras. Unos creen que hay exageración, histerismo, y otros sostienen que ninguna precaución es suficiente. ¿Con que nos quedamos, entonces?

El Este está cerca, a la vuelta de la esquina, en la próxima estación del Metro. Vamos por una espaciosa avenida y esa avenida, descubrimos de repente, desemboca en la puerta de Brandenburgo. Para continuar nuestro inocente viaje en forma normal tendríamos que pasar de un sistema al otro, del capitalismo al socialismo. ¡Nada menos! Lo irónico del asunto es que la ancha avenida fue diseñada en el siglo XIX para que desfilaran los ejércitos prusianos. Por eso nos encontramos con las estatuas monumentales de Bismarck y de Moltke. Y vemos más allá un túmulo con inscripciones en caracteres rusos y unos soldados que hacen un cambio de guardia a paso lento, lentísimo. Son los mejores alumnos de la Academia de Guerra de Moscú, explica alguien. Montar guardia en ese monumento a los caídos del Ejército Rojo es un honor codiciado por ellos.

El Este está cerca y el Tercer Mundo, en cambio, es remoto, folclórico, de cartón piedra. Unos amigos alemanes me invitan a ir con ellos a una fiesta chilena. Es un acto evidente de buena voluntad, de acercamiento. Si soy chileno, se supone que me gustará asistir a una fiesta chilena. La orquesta es heterogénea, pero está dominada por la voz, por la personalidad, por el ritmo de un viejo cubano de Guanabacoa, el distrito negro del puerto de La Habana. Guanabacoa… coa… coa… canta, con voz algo cascada, pero con sentido de los ritmos del trópico, el viejo músico. "Música chilena", dicen mis amigos alemanes, buscando mi aprobación con la mirada. Yo sonrío. Explicar las diferencias, los matices del remoto mundo latinoamericano, esa parte del llamado Tercer Mundo, en medio del bullicio infernal, de las parejas que bailan la salsa y la cumbia, no es tarea fácil. Les cuento que en Chile se escucha más "heavy rock" que otra cosa y parecen perplejos, desconcertados. ¿No seré yo un infiltrado, un falso chileno? Porque tengo, al fin y al cabo, unos rasgos demasiado poco indios, que no cuadran con la imagen de marca del latinoamericano, el "latino". El buen "latino" es un "latin lover", y es un hombre con un poncho, una guitarra, unos pómulos salientes, una tez olivácea.

En algunos casos, el compromiso con el Tercer Mundo va más allá de una fiesta con empanadas, con cerveza berlinesa y con cumbias. Gunther Grass abandona la presidencia de la Academia de las Artes y parte a vivir una temporada en Calcuta. A mirar el Tercer Mundo con los propios ojos y hacer la experiencia con la propia piel. Es, después de todo, una decisión seria, que tenemos que respetar: la decisión de conocer por uno mismo, sin que a uno le cuenten cuentos, el hambre, los muertos en las calles de Calcuta.

El culto de los muertos

Nadie ha observado que existe una curiosa relación entre la cultura de los antiguos egipcios y la de los norteamericanos modernos. No me refiero a Hollywood y a sus versiones en tecnicolor de episodios de la vida de Cleopatra o de los Faraones. La relación, paradójica, porque se presenta en antípodas en el tiempo y en el espacio, radica, a mi juicio, en las formas que adopta el culto de los muertos. Desde luego, este culto es propio de todas las sociedades humanas. Lo encontramos entre los asirios, entre los romanos, y en las épocas precolombinas de nuestro continente. En Egipto, sin embargo, adquirió una categoría especial, pasó a ocupar un lugar central en la vida cotidiana, y sospecho que en los Estados Unidos, hasta cierto punto, ha ocurrido lo mismo.

Leo, por ejemplo, una novela de un escritor nuevo, interesante, William Kennedy, y compruebo que es un relato de sepultureros que viven en un barrio de los suburbios de Nueva York. Hay largas reflexiones sobre funerales, sobre las jerarquías de las tumbas, y los muertos, debajo de sus mausoleos de primera o de segunda clase, conversan con nostalgia y con sentido del humor, igualados por la muerte, la gran igualadora, la democratizadora final.

No me parece extraño ni accidental el éxito de un escritor que toca estos temas, en un país donde proliferan las casas funerarias, donde se practica la costumbre de maquillar a los muertos y donde la literatura, desde Edgard Allan Poe hasta William Faulkner y William Kennedy, desde relatos como El corazón revelador hasta Una rosa para Emilia, ha dado tantas escenas de necrofilia y tantas paginas macabras, nupcialmente macabras, a veces, y con fondo de color rosa pálido, como ocurre en el desenlace de la vida secreta de la señorita Emilia Grierson.

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