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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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Un retrato literario

Vi la fotografía de un lobo marino moribundo, amarrado, arrastrado a palos por las calles de un pueblo del archipiélago de Chiloé, y esas imágenes interfirieron en mi proyecto de crónica para esta semana. El texto hablaba de crueldad colectiva, pero lo que se veía en la fotografía era un hombre armado de un garrote, en plena expansión sádica, rodeado de un grupo de mirones atentos, pensativos, quizás asustados. Un niño asoma detrás de un joven como si quisiera mirar y a la vez esconderse. El joven tiene las manos en los bolsillos y está clavado como una estatua en el suelo: toda su actitud, su lenguaje corporal, manifiesta la decisión de no participar en la tortura del lobo. Sólo se sacaría las manos de los bolsillos para lavárselas. Es un Poncio Pilato de los archipiélagos.

Los bramidos del lobo agónico resuenan en mis oídos y se mezclan con otro suceso terrible: la muerte de cuatro colegas literarios, algunos de ellos viejos amigos, ocurrida en el desastre del Avianca que volaba de París a Madrid la semana pasada.

La muerte hace recordar y obliga a reconsiderar. Pienso que Ángel Rama, una de las cuatro victimas, estuvo unido en la critica, en su calidad de ensayista brillante, a los comienzos mismos, escasamente conocidos, de la renovación narrativa latinoamericana, eso que, después, en la jerga publicitaria, se conocería como el "boom". Este fue precedido por la aparición de críticos modernos, extremadamente creativos, liberados de la aridez positivista y de las vaguedades del impresionismo, y a esa especie pertenecía Ángel Rama en grado eminente. Uno podría añadir que los escritores, los novelistas nuevos, trabajaron con una conciencia crítica mucho más desarrollada que la de sus antecesores. Casi todos, en forma paralela a su trabajo de ficción, han escrito textos de reflexión sobre la obra literaria. Podría enfocarse la historia del "boom" como una historia de las relaciones entre creación y crítica. En Borges, por ejemplo, es imposible señalar los límites de una y de otra.

Conocí a Ángel Rama en casa de Ricardo Latcham, en Montevideo, en 1960. Aunque parezca extraño, yo era joven delegado de Chile ante una reunión de la ALALC y conseguí escaparme, con cierto escándalo de mis compañeros de delegación, a una tertulia organizada por el entonces embajador Latcham. Los escritores uruguayos de esos días, reunidos en la revista "Marcha", iban a ser importantes, cada uno a su manera y desde posiciones diferentes, en la explosión literaria de la década que se iniciaba. Sus nombres, que entonces formaban parte de una clave confidencial, ahora son archiconocidos: Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Carlos Martínez Moreno, Emir Rodríguez Monegal. Y, desde luego, Ángel Rama.

Rama escribía sobre nuestros grandes renovadores literarios, maestros de

los futuros escritores del "boom". Hablaba de Darío, de Horacio Quiroga, de

Felisberto Hernández. Era el representante de algo que podríamos llamar

nacionalismo continental. Esa, por lo demás, era la ideología común de los

nuevos narradores de la década del sesenta. La adhesión a la Revolución

Cubana en sus comienzos se produjo alrededor de esos principios. Fue una

adhesión de caracteres nacionalistas, tercermundistas. Después, con el ingreso

de Cuba en la órbita soviética, era inevitable que sobreviniera una escisión

profunda en los medios intelectuales.

Ángel Rama me escribió una carta larga y lúcida, equilibrada y solidaria, después de leer mi testimonio cubano en 1974. Hace tres años lo encontré en la Universidad de Princeton, dedicado a la enseñanza y la investigación. Más tarde supe que la burocracia norteamericana le había revocado la visa. La burocracia es la enemiga eterna de los escritores, de los creadores, de los hombres de pensamiento. Aquí y en la quebrada del ají.

La otra vanguardia

La vanguardia literaria nuestra fue afrancesada, heredera lejana de Darío y sus jardines versallescos y, como tal, se sometió a las normas e, incluso, a las manías de sus maestros franceses: suprimió la puntuación y la rima, buscó la alquimia del verbo, se fascinó frente a la revolución surrealista y también, en muchos casos, frente a la Revolución de Octubre.

Había, sin embargo, otras manifestaciones de la modernidad, de la renovación estética. Habrían debido encontrarse, en teoría, más cerca de nosotros, pero estaban, de hecho, muy lejos, en un mundo que desconocíamos. Nos deslumbraron los "ismos" franceses e ignoramos, por ejemplo, toda la investigación y la reflexión que descubría, a comienzos de siglo, la estructura extraordinariamente avanzada, moderna, del Quijote. Ortega, Unamuno, Azorín, Américo Castro desterraban la crítica farragosa, acumuladora de datos, esterilizadora, y mostraban a Cervantes como hombre del Renacimiento y a su Quijote como metáfora de la vida española y obra de una suprema ironía.

Esos duques que encuentran al Caballero de la Triste Figura y a su escudero en un bosque, en la segunda parte de la novela, y que los reconocen porque han leído la primera, representan uno de los primeros juegos de espejos, uno de los primeros sistemas de cajas chinas en la historia de la literatura. Los duques, utilizando la lectura que han hecho de la primera parte, organizan un conjunto asombroso de representaciones teatrales y de burlas.

Burlas y veras, Don Quijote, perseguido por la bella Altisidora, lucha en la oscuridad contra un gato, mientras Sancho se ve transformado en gobernador de la ínsula Barataria. El caso sirve de pretexto para un arte de gobernar en broma que vale por muchos tratados.

Ahora se descubre otra gran renovación estética que nosotros también ignorábamos: la de Fernando Pessoa en la lengua portuguesa. Ignorancia hasta cierto punto justificada, puesto que los mismos portugueses han tardado mucho en conocer bien a su gran poeta moderno. Pessoa fue profundamente anglófilo y profundamente lusitano. Tuvo muy poco que ver, pues, con esos movimientos de Paris que deslumbraron a escritores y artistas latinoamericanos y españoles. Su impulso renovador fue menos formalista y más intelectual, más filosófico. En Barcelona se acaba de publicar la traducción al castellano del inconcluso Libro del desasosiego editado en Portugal sólo hace muy poco.

En el prólogo del Libro del desasosiego Pessoa cuenta que cenaba todos los días, a la misma hora, en un pequeño restaurante situado en un entresuelo, encima de una taberna. También cenaba ahí todos los días un hombre de unos 30 años, pálido, desprovisto, en apariencia, de cualquier interés, que comía poco "y terminaba fumando tabaco de hebra". Un día hay un incidente en la calle, los dos se asoman por la ventana y cambian algunas palabras. Mucho después, el hombre le confiesa que es lector de "Orpheu", la revista de vanguardia que editaba el poeta en Lisboa. El poeta se asombra. "Orpheu" es lectura difícil. Pues bien, ocurre que el hombre pálido de 30 años, empleado de una oficina comercial, escribe en las noches.

Suponemos que su nombre es Bernardo Soares, el nombre del autor de los apuntes que forman el Libro del desasosiego. Bernardo Soares, lector de Pessoa e invención suya, como los duques de la segunda parte del Quijote, lectores de Cervantes, nos introduce, desde 1912, por una puerta que no habíamos visto, en la modernidad. En otra revolución estética.

Supersticiones

He llegado a la conclusión, después de vivir en España y en otros países, de que el nacionalismo es la superstición más arraigada que existe. Se debilitaron todas las otras, la humanidad ingresó en la era de la razón y de la conciencia crítica, pero el nacionalismo se mantuvo incólume.

El fanatismo deportivo constituye, en estos días, una buena demostración de lo que digo. Si no intervinieran el ingrediente nacional y los factores locales, la idea de la patria grande y de la patria chica, las multitudes no llenarían los estadios.

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