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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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Ahora me impongo por la prensa, sin excesiva sorpresa, de que el Ministerio de Transporte acaba de aprobar en principio un proyecto privado para poner en órbita restos humanos. La empresa fúnebre Celestis, de Melbourne, en el Estado de Florida, ofrece a sus clientes la posibilidad de colocar a sus deudos en un mausoleo espacial. Se calcula que podrían permanecer en órbita alrededor de 63 millones de años, tiempo que difícilmente podría ser garantizado por ningún cementerio terrestre. Una substancia capaz de reflejar la luz cubriría el mausoleo, que así podría ser detectado y seguido desde la tierra por los familiares. Se estima que el costo de la operación no pasaría de los 3.900 dólares por persona, cantidad equivalente, hoy día, por lo menos en los Estados Unidos, a la de un funeral convencional. Una de las empresas interesadas está dirigida por un ex astronauta del planeta Mercurio, Donald Slayton, quien declara que el proyecto podría ser una realidad tanto funeral como comercial hacia comienzos de 1987.

Los futuros difuntos que consigan sobrevivir hasta esa fecha tendrán la opción de ser catapultados hasta las esferas celestiales. Esas cápsulas del espacio serán las pirámides de fines del siglo XX, construidas a la escala de una clase media enriquecida. Sus parientes, para el Día de Todos los Santos, se acercarán a un catalejo y les dirigirán señales de reconocimiento y de recuerdo, observando la órbita suavemente circular trazada por la urna brillante, silenciosa y remota.

Historia de una muñeca

Un domingo en la tarde, en uno de los años ya remotos en que era diplomático chileno, hacia fines de la década de los sesenta, me paseaba por un parque de Estocolmo en compañía de Jorge Sanhueza. Jorge Sanhueza, el insigne "Keke", nunca había salido fuera de un perímetro formado por la ciudad de Rancagua, Cartagena, Valparaiso y el barrio periférico de El Arrayán o La Reina. Algunos sostienen que hizo una breve excursión por tren hasta la región de Monteáguila, en las cercanías de Concepción, pero los testimonios sobre esta materia son contradictorios. El hecho es que el entonces Canciller Gabriel Valdés, sin decir "agua va", lo había llamado y le había pedido que volara a Estocolmo a organizar una exposición bibliográfica de Pablo Neruda. El gobierno demócratacristiano de la época, democrático y algo ingenuo, pensaba que la exposición de los libros, de las traducciones, de los papeles nerudianos, impresionaría a la Academia sueca y ayudaría a que le dieran el Premio Nobel. Jorge Sanhueza había pasado a formar parte de esa conspiración y yo, hasta cierto punto, también. Sanhueza, el "Keke", más enfermo de lo que él mismo y nosotros nos imaginábamos, moriría un tiempo después de su regreso a Chile, "de distraído", como escribió Neruda en unos versos de homenaje.

Pues bien, nos paseábamos, el "Keke" y yo, cerca de uno de los canales del archipiélago, por un parque muy hermoso, bajo un sol pálido, propio del verano boreal de los suecos, cuando llegamos a un prado bastante extenso y encontramos un espectáculo insólito: en el centro del prado había una muñeca gigantesca, tendida de espaldas, pintada con gruesas franjas ondulantes y de todos colores. Una multitud abigarrada, dominguera, entraba y salía del interior de la muñeca. La puerta de entrada había sido perforada en el lugar más íntimo de la anatomía femenina, entre las gruesas piernas, y debido a las dimensiones generales, había que subir hasta esa puerta por una escalera de acceso. Las familias suecas, acompañadas de sus niños rubios, lo hacían con la más perfecta seriedad, leyendo el folleto explicativo. Nosotros, sudamericanos maliciosos, educados en colegios de curas del barrio bajo de Santiago de Chile, subimos y entramos, sin duda, haciendo chistes malos y riéndonos en forma solapada, como si continuáramos en el patio de aquellos colegios.

La muñeca gigantesca había sido instalada en ese prado con el patrocinio del Museo de Arte Contemporáneo de Estocolmo. Su autora, que partía de las experiencias del "pop-art" y que satirizaba, "contestaba", de acuerdo con un término de esos años, los conceptos del "eterno femenino", de la "mujer objeto" o la "mujer muñeca", era Niki de Saint Phalle, que ya se había dado a conocer en Nueva York y en Paris con sus muñecas de tamaños más "normales", sus Nanas, como las había bautizado.

Pues bien, pasaron los años, murió, quizás de distraído, en efecto, Jorge Sanhueza, y una tarde, en la embajada chilena de Paris, en los días en que Neruda era embajador de la Unidad Popular, me presentaron a la escultora de las muñecas de todos colores. No supe cómo había llegado hasta ahí y me pareció bastante sorprendente encontrarla en ese sitio, a pesar de que la embajada chilena, con Neruda y con el Chile de Allende, era un lugar de reunión de intelectuales y de artistas de todas partes. Nos pusimos a conversar y de repente salió a relucir el tema de las hermanas Bombal. "¿Usted conoce a Maria Luisa, la escritora?", pregunté.

Sólo ahí pude hacer la relación entre el marido de Maria Luisa, el señor Saint Phalle, banquero en los Estados Unidos, y la escultora de las muñecas. Niki era sobrina de Saint Phalle y sobrina política, por consiguiente, de la novelista chilena. Había pasado parte de su adolescencia y de su juventud en Nueva York, muy cerca de Maria Luisa, y me confesó que ella había influido mucho en el despertar de su vocación artística. Me habló de largas conversaciones en que Maria Luisa evocaba los paisajes, los personajes, los episodios del Chile de los años veinte y treinta.

La ensoñación brumosa, poética, y dotada, a la vez, de una fuerte agresividad subterránea, de la autora de La amortajada y de La última niebla, había contribuido, en alguna medida misteriosa, a la cristalización de esa muñeca gigantesca que habíamos encontrado tendida en un prado, en medio del archipiélago de Estocolmo. Había, pues, en el cóctel de esa tarde en la embajada chilena, muchos círculos que se cerraban. Maria Luisa Bombal había asistido al encuentro en Buenos Aires de Pablo Neruda y de Federico García Lorca. Había empezado a escribir La amortajada en la mesa de la cocina del departamento bonaerense de Neruda. Según ella, Neruda había imitado su ejemplo y había descubierto que esa mesa era el mejor lugar para escribir de toda la casa. Después de algunas discusiones, habían optado por compartirla. A un lado se escribiría la segunda parte de Residencia en la tierra; al otro, La amortajada, la primera novela en nuestro idioma en que se adoptaría el punto de vista de un personaje muerto, desde la muerte, precursora de Pedro Páramo y de La Hojarasca.

Maria Luisa Bombal y Pablo Neruda se distanciaron al cabo de algunos años, por razones que eran, en el fondo, políticas. La Bombal, después de un episodio sentimental y policial trágico, bien narrado en su reciente biografía por Agatha Gligo (Editorial Andrés Bello, Santiago), emigró a Nueva York y dejó de escribir; Niki de Saint Phalle tomó el relevo, según descubrí esa tarde en Paris, en uno de esos mil y tantos días que duró la Unidad Popular, en un cóctel en que el anfitrión era Pablo Neruda. ¿Qué habrá sido de esa mesa, de esa cocina, de esa muñeca gigante, de esos papeles únicos en nuestra literatura?

El uso del Diccionario

Después de pasar un semestre universitario en los Estados Unidos, he regresado a mi angosta faja de tierra y me he vuelto a instalar en mi hongo de smog, frente a los árboles agobiados del cerro de Santa Lucia, en el casco antiguo de la ciudad de Santiago. Aquí trato de readaptarme al ritmo de la vida chilena. El asunto no es nada de fácil. Tengo la impresión de que el smog penetra en los espíritus y provoca un estado colectivo de somnolencia, un decaimiento general.

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