Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
A continuación, sucedió algo que Gao Yang nunca podrá olvi dar. El camino era estrecho y el conductor probablemente había be bido demasiado. El destino habría sido un poco más favorable con el joven con cara de caballo si no hubiera tenido una cabeza tan larga, pero una pieza triangular de metal que sobresalía de aquel vehículo tan cargado le golpeó la frente y le abrió un terrible tajo, que por un instante fue blanco antes de que empezara a emanar un chorro de sangre espesa. De su boca salió un quejido mientras el cuerpo se lanzaba todavía más hacia delante. Sin embargo, a pesar de su extraordinaria longitud, su cabeza se detuvo cerca del suelo, ya que los brazos aún estaban atados alrededor del árbol. La sangre salpicaba la carretera curtida por el sol que se extendía ante su cuerpo.
Los policías se quedaron congelados en su camino.
El viejo Zheng rompió el silencio maldiciendo al conductor de rostro enrojecido con terrible furia.
– ¡Maldito bastardo hijo de puta!
El policía tartamudo rápidamente se quitó su casaca y envolvió con ella la cabeza del joven.
CAPÍTULO 4
El ajo en la tierra negra, el jengibre en el suelo arenoso, las ramas de sauce para las cestas, las cañas de cera para los cestos, el ajo verde y el ajo blanco para freír pescado y carne, el ajo negro y el ajo podrido para crear una montaña de abono…
Extracto de una balada cantada por Zhang Kou a los funcionarios públicos municipales durante la sobreabundancia de ajo.
Cuarto Tío golpeó a Jinju en la cabeza con la cazoleta de su pipa, que estaba hecha de bronce rojo, haciendo que cayera de bruces al suelo, enfadada y humillada.
– ¡Eres un bruto! -gritó-. ¡Me has golpeado!
– ¡Te lo has buscado! -replicó una enrabietada Cuarta Tía-. ¡Tienes suerte de que no matamos a las personas inmorales como tú!
– ¿Que yo soy inmoral? ¿Y qué me dices de vosotros? -gritó Jinju-. Sois una pandilla de matones…
– ¡Jinju! -la cortó bruscamente Hermano Mayor Fang Yi- jun-. ¡No te permito que hables a tu madre de ese modo!
Después de golpear a Gao Ma en el suelo, los hermanos Fang se quedaron vigilándole bajo la temblorosa luz de la lámpara, que lucía amenazadora. Jinju se incorporó para limpiar su frente abrasada y cuando retiró la mano vio la sangre que había en ella.
– ¡Mirad lo que habéis hecho! -gritó.
La silueta de Hermano Mayor Fang Yijun cambió irregularmente bajo la luz de la lámpara.
– La primera regla para un hijo o una hija -dijo-, es escuchar a sus padres.
Jinju replicó desafiante.
– ¡No pienso escucharles y no voy a formar parte de ese falso pacto de matrimonio!
– Su problema es que no la hemos golpeado lo suficiente -comentó Segundo Hermano Fang Yixiang-. Está demasiado mimada.
Jinju agarró una pipa y la arrojó contra su hermano.
– ¡En ese caso, golpéame, maldito matón, ven a golpearme!
– ¿Es que has perdido el juicio? -preguntó Cuarto Tío, sacudiendo la cabeza. Bajo la luz de la lámpara de queroseno, su rostro parecía estar hecho de bronce.
– ¿Y qué si lo he perdido? -replicó dando una patada a la mesa.
Cuarto Tío se levantó como un viejo león, furioso. Volvió a coger su pipa y la lanzó salvajemente contra la cabeza de Jinju, que se protegió con sus brazos, esquivando el cuenco y gritando de terror.
Mientras la atención de los hermanos Fang se había desviado, Gao Ma se puso de pie.
– Es a mí a quien queréis -dijo.
Un escalofrío recorrió el corazón de Jinju mientras observaba cómo Gao Ma se tambaleaba penosamente.
Los hermanos se giraron. Mientras el mayor trataba con denuedo de mantener el equilibrio, el más joven permanecía erguido y firme, mientras Gao Ma echaba a correr, directo a una cerca, que protestó ruidosamente antes de venirse abajo, llevándose consigo a Gao Ma. La valla tenía como misión proteger el jardín de verduras de la familia y, más tarde, cada vez que Gao Ala recordase ese episodio, se acordaría del olor a pepinos frescos que salía de ella.
– ¡Sacadlo de nuestra propiedad! -ordenó Cuarto Tío.
Dirigiéndose hacia la valla caída, los hermanos agarraron a Gao Ma por los pies y le arrastraron hacia el otro lado de la puerta. Era un hombre tan grande que el hijo mayor casi se dobla del esfuerzo.
Jinju rodó por el suelo, llorando lastimosamente.
– Desde que eras un bebé -se quejó su madre- lo único que has aprendido a hacer es comer y vestirte. Te hemos mimado demasiado. ¿Qué quieres ahora de nosotros?
Jinju escuchó un ruido seco seguido del golpe de la puerta de lantera, y supo que sus hermanos habían echado a Gao Ma. Ambos proyectaban una sombra terrible y distorsionada -una larga y una corta- que la llenaba de desagrado. Su corazón se encogió, se sentó sobre la valla caída, donde lloró y lloró, hasta que su angustia y su humillación quedaron sumergidas en una sensación de remordimiento que empezó como un pequeño goteo pero que acabó por convertirse en una inmensa marea. A continuación, como ya no tenía más lágrimas que derramar, se levantó furiosa buscando algo que destruir. Desafortunadamente, se sentía demasiado mareada como para mantenerse de pie y volvió a desplomarse sobre la valla. Sus manos se perdieron en la oscuridad que se extendía ante ella y aterrizaron en una enredadera espinosa cubierta de pepinos tiernos. En su frenesí, los arrancó lo más rápidamente que pudo, luego desgarró la enredadera, arrancándola del suelo, y la arrojó hacia su padre, que se encontraba sentado junto a la mesa chupando su pipa. La enredadera se retorció en el anillo que formaba la luz de la lámpara, como una serpiente moribunda. Pero en lugar de golpear al padre, aterrizó sobre la desordenada mesa. El hombre dio un brinco, y su madre hizo lo mismo.
– ¡Pequeña bastarda rebelde! -gritó el padre.
– Vas a matarnos a todos. ¿Es eso lo que quieres? -se quejó la madre entre lágrimas.
– Jinju, ¿cómo has podido hacer una cosa así? -preguntó severamente Hermano Mayor.
– ¡Golpeadla! -lanzó Segundo Hermano.
– ¡Adelante, golpeadme! -gritó mientras se ponía torpemente de pie y cargaba contra Segundo Hermano, que se apartó a un lado y la agarró por el pelo mientras pasaba. Apretando los dientes, la agitó varias veces antes de lanzarla contra el jardín, donde rompió, arrancó o aplastó todo lo que había a su alcance, gritando a pleno pulmón. Cuando acabó con los pepinos, dirigió toda su ira hacia su propia ropa.
– ¿Por qué has hecho eso? -se quejó Hermano Mayor a Segundo Hermano-. Mientras nuestros padres vivan, sólo ellos tienen derecho a enseñarle disciplina. Nosotros sólo podemos razonar con ella.
Segundo Hermano resopló con desprecio:
– He hecho todo lo que he podido por ti -dijo-. Has conseguido una esposa y ahora te crees que eres mejor que los demás.
En lugar de replicarle, el tullido Hermano Mayor cojeó por la valla caída, se agachó y trató de ayudar a levantarse a su hermana. Pero sus manos frías solamente aumentaron su enfado y Jinju se liberó de ellas.
– Hermana -imploró después de enderezarse-. Por favor, hazme caso. Levántate y deja de llorar. Nuestros padres se están haciendo viejos. Nos han cambiado los pañales y limpiado cuando mojábamos la cama, criándonos hasta que nos hemos convertido en adultos. Lo último que ahora necesitan es más quebraderos de cabeza.
Jinju todavía estaba llorando, pero su ira comenzó a remitir.
– Todo es culpa mía. Como no puedo conseguir una esposa por mí mismo, tengo que utilizar a mi hermana pequeña como moneda de cambio…
Mientras hablaba, balanceaba su pierna coja hacia delante y hacia atrás, provocando que las zarzas que había bajo su pie se partieran y se quebraran.
– Soy un inútil…
De repente, se agachó y empezó a golpearse la cabeza con los puños. Enseguida comenzó a llorar como un niño pequeño. Su dolor y desesperación ablandaron el corazón de Jinju y convirtieron sus gemidos en sollozos.