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Un regalo en mi puerta

Электронная книга - «Un regalo en mi puerta». Краткое содержание книги:

Un canasto con un par de bebés era lo último que Brittany Lee esperaba encontrarse en su puerta, pero allí estaba y alguien debía cuidarlos. Y si la única ayuda con la que podía contar era con la de su apuesto vecino tendría que conformarse con eso…
Mitchell Caine era un soltero convencido, pero supuso que podría echarle una mano a su vecina en esas circunstancias. Lo extraño del caso fue que después de un largo fin de semana de pañales y biberones, Mitchell empezó a pensar que sería muy divertido que los dos pudieran cuidar juntos a sus propios bebés.
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– Comprendo. Entonces no te importará que no conteste tu pregunta -comenzó a volverse.

– Vamos, Britt -le agarró el brazo y la volvió para que lo mirara a los ojos-. ¿Qué significa Gary para ti?

– Es mi jefe -mintió Britt; el corazón le latía con una fuerza inusitada-. Supongo que podría decirse que es un amigo. Sólo eso.

Esa era la respuesta que Mitch quería oír, pero casi no la escuchó. Su estado de ánimo había cambiado, era algo natural, pero extraño. Enroscó los dedos en el brazo de Britt y la mantuvo cerca.

– ¿Quieres ser amiga mía? -le preguntó.

Britt frunció el ceño, estaba confundida porque no estaba segura de si se trataba de una broma. Pero en los ojos de Mitch no había rastro de diversión. La miraba y ella le sostuvo la mirada. Parecía que su mente no podía funcionar ni protegerla como de costumbre, no podía construir los muros y crear la distancia que siempre lograba salvarla.

Sin darse cuenta extendió una mano y le rozó la mejilla. Entreabrió los labios, pero no dijo nada. Mitch le cubrió la boca con la suya y ella se oyó jadear.

Fue un jadeo breve porque no hubo tiempo para más.

Britt le rodeó el cuello con los brazos y se estrechó contra Mitch mientras éste la besaba. Se aferró a Mitch como si fuera una balsa en un mar de misterio que le iba ser explicado en ese momento: por qué la gente se besaba, por qué se abrazaba, por qué se enamoraba. Dentro de un momento ella conocería las respuestas, pero para eso él debía seguir besándola, abrazándola con fuerza y llenándola de calor.

Las gemelas empezaron a llorar. Britt tardó un poco en advertirlo y no lo asimiló de inmediato. Pero lloraban y tendrían que atenderlas. Aquello significaba que deberían dejar de besarse. A regañadientes se alejó y Mitch hizo lo mismo.

– No -mascullaba él como si estuviera enfadado; tenía los ojos llenos de remordimiento-. No, tonto de capirote, así no.

Britt no comprendió. Durante un momento temió que Mitch le estuviera hablando a ella, pero se dio cuenta de que estaba hablando consigo mismo. Seguía sin comprender. Pero no había tiempo para explicaciones. Las criaturas lloraban.

Mitch la observó cuando se acercó a las gemelas y se maldijo en silencio. Aquella no era manera de tratar a una amiga. Si no tenía cuidado lo echaría todo a perder.

Britt no se parecía a las otras mujeres que él conocía. Desde que tenía memoria, siempre había estado rodeado de mujeres. En párvulos, las niñas lo habían elegido como el chico más guapo. En la secundaria, había sido el mayor conquistador y así constaba en el libro escolar del año. En la preparatoria había salido con varias chicas, con algunas durante poco tiempo y con otras durante más tiempo. Había salido con mujeres bellas, sensuales, divertidas. Nada había durado mucho porque la mitad de la alegría era la novedad, el misterio, la persecución. Lo había hecho mil veces y podría hacerlo cuando quisiera.

Pero quería algo diferente con Britt. Por eso se le había ocurrido que podrían ser amigos. Los amigos no llegaban y se iban como los amantes. Un amigo era de por vida. Y por experiencia, él sabía que la manera más rápida de perder a una mujer era tener una relación sentimental con ella.

– ¿Podrás cuidar sola a las criaturas? -preguntó de pronto-. Quiero ir a la fiscalía antes del mediodía. Creo que obtendré mejores resultados con el turno matutino. Hay algunos tipos en la tarde que de poder, se divertirían fastidiándome.

– Adelante -respondió-. Cuanto antes lo averigüemos, mejor.

Mitch asintió y se volvió.

Britt lo observó salir con sentimientos ambiguos. Nunca había conocido a un hombre que desencadenara todos esos conflictos en ella. Él le gustaba. Tendría que aceptarlo, al menos para sí. Le gustaba mucho y cuando la había besado…

Nunca se había sentido así. No sabía que era posible. En las novelas y en las películas se hablaba del flechazo amoroso y la pasión sobrecogedora, pero ella siempre había pensado que aquellos sentimientos pertenecían al mundo de la fantasía, como las princesas y los príncipes que mataban dragones. Se inventaban para divertir y entretener; no existían en la realidad. Pero ya no estaba tan segura.

El problema era que eso podría llegar a ser muy embarazoso. Britt sabía que ese tipo de relación no duraría. En cuanto resolvieran el problema de las gemelas, Mitch desaparecería y si seguía enamorada de él, el asunto podría ser bastante molesto.

La solución, por supuesto, era no permitir que las cosas se le subieran a la cabeza. Con sensatez se dijo que no se tomaría en serio nada de lo que él dijera o hiciera. Seguramente lo había dicho todo cientos de veces antes.

Pero una parte pequeña de ella se rebeló. ¿Por qué no disfrutar cuando pudiera mientras durara? ¿Por qué no?

Mitch olvidó la inquietud bastante pronto. Salió del apartamento sintiéndose ligero y excitado. Le pareció gracioso el hecho de ver chiquillos por doquier. Nunca les había prestado atención. Simplemente habían sido parte del paisaje.

– Oye, Sally -le dijo a la rubia despampanante de recepción y le hizo un guiño lascivo.

– Hola, Mitch -respondió siguiéndole la corriente-. ¿Cómo estás?

– Igual que siempre, Sal. Sigo buscando el corazón de oro, como de costumbre.

– Avísame cuando estés dispuesto a buscar a una mujer verdadera, cariño -dijo y se movió de forma provocadora-. Es posible que quieras tratar que sea tuya luego de haberla probado.

Mitch hizo una mueca y se protegió los ojos como si hubiera demasiada luz.

– ¿Quién está? -preguntó-. ¿Jerri? ¿Craig Hattori?

– No, los dos han salido.

– Muy bien -miró a su alrededor para asegurarse de que nadie podía oírlo-. ¿Podría ir a hacer una investigación en la oficina de Jerry? Sólo necesito las claves de entrada y salida.

– No sé, Mitch.

Desde hace cuánto tiempo nos conocemos, Sally? Sabes que no haré nada que pueda causarle problemas a nadie. Además, sabes que Jerry me dejaría usar su oficina.

– Está bien, pero hazlo deprisa -asintió a regañadientes-. Si sigues allí cuando el capitán Texiera llegue, diré que no sé cómo has entrado.

– Hecho -le dio un beso fugaz en la mejilla-. Muchas gracias, Sal, me has salvado la vida.

Los antecedentes criminales de Sonny eran largos y sensacionales. Había entrado y salido de prisión desde los dieciséis años; acusado de todo. En ese momento era el sospechoso principal de un asesinato en un hotel. Había una orden de arresto contra él. La última dirección que se le conocía era el apartamento que ocupaba Mitch.

– Estupendo -murmuró mientras leía el expediente en el ordenador-. He tenido suerte de que algún novato no haya ido a detenerme por equivocación.

Janine aparecía como una de las amiguitas de Sonny. Como no sabía su apellido, Mitch tuvo que suponer que ella debía ser la madre de las criaturas. Lo que averiguó no fue agradable, pero los antecedentes de la mujer no eran tan terribles como los de Sonny. Había entrado en un reformatorio a los quince años, la habían acusado de robo menor. No era una chica decente, pero últimamente no había cometido ninguna fechoría.

– Supongo que estaba demasiado ocupada en tener hijos -masculló entre dientes.

No aparecía su dirección ni los nombres de parientes en el expediente. Ninguna pista que él pudiera seguir.

Mitch apagó la computadora y ordenó el escritorio de Jerry. Saludó con un movimiento de brazo a Sally, salió y volvió a su apartamento, con el ceño fruncido porque no había averiguado nada nuevo que pudiera ayudarlos a tomar una decisión.

– Es decir, aunque Sonny apareciera, no podríamos entregarle las criaturas a una persona como él -dijo Britt después de escuchar el informe de Mitch.

– Sonny es un desgraciado, pero en este momento no está acusado de nada -le recordó Mitch-. Sólo tienen sospechas. Y si él es el padre natural…

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