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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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—Pero eso solo sería un pecado por omisión, Ilia.

—Capitán, se lo ruego… No lo haga.

—Aparta tu trasbordador, Ilia. No quiero que te haga daño lo que está a punto de pasar. Esa jamás fue mi intención. Yo solo quería un testigo, alguien que lo entendiese.

—¡Ya lo entiendo! ¿No es suficiente?

—No, Ilia.

El haz que surgió de su cañón era invisible hasta que tocó el casco. Luego, en medio de una galerna que se escapaba y blindaje ionizado, se reveló parpadeante un rayo de un metro de grosor de fuerza destructiva quintaesencial que segaba como una guadaña y mascaba inexorable la nave. Esta, el arma treinta y uno, no era una de las herramientas más devastadoras del arsenal, pero tenía un alcance inmenso. Por eso la había elegido para utilizarla en el ataque contra los inhibidores. El haz de quintaesencia atravesó la nave como un fantasma y surgió con una galerna semejante por el otro lado. La nave comenzó a seguir el surco, a carcomer toda la longitud del casco.

—Capitán…

Volvió a oír su voz.

—Lo siento, Ilia… Ya no puedo parar.

Parecía sufrir. Cosa que no era tan sorprendente, pensó. Sus terminaciones nerviosas alcanzaban cada parte de la Nostalgia por el Infinito. Estaba sintiendo cómo lo rebanaba el haz, y el dolor que sentía era tan agónico como si ella hubiera empezado a cortarse un brazo con una sierra. Una vez más, Volyova lo comprendió. Tenía que ser mucho más que un simple suicidio limpio y rápido. Eso no sería compensación suficiente por su crimen. Tenía que ser algo lento, prolongado, insoportable. Una ejecución marcial, con un testigo diligente que comprendería y recordaría lo que se había infligido.

El haz había abierto un surco de cien metros en el casco. El capitán perdía aire y fluidos al paso del haz.

—Pare —dijo ella—. ¡Por favor, por el amor de Dios, pare!

—Déjame terminar con esto, Ilia. Por favor, perdóname.

—No. No voy a permitirlo.

Volyova no se dio tiempo para pensar lo que había que hacer. Si se lo hubiera dado, dudaba que hubiera tenido el valor de actuar. Jamás se había considerado una persona valiente, y desde luego no alguien dado a sacrificarse.

Ilia Volyova dirigió el trasbordador hacia el haz y se colocó entre el arma y el tajo letal que estaba acuchillando la Nostalgia por el Infinito.

—¡No! —oyó que exclamaba el capitán.

Pero ya era demasiado tarde. Él no podía desconectar el arma en menos de un segundo, ni desviarla lo bastante deprisa como para sacarla a ella de la línea de fuego. El trasbordador chocó en ángulo oblicuo con el haz. No había apuntado bien y el borde luminoso borró por completo el lado derecho del trasbordador. Blindaje, aislamiento, refuerzo internos, membrana de presurización, todo desapareció como un soplo en un instante de aniquilación cruel. Volyova tuvo un momento para darse cuenta de que no le había acertado al centro justo del rayo, y un instante para darse cuenta de que en realidad no importaba: de todos modos iba a morir.

Se le nubló la vista. Sintió un frío repentino y sobrecogedor en la laringe, como si alguien le hubiera vertido helio líquido por la garganta. Intentó coger aire y el frío le atravesó los pulmones. Tuvo una horrenda sensación de solidez granítica en el pecho. Sus órganos internos se estaban congelando de golpe.

Abrió la boca para pronunciar unas últimas palabras. Parecía lo más apropiado.

31

—¿Por qué, lobo? —preguntó Felka.

Se hallaban solos en la misma extensión de estanques de rocas de color gris hierro y cielos plateados en la que ya se había encontrado, por insistencia de Skade, con el lobo. Ahora soñaba, pero estaba lúcida; había vuelto a la nave de Clavain y Skade estaba muerta, y sin embargo el lobo no parecía menos real que antes. Su forma persistía sin terminar de despejarse, como una columna de humo que de vez en cuando se acercaba burlona a la forma humana.

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué odias tanto la vida?

—No la odio. No la odiamos. Solo hacemos lo que debemos.

Felka se arrodilló sobre la roca, rodeada de partes animales. Comprendía que la presencia de los lobos explicaba uno de los grandes misterios cósmicos, una paradoja que había perseguido las mentes humanas desde los albores del vuelo espacial. La galaxia hervía de estrellas, y alrededor de muchas de esas estrellas había mundos. Era cierto que no todos esos mundos estaban a la distancia adecuada de sus soles para despertar el surgimiento de la vida, y no todos tenían las fracciones adecuadas de metales que permitían la compleja química del carbono. A veces las estrellas no eran lo bastante estables para que la vida pudiera aferrarse con una mínima garantía. Pero nada de eso importaba, ya que había miles de millones de estrellas. Solo una diminuta fracción tenía que ser habitable para que hubiera una sobrecogedora abundancia de vida en la galaxia.

Pero no había ninguna prueba de que la vida inteligente se hubiera extendido en algún momento de una estrella a otra, a pesar de que era, hasta cierto punto, fácil hacerlo. Tras asomarse al cielo nocturno, los filósofos humanos habían llegado a la conclusión de que la vida inteligente debía de ser de una escasez desesperanzadora, que quizá la especie humana era la única cultura sensible de la galaxia.

Se equivocaban, pero no lo descubrieron hasta los albores de la sociedad interestelar. Luego, las expediciones comenzaron a encontrar pruebas de culturas caídas, mundos arruinados, especies extintas. Había un gran número, un número muy incómodo de esas especies.

No era que la vida inteligente fuese escasa, al parecer, sino que la vida inteligente tenía una tendencia muy, muy grande a extinguirse. Casi como si algo la estuviera aniquilando de forma deliberada.

Los lobos eran el elemento que faltaba en ese rompecabezas, la entidad responsable de las extinciones. Máquinas implacables, con una paciencia infinita, que buscaban señales de inteligencia y decretaban un castigo terrible, aplastante. De ahí la galaxia silenciosa y solitaria, patrullada solo por atentos centinelas mecánicos.

Esa era la respuesta. Pero no explicaba por qué lo hacían.

—¿Pero por qué? —le preguntó al lobo—. No tiene mucho sentido actuar como lo hacéis vosotros. Si odiáis tanto la vida, ¿por qué no terminar con ella de una vez por todas?

—¿Para siempre? —El lobo pareció encontrarlo gracioso, como si las especulaciones de la joven despertaran su curiosidad.

—Podríais envenenar todos los mundos de la galaxia o aplastarlos hasta el último. Es como si no tuvierais el valor para terminar por fin y de una vez por todas con la vida.

Hubo un lento suspiro de guijarros, como una avalancha.

—No se trata de terminar con la vida inteligente —dijo el lobo.

—¿No?

—Es justo lo contrario, Felka. Se trata de la conservación de la vida. Nosotros somos los guardianes de la vida, conducimos la vida para que supere sus mayores crisis.

—Pero asesináis. Matáis culturas enteras.

El lobo entró y salió de su campo de visión. Su voz, cuando respondió, era burlonamente parecida a la de Galiana.

—A veces, quien bien te quiere te hará llorar, Felka.

No vieron mucho a Clavain después de la muerte de Galiana. Había un entendimiento tácito entre su tripulación, algo que se filtró hasta las últimas filas del ejército de Escorpio: que no se le debía molestar por nada que no fueran los problemas más graves, asuntos de extrema urgencia que afectaran a toda la nave, nada menos. Seguía sin estar muy claro si este edicto procedía del propio Clavain o solo era algo que habían asumido sus adjuntos más inmediatos. Con toda probabilidad era una combinación de ambas cosas. Se convirtió en una figura oscura que veían en alguna ocasión pero pocas veces oían, un fantasma que acechaba por los pasillos de la Luz del Zodíaco en las horas en las que el resto de la nave estaba dormida. De vez en cuando, cuando la nave estaba sometida a una gravedad alta, escuchaban el ritmo seco y continuo de su exoesqueleto sobre las placas de la cubierta cuando atravesaba un pasillo sobre sus cabezas. Pero Clavain era en sí una figura esquiva.

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