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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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—¿Y quiénes son esos «nosotros», si se puede saber? —preguntó ella.

—Me refiero a los combinados. Hace muy poco que deserté. —Clavain hizo una pausa antes de continuar—. Hace unos cuantos siglos lanzamos expediciones al espacio interestelar profundo, mucho más lejos de lo que lo había logrado cualquier otra facción humana. Esas expediciones se encontraron con las máquinas. Les dimos el nombre en clave de lobos, pero creo que podemos asumir que en esencia estamos viendo las mismas entidades.

—No se dan ningún nombre —dijo Volyova—. Pero nosotros las llamamos los inhibidores. Es el nombre que se ganaron durante sus buenos tiempos.

—¿Te has enterado de todo eso a través de la observación?

—No —dijo Volyova—. No de esa forma.

Le estaba diciendo demasiado, pensó. Pero Clavain era tan persuasivo que casi no podía evitarlo. Antes de mucho tiempo, si no tenía cuidado, le habría contado todo lo que había ocurrido alrededor de Hades: que a Khouri le habían contado un destello de la oscura historia prehumana de la galaxia, capítulos interminables de extinciones y guerras que se remontaban a los albores de la vida sensible en sí…

Había cosas que estaba preparada para discutir con Clavain y había cosas que prefería guardarse para sí, por ahora.

—Eres una mujer misteriosa, Ilia Volyova.

—También soy una mujer con muchas cosas que hacer, Clavain. —Hizo que la esfera enfocara la floreciente máquina—. Los inhibidores están construyendo un arma. Tengo fuertes sospechas de que se utilizará para desencadenar algún tipo de acontecimiento estelar catastrófico. Dispararon una llamarada para aniquilar a los amarantinos, pero creo que esto será diferente, mucho más grande, y es probable que más terminal. Y yo no puedo permitir que ocurra, así de simple. Hay doscientas mil personas en Resurgam, y morirán todos si se utiliza esa arma.

—Lo comprendo, créeme.

—Entonces entenderás que no pienso entregar ningún arma, ni ahora ni en ningún momento del futuro.

Por primera vez Clavain pareció exasperarse. Se pasó una mano por la mata de pelo y lo erizó hasta convertirlo en un desastre de escarpias desiguales y blancas.

—Dame las armas y yo me ocuparé de que se utilicen contra los lobos. ¿Qué problema hay con eso?

—Ninguno —dijo ella con tono alegre—. Salvo que no te creo. Y si estas armas son tan potentes como tú dices, no estoy segura de querer entregárselas a ningún otro grupo. Después de todo, las hemos cuidado nosotros durante cuatro siglos. No sufrieron ningún daño. Yo diría que eso nos da una imagen bastante buena, ¿no crees? Hemos sido guardianes responsables. Sería un desprecio por nuestra parte dejar que cualquier panda de granujas le ponga las manos encima ahora, ¿no crees? —Sonrió—. Sobre todo ahora que admites que vosotros no sois los legítimos propietarios, Clavain.

—Te arrepentirás de enfrentarte a los combinados, Ilia.

—Mmm. Por lo menos me estaré enfrentando a una facción legítima.

Clavain se apretó los dedos de la mano derecha contra la frente, como alguien que luchara contra una migraña.

—No, de eso nada. No en el sentido que crees. Ellos solo quieren las armas para poder escabullirse al espacio profundo con ellas.

—Y supongo que tú tienes un uso inmensamente más magnánimo en mente…

Clavain asintió.

—Así es, de hecho. Quiero ponerlas de nuevo en manos de la raza humana. Demarquistas, ultras, el ejército de Escorpio… Me da igual quién se haga cargo, siempre que me convenzan de que harán lo correcto con ellas.

—¿Qué es…?

—Luchar contra los lobos. Se están acercando. Los combinados lo sabían, y lo que está pasando aquí lo demuestra. Los próximos siglos van a ser muy interesantes, Ilia.

—¿Interesantes? —repitió ella.

—Sí. Pero no como nosotros quisiéramos.

Volyova apagó de momento el nivel beta. La imagen de Clavain se hizo pedazos y las motas se desvanecieron y dejaron solo la forma esquelética del servidor en su lugar. La transición ponía una nota bastante discordante: había tenido la sensación palpable de estar en su presencia.

—¿Ilia? —Era el capitán—. Ya estamos listos. La última arma del alijo está fuera del casco.

Ella se quitó el auricular y habló con normalidad.

—Bien. ¿Algo de lo que informar?

—Nada importante. Cinco de las armas se desplegaron sin incidentes. Respecto a las tres restantes, noté una anomalía transitoria con el arnés de propulsión del arma seis y un fallo intermitente con los subsistemas de guía de las armas catorce y veintitrés. Ninguna se ha repetido desde su despliegue.

La mujer encendió un cigarrillo y fumó una cuarta parte antes de contestar.

—A mí no me parece que eso se pueda calificar de «nada importante».

—Estoy seguro de que los fallos no volverán a ocurrir —bramó la voz del capitán—. El entorno electromagnético de la cámara del alijo es muy diferente del entorno que hay más allá del casco. Es probable que la transición causara alguna confusión, eso es todo. Las armas volverán a la normalidad ahora que están fuera.

—Prepare un trasbordador, por favor.

—¿Disculpa?

—Ya me ha oído. Voy a salir para comprobar las armas. —Volyova dio unas patadas al suelo a la espera de la respuesta del capitán.

—No es necesario, Ilia. Yo puedo monitorizar el bienestar de las armas a la perfección.

—Usted quizá pueda controlarlas, capitán. Pero no las conoce tan bien como yo.

—Ilia…

—No voy a necesitar un trasbordador grande. Incluso me plantearía coger un traje, pero no puedo fumar en uno de esos trastos.

El suspiro del capitán fue como el derrumbamiento de un edificio lejano.

—Muy bien, Ilia. Te prepararé un trasbordador. Tendrás cuidado, ¿verdad? Puedes mantenerte en el lado de la nave que los inhibidores no pueden ver, si tienes cuidado.

—Están muy lejos de notar nuestra presencia. Eso no va a cambiar en los próximos cinco minutos.

—Pero comprendes mi preocupación.

¿De verdad se preocupaba el capitán por ella? No estaba muy segura de creerlo. De acuerdo, quizá se sintiera un poco solo aquí fuera, y ella era su única posibilidad de tener compañía humana. Pero también era la mujer que había expuesto su crimen y lo había castigado con su transformación. Lo que sentía por ella tenía que ser más bien complicado.

Se había terminado una buena parte del cigarrillo. En un impulso insertó la colilla en la cabeza de cables del servidor, encajándola entre dos finas varillas de metal. La punta ardió con un color naranja apagado.

—Un hábito asqueroso —dijo Ilia Volyova.

Cogió el trasbordador de dos plazas que Khouri y Thorn habían utilizado para explorar las obras de los inhibidores alrededor del antiguo gigante gaseoso. El capitán ya había calentado la nave y la había colocado ante una cámara estanca. La nave había sufrido algún daño menor durante el encuentro con la maquinaria de los inhibidores dentro de la atmósfera de Roc, pero la mayor parte había sido fácil de reparar con las existencias de componentes que tenían. Los defectos que restaban no evitaban, desde luego, que se utilizara el trasbordador para un trabajo de corto alcance como este.

Se acomodó en el asiento de mando y probó la pantalla de aviónica. El capitán había hecho un gran trabajo: hasta los tanques de combustible estaban a rebosar, aunque no se iba a llevar la nave a más de unos metros de distancia.

Pero había algo que la inquietaba, una sensación que no terminaba de concretar.

Sacó fuera el trasbordador, atravesó las puertas blindadas hasta que alcanzó el espacio desnudo. Salió cerca de la apertura mucho más grande por la que habían surgido las armas del alijo. Las armas en sí se habían desvanecido al otro lado de la curva montañosa del casco de la gran nave, fuera de la línea de visión de los inhibidores. Volyova siguió el mismo camino, contempló cómo caía bajo el marcado horizonte del casco la masa nebulosa del planeta triturado.

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