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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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Aparecieron ante ella las ocho armas del alijo: acechaban como monstruos. Eran todas diferentes, pero estaba claro que les habían dado forma los mismos intelectos rectores. Siempre había sospechado que los constructores habían sido los combinados, pero resultaba inquietante que Clavain se lo confirmara. No veía razón para que hubiese mentido. ¿Pero para qué habían creado los combinados unas herramientas tan atroces? Solo podía haber sido porque en algún momento tenían intención de utilizarlas. Volyova se preguntó si el objetivo deseado había sido la humanidad.

Alrededor de cada arma había un arnés de vigas al que estaban acoplados cohetes de dirección y subsistemas para apuntar, así como un pequeño número de armas defensivas, solo para proteger las armas en sí. Los arneses eran capaces de moverlas y, en principio, podrían haberlas colocado en cualquier parte del sistema, pero eran demasiado lentos para lo que ella requería. Por ello, en los últimos tiempos Volyova había sujetado sesenta y cuatro cohetes remolcadores a los arneses, ocho por pieza, colocados en las esquinas opuestas de los armazones de cada arma. Harían falta menos de treinta días para trasladar las ocho al otro lado del sistema.

Apuntó el trasbordador hacia el grupo de armas. Estas, al sentir su acercamiento, cambiaron de posición. Ilia se deslizó entre ellas, luego se ladeó, dibujó un círculo y frenó un poco, quería examinar las armas concretas con las que el capitán le había dicho que había tenido dificultades. Resúmenes diagnósticos, escuetos pero eficientes, se desplegaron en el brazalete de la muñeca. Solicitó la información de cada dispositivo y prestó una atención meticulosa a lo que vio. Algo iba mal.

O más bien, nada iba mal. No parecía que le pasara nada a ninguna de las armas.

Sintió otra vez esa sensación enojadiza de que pasaba algo, la sensación de que la habían manipulado para que hiciera algo que solo parecía haber sido idea suya. Las armas estaban perfectamente; de hecho, no había ninguna prueba de que hubiera habido fallo alguno, transitorio o de otro tipo. Pero eso solo podía significar que el capitán le había mentido: que le había hablado de problemas donde no existía ninguno.

Se calmó. Ojalá no hubiera aceptado su palabra, tendría que haberlo comprobado en persona antes de abandonar la nave.

—Capitán… —dijo con tono vacilante.

—¿Sí, Ilia?

—Capitán, estoy recibiendo unas lecturas muy raras. Todas las armas parecen estar bien, no hay ningún problema.

—Estoy bastante seguro de que fueron errores transitorios, Ilia.

—¿De veras?

—Sí. —Pero no parecía muy convencido—. Sí, Ilia, bastante seguro. ¿Por qué habría informado de ellos si no fuera así?

—No lo sé. ¿Quizá porque quería que yo saliera de la nave por alguna razón?

—¿Por qué habría querido hacer eso, Ilia? —Parecía ofendido, pero no tanto como a ella le hubiera gustado.

—No lo sé. Pero tengo la horrible sensación de que estoy a punto de averiguarlo.

Contempló una de las armas del alijo, la treinta y uno, el arma de fuerza quintaesencial, que se separaba del grupo. Se deslizaba de lado, sus reactores de dirección soltaban chispas brillantes y el suave movimiento desmentía la enorme masa de maquinaria que se estaba cambiando de posición sin apenas esfuerzo. Volyova examinó su brazalete. Los giroscopios giraban y cambiaban el centro de gravedad del arnés. Con un movimiento pesado, como un gran dedo de hierro que se moviera para señalar al acusado, la enorme arma elegía su objetivo.

Estaba dándose la vuelta hacia la Nostalgia por el Infinito.

Con retraso, como una estúpida, maldiciéndose, Ilia Volyova comprendió a la perfección lo que estaba pasando.

El capitán estaba intentando suicidarse.

Debería haberlo visto venir. Su salida del estado catatónico solo había sido un truco. Durante todo ese tiempo debió de tener en mente acabar con su vida, poner fin para siempre el estado extremo de sufrimiento en el que se encontraba. Y ella le había proporcionado el medio ideal. Le había rogado que le permitiera utilizar las armas del alijo y él la había complacido. Con demasiada facilidad, comprendía ahora.

—Capitán…

—Lo siento, Ilia, pero tengo que hacerlo.

—No. No es así. No hay que hacer nada.

—Tú no lo entiendes. Sé que quieres entenderlo y sé que crees que lo entiendes, pero no puedes saber lo que es esto.

—Capitán… escúcheme. Podemos hablar de ello. Sea lo que sea a lo que cree que no puede enfrentarse, podemos hablarlo.

El arma estaba dejando poco a poco de rotar; su cañón, parecido a una flor, ya casi apuntaba al oscurecido casco de la abrazadora lumínica.

—Hace ya mucho que pasó el momento de hablarlo, Ilia.

—Encontraremos una forma —dijo ella desesperada, pues ni siquiera podía creerlo—. Encontraremos una forma para que vuelva a ser lo que era: humano otra vez.

—No seas absurda, Ilia. No puedes deshacer aquello en lo que me he convertido.

—Entonces encontraremos un modo de hacerlo tolerable…, de terminar con el dolor o la incomodidad en la que se encuentra. Encontraremos una forma de mejorarlo. Podemos hacerlo, capitán. No hay nada que usted y yo no podamos lograr si nos concentramos los dos.

—Dije que no lo entendías y tenía razón. ¿No te das cuenta, Ilia? No se trata de aquello en lo que me he convertido, ni de lo que era. Se trata de lo que hice. Se trata de aquello con lo que ya no puedo seguir viviendo.

El arma se detuvo. Apuntaba ahora directamente al casco.

—Mató a un hombre —dijo Volyova—. Asesinó a un hombre y se apoderó de su cuerpo. Lo sé. Fue un crimen, capitán, un crimen terrible. Sajaki no se merecía lo que usted le hizo. ¿Pero es que no lo entiende? Ya se ha pagado por ese crimen. Sajaki murió dos veces: una vez con su mente en su propio cuerpo y una vez con la de usted. Ese fue el castigo, y Dios sabe que él sufrió por ello. No hay necesidad de expiar nada más, capitán. Ya se ha hecho. Usted también ha sufrido bastante. Cualquiera consideraría que lo que le ha pasado ya es justicia suficiente. Usted ha pagado por eso mil veces.

—Todavía recuerdo lo que le hice.

—Pues claro que sí. Pero eso no significa que ahora tenga que infligirse esto. —Volyova le echó un vistazo al brazalete. Observó que el arma se estaba conectando. En un momento estaría lista para su uso.

—Debo hacerlo. No es ningún capricho, compréndelo. He planeado este momento durante mucho más tiempo del que tú puedes concebir. A lo largo de todas nuestras conversaciones, siempre fue mi intención acabar con mi vida.

—Podría haberlo hecho mientras yo estaba en Resurgam. ¿Por qué ahora?

—¿Por qué ahora? —La mujer oyó lo que casi podría haber sido una carcajada. Era una risa horrenda, macabra, si ese era el caso—. ¿No es obvio, Ilia? ¿De qué sirve un acto de justicia si no hay un testigo que vea cómo se ejecuta?

El brazalete la informó de que el arma estaba lista para atacar.

—¿Quería que yo viera cómo ocurría esto?

—Pues claro. Siempre has sido especial, Ilia. Mi mejor amiga; la única que me hablaba cuando estaba enfermo. La única que lo entendía.

—También lo convertí yo en lo que es.

—Era necesario. No te culpo por ello, de verdad que no.

—Por favor, no haga esto. Estará haciéndole daño a algo más que a sí mismo. —Sabía que tenía que hacerlo bien, que lo que dijese ahora podría ser crucial—. Capitán, lo necesitamos. Necesitamos las armas que lleva y necesitamos que nos ayude a evacuar Resurgam. Si se mata ahora, estará matando a doscientas mil personas. Estará cometiendo un crimen mucho mayor que el que cree que necesita expiar.

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