La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Quemó la carta de don Pedro, salió de la posada y después de preguntar a un alguacil dónde se emplazaba el banco de don Antonio Morales, establecimiento al que el banquero de don Pedro en Granada dirigía la letra de cambio, se encaminó a él provisto del documento y de su cédula personal. El escritorio de Morales se hallaba cerca de la alcaicería y la alhóndiga, y Hernando, bien vestido, fue recibido por el propio banquero, que le cobró el seis por millar que figuraba en la letra de cambio, le abrió un depósito por importe de noventa ducados y le libró el resto mediante siete coronas de oro, varios reales de a ocho y otros más fraccionarios.
Volvió a la posada y pagó generosamente al posadero acallando de esa manera las suspicacias del hombre, ya enterado de su condición de morisco y fullero. El asunto se había complicado con la presencia de una penitenciada por la Inquisición.
– No sé si tenéis licencia para vivir en esta parroquia -le dijo unos días antes-. Comprendedlo. Si viniese el alguacil… Los cristianos nuevos necesitáis permiso de los párrocos para cambiar de residencia.
Hernando le calló mostrándole el salvoconducto expedido por el arzobispado de Granada.
– Si puedo moverme con libertad por los reinos de España -alegó-, ¿cómo no voy a poder hacerlo por una simple ciudad?
– Pero la mujer… -insistió el posadero.
– La mujer va conmigo. Es mi madre.
Le contestó con dureza, pero acompañó sus palabras con algunas monedas más.
Sin embargo, era consciente de que aquella situación no podía eternizarse. Don Pedro le había mandado dinero, sí, pero también le rogaba que trabajase en el proyecto, y en la posada no podía hacerlo. Dormía en el suelo, ya que el lecho lo ocupaba Aisha, que permanecía en el mismo estado en el que había abandonado las mazmorras de la Inquisición. Miguel la cuidaba cada día con afecto y cariño, hablándole, contándole historias, acariciándola y riendo, siempre riendo, salvo cuando exigía ayuda a la mujer e hija del posadero para que la limpiasen o la cambiasen de postura a fin de que no se llagase.
– ¿Has logrado que coma? -le preguntó un día Hernando.
– No lo necesita, señor -contestó el muchacho-. De momento le sigo dando caldo de gallina. Es suficiente alimento para una mujer en su estado. Ya comerá si quiere.
Hernando dudó y se llevó la mano al mentón. No se atrevió a preguntarle si aquel animalillo volvería o se iría, pero sí que se dio cuenta de que el muchacho, parado sobre sus muletas, frente a él, sabía qué era lo que pasaba por su cabeza.
Miguel sonrió, pero no dijo nada.
Hernando comprendió que con Aisha en aquel estado no podía dejar Córdoba. Mientras tanto, podía alquilar una casa y buscar trabajo. Con caballos. Era un buen jinete. Quizá algún noble le contratase como domador o como caballerizo, incluso como mozo de cuadras. ¿Por qué no? Si eso fallaba, también sabía escribir y llevar cuentas; alguien podría estar interesado. Y por las noches se dedicaría a trabajar en el evangelio, que seguía manteniendo escondido entre unos papeles por los que, al contrario de lo que sucedía en el palacio del duque, nadie mostró interés en sus ausencias de la posada; allí nadie sabía leer.
Sus pensamientos le llevaron a la casa de tablaje de Coca. La esclava guineana le franqueó el paso. Quizá Coca supiera de alguna vivienda que pudiera alquilar…
– ¡Mira por dónde! -le espetó el coimero, que contaba los dineros ganados en la noche anterior-, precisamente ahora iba a ir en tu busca.
Hernando avanzó hacia la mesa a la que se sentaba Coca.
– ¿Sabes de alguna casa, en alquiler por la que no pidan demasiada renta? -le preguntó de sopetón mientras se dirigía hacia él. Coca enarcó las cejas-. Pero ¿por qué ibas a ir en mi busca? -cayó en la cuenta.
– Espera. -Coca terminó de calcular los beneficios de las tablas, despidió a la guineana y, solos en la coima, se enfrentó con seriedad a su visitante-. Esta noche hay una gran partida -anunció.
Hernando dudó.
– ¿No te interesa? -se sorprendió el coimero.
– Sí…, creo que sí. Yo… -Dudó si contarle lo de los cien ducados que acababa de recibir de don Pedro. Había sido él quien le insistiera en aquella partida, pero ahora… los cien ducados le proporcionaban una seguridad de la que no disponía entonces. Era el dinero que le garantizaba los cuidados de su madre, el poder alquilar una casa… ¿Cómo iba a jugarse los ducados que su protector le había mandado para que pudiera trabajar por la causa morisca?-. Tengo cien ducados -terminó confesando-. Me los ha prestado un conocido…
– No me interesan tus ducados -le sorprendió Coca.
– Pero…
– Te conozco. En este negocio he aprendido a distinguir a la gente. La huelo, presiento sus reacciones. Viniste a mí diciendo que no tenías dinero. Si ahora que dispones de él, tienes que arriesgarlo, no lo harás. No eres un jugador. -Coca se agachó y agarró algo a sus pies: dos bolsas llenas de monedas que dejó caer sobre la mesa-. Aquí están nuestros dineros -dijo entonces-. Sinceramente, en circunstancias normales nunca jugaría contigo como cómplice de fullerías, pero eres el único que conoce mi secreto y el único que lo conocerá; el único con el que puedo hacerlo y de las pocas personas, quizá la única también, a quien le debo gratitud como amigo. Y quiero ganarles. Mucho dinero. Cuanto más mejor. Ésta debe ser nuestra noche.
– Pero tu dinero… -exclamó Hernando, sorprendido-. ¡Ahí debe de haber una fortuna!
– Sí, la hay. Olvídate de lo que has venido jugando aquí por las noches, eso es otro mundo. Si cuentas en reales te descubrirán… y contigo, a mí. Son escudos de oro; eso es lo que se mueve en cada mano. Tienes que convencerte de que un escudo de oro no tiene más valor que el de una blanca. ¿Te ves capaz?
Hernando no dudó:
– Sí.
– Es peligroso. Eso es lo primero que quiero que comprendas. Nadie debe saber de nuestra amistad.
La partida se organizó en la casa de un rico mercader de paños tan soberbio y pedante como temerario a la hora de apostar a los naipes.
Ya anochecido, Hernando recorrió nervioso la escasa distancia que separaba la posada del Potro de la calle de la Feria, donde vivía el mercader, agarrado a la abultada bolsa de dinero y pensando en las instrucciones que le había proporcionado Pablo Coca. Debían sentarse el uno delante del otro para que Hernando pudiera llegar a ver el lóbulo de su oreja. Apostaría fuerte incluso en el supuesto de que Coca no le hubiera hecho señal alguna; no podía ser que sólo lo hiciera en el momento de ganar.
– Procura no hablarme más que a los otros -le instruyó también-, pero mírame directamente, como a los demás jugadores, como si pretendieras adivinar mi juego por mi semblante. Piensa que no jugaré por mí, sino por ti y que, si tenemos suerte y usan nuestras barajas, conoceré los naipes; en otro caso, sólo podré ayudarte con los míos. Juega con decisión pero no pienses que son tontos; saben lo que se hacen y por lo general usan de tantas fullerías como cualquiera de los que frecuentan las casas de tablaje. Pero por encima de todo recuerda siempre una cosa: el honor de esta gente los lleva muy rápido a echar mano a su espada, y tratándose de partidas prohibidas, existe un pacto de silencio si alguien hiere o mata a otro.
Un criado acompañó a Hernando a un salón bien iluminado y lujosamente adornado con tapices, guadamecíes, muebles de madera brillante y hasta un gran cuadro al óleo en el que se representaba una escena religiosa que llamó la atención del morisco. En la estancia ya se hallaban presentes, ocho personas, en pie, que charlaban en voz baja, emparejados. Pablo estaba entre ellos.