La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– Es un sentimiento recíproco, don Melchor.
Tras pasar cuentas con Pablo, que se encaprichó de la espada y el anillo del joven noble, perdonar el crédito del escribano y devolver los cien ducados a don Pedro de Granada Venegas, a Hernando le restaba una buena cantidad de dinero hasta que empezase a disfrutar de su nueva casa y de sus rentas.
La vida volvía a tomar un giro inesperado.
– Está arrendada, señor -se lamentó Miguel, los dos parados frente a la casa patio en la calle Espaldas de Santa Clara, después de que su señor le ordenó que dispusiese lo necesario para trasladar a su madre y a Volador a su nuevo domicilio-. Deberéis esperar a que finalice el contrato de alquiler.
– No -afirmó Hernando con contundencia-. ¿Te gusta? -Miguel silbó por entre sus dientes rotos admirando el magnífico edificio-. Bien, vamos a hacer lo siguiente: cuando me vuelva a la posada, vas y preguntas por la señora de la casa. La señora, Miguel, ¿has entendido?
– No me lo permitirán. Creerán que vengo a pedir limosna.
– Inténtalo. Diles que eres el criado del nuevo propietario. -Miguel casi perdió el equilibrio sobre sus muletas al volverse bruscamente hacia Hernando-. Sí. No creo que ni mi madre ni mi caballo pudieran encontrar mejor sirviente que tú. Inténtalo, estoy seguro de que lo conseguirás.
– ¿Y si lo consigo?
– Le dices a la señora que a partir de ahora deberá pagar la renta a su nuevo casero: el morisco Hernando Ruiz, de Juviles. Que se entere bien de que soy morisco, y granadino expulsado de las Alpujarras, de los que se alzaron en armas, y de que pese a todo ello, soy su nuevo casero. Repíteselo varias veces si es menester.
Los inquilinos, una acaudalada familia de tratantes en seda, no tardaron una semana en poner la casa patio a disposición de Hernando, una vez confirmaron con el secretario de la duquesa que efectivamente éste era el nuevo propietario. ¿Qué cristiano viejo bien nacido iba a permitir que su casero fuera un morisco?
El patio abierto a la luz del sol; el aroma de las flores que lo inundaban y el agua corriendo sin cesar en su fuente parecieron revivir a Aisha. Algunos días después de que tomaran posesión de la casa, con Miguel atendiendo a la mujer, explicando historias en voz alta mientras saltaba de un lado a otro y cortaba flores que dejaba en el regazo de la enferma, Hernando observó que su madre movía ligeramente la mano.
Las palabras que pronunció Fátima el día en que él se encontró a sus hijos recibiendo clases en el patio de su primera casa, tornaron a su memoria con fuerza: «Hamid ha dicho que el agua es el origen de la vida». ¡El origen de la vida! ¿Sería posible que su madre se recuperase?
Acudió esperanzado a donde se encontraba la curiosa pareja. Miguel narraba casi a voz en grito la historia de una casa encantada.
– Las paredes cimbreaban como cañas al viento… -decía en el momento en que el morisco llegó hasta él.
Hernando le sonrió y después fijó la mirada en su madre, encogida en una silla junto a la fuente.
– Se os va a ir, señor -oyó que le anunciaba el tullido a su lado.
Hernando se giró hacia él con brusquedad.
– ¿Cómo…? ¡Pero si está mejor!
– Se va, señor. Lo sé.
Cruzaron sus miradas. Miguel se la sostuvo unos instantes y entrecerró los ojos asegurando su premonición. Negó con la cabeza, levemente, como compartiendo el dolor de Hernando, y continuó con su historia.
– La pared del dormitorio donde dormía la muchacha desapareció por arte de magia, señora María. ¿Os lo imagináis? Un enorme hueco…
Hernando hizo caso omiso a la narración, se acuclilló frente a su madre y la acarició en una rodilla. ¿Sería posible que Miguel fuese capaz de predecir la muerte? Aisha pareció reaccionar al contacto de su hijo y volvió a mover una mano.
– Madre -susurró Hernando.
Miguel se acercó.
– Déjanos, te lo ruego -le pidió Hernando.
El tullido se retiró a las cuadras y Hernando tomó la mano descarnada de Aisha entre las suyas.
– ¿Me oyes, madre? ¿Eres capaz de entenderme? -sollozó apretando aquella mano débil-. Lo siento. Es culpa mía. Si te hubiera contado… Si lo hubiera hecho, esto no habría sucedido. Nunca he dejado de luchar por nuestra fe.
Luego relató cuanto había hecho y el trabajo que le había encargado don Pedro; ¡todo aquello que pretendían conseguir!
Cuanto terminó, Aisha no hizo movimiento alguno. Hernando escondió el rostro en su regazo y se entregó al llanto.
Cuatro días transcurrieron hasta que se cumplió el presagio del joven; cuatro largos días en los que Hernando, a solas con su madre, repasó una y otra vez su vida mientras ella se consumía hasta que una mañana, serenamente, dejó de respirar.
No quiso pagar entierros ni funerales. Miguel torció el gesto en el momento en que oyó cómo Hernando se lo comunicaba al párroco de Santa María, al que avisó tarde a propósito, Aisha ya cadáver, para que acudiese a otorgar la extremaunción y la diese de baja en el censo de moriscos de la parroquia.
– Aunque fuese mi madre, estaba endemoniada, padre -trató de excusarse ante el sacerdote, a quien no obstante entregó unas monedas por unos servicios que no llegaría a prestar-. La propia Inquisición así lo determinó.
– Lo sé -contestó el párroco.
– No puedo explicártelo -se excusó después con Miguel, que había escuchado sus palabras con estupor.
– ¿Endemoniada decís, señor? -chilló el joven llegando a perder el equilibrio-. Aun en su silencio, su madre sufría más… ¡que yo cuando me utilizaban para pedir limosna! Merecía un entierro…
– Yo sé lo que merece mi madre, Miguel -le interrumpió, tajante, Hernando.
No lo habría podido conseguir si él hubiese pagado y Aisha hubiera sido enterrada en el cementerio parroquial, pero sí en las fosas comunes del campo de la Merced, donde la vigilancia era inexistente. ¿Quién iba a velar por unos cadáveres cuyos parientes no habían estado dispuestos a proporcionarles un buen entierro cristiano?
– Vuelve a casa -ordenó a Miguel una vez hubieron presenciado cómo los sepultureros, sin el menor respeto, lanzaban el cadáver a la fosa.
– ¿Y vos qué vais a hacer, señor?
– Vuelve, te he dicho.
Hernando acudió en busca de Abbas, por quien preguntó en las caballerizas; le permitieron entrar y se plantó en la herrería. Lo encontró mucho más viejo que la última vez que hablaron, cuando la comunidad se negaba a admitir sus limosnas. El herrador también vio deterioro en el aspecto del nazareno.
– Dudo que alguien quiera ayudarte -afirmó el herrador de malos modos, después de que Hernando le explicase el porqué de su visita.
– Lo harán, si tú así lo exiges. Pagaré bien.
– ¡Dinero! Eso es todo cuanto te interesa. -Abbas le miró con desprecio.
– Estás equivocado, pero no pienso discutir contigo. Mi madre era una buena musulmana, tú lo sabes. Hazlo por ella. Si no lo haces, tendré que recurrir a un par de cristianos borrachos del Potro y entonces todos corremos el riesgo de que se sepa cómo enterramos a nuestros muertos y de que la Inquisición investigue. Te consta que los curas serían capaces de levantar todo el camposanto.
Esa noche le acompañaron dos jóvenes fuertes y una mujer anciana; ninguno quiso cobrarle, pero tampoco le dirigieron la palabra. Salieron de la ciudad hacia el campo de la Merced por un portillo abandonado en las murallas. A la luz de la luna, en el camposanto desierto, los jóvenes moriscos exhumaron el cadáver de Aisha allí donde les señaló Hernando, y se lo entregaron a la anciana mientras ellos empezaban a cavar un hoyo largo y estrecho en tierra virgen, hasta la altura de la mitad de un hombre.
La anciana venía preparada: desnudó al cadáver y lavó el cuerpo; luego lo frotó con hojas de parra remojadas.