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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– ¿Y eso? -había preguntado el secretario señalando los papeles que Hernando sostenía en la mano derecha, a la vista. Silvestre acababa de revolver el hatillo, tratándole como a un vulgar ratero delante de los criados que iban y venían por el patio al que daban las cuadras.

– Mi informe para el cabildo de la catedral de Granada.

El secretario hizo un gesto para que se lo entregase. Hernando se limitó a acercarle los papeles, sin soltarlos.

– Son confidenciales, Silvestre -le dijo permitiéndole no obstante leer el contenido de la primera página, en la que relataba las matanzas de Cuxurio-. Te he dicho que son confidenciales de la Iglesia de Granada -insistió entonces, echándole en cara su curiosidad-. Si el arzobispo se entera…

– ¡De acuerdo! -cedió el secretario.

– Y ahora, ¿vas a desnudarme? -ironizó Hernando pensando en la mano de Fátima que llevaba escondida en sus calzas-. ¿Acaso te gustaría? -le provocó haciendo ademán de extender los brazos. Silvestre enrojeció-. No te preocupes, llegué pobre a este palacio y salgo de él tan pobre como lo era entonces. -Hernando sonrió cínicamente hacia el secretario; ¿habría sido él el ladrón?-. Miserable, como decís vosotros.

El mozo de cuadras se negó a embridarle a Volador, vertiendo en su sola negativa todo el rencor acumulado a lo largo de los años en que se había visto obligado a servir a un morisco. Hernando lo aparejó, aunque tuvo que desembridarlo poco rato después en el mesón del Potro, donde buscó alojamiento. De la multitud de mesones que había en la plaza y sus alrededores, eligió ése porque el mesonero no lo conocía. Volador, con el hierro de las cuadras reales, el doble de grande que cualquiera de las mulas y asnos que descansaban en el patio del mesón, y la distinguida ropa que vestía, le procuraron la mejor de las habitaciones de la posada, una estancia para él solo. Una cama, un par de sillas y una mesa constituían todo su mobiliario. Adelantó el pago como si se tratase de un hombre rico, pese a que al extraer el dinero de su bolsa se percató de que tan sólo le restaban un par de monedas de dos reales. Luego, en unas hojas de papel en blanco que se llevó de palacio, escribió una carta a don Pedro de Granada Venegas explicándole su situación, la de su madre, e implorando ayuda. Poco más podría hacer por ellos, por la causa morisca, anunciaba, si caía en la miseria. En el mismo mesón del Potro encontró a un arriero que se dirigía a Granada y la bolsa se le vació definitivamente.

– Mucho del dinero que tenía -terminó explicando a Pablo Coca- se lo he dado al carcelero de la Inquisición para el sustento y atención de mi madre. El resto…

– Esta noche podrás hacer algunos beneficios -trató de animarle el coimero. Hernando hizo un gesto de disgusto-. Te servirán para ir tirando -insistió Pablo-. Al menos tendrás para pagar el mesón.

– Palomero -arguyó Hernando, utilizando el mote de su juventud- necesito mucho dinero, ¿entiendes? Tengo que comprar muchas voluntades en el alcázar de los reyes cristianos.

– De nada te servirán los dineros con la Inquisición. Cuando lo de las brujas, las Camachas, detuvieron a don Alonso de Aguilar, de la casa de Priego. ¡Un Aguilar! No hubo dinero que bastase hasta que no se aclaró el asunto y lo liberaron. Se han atrevido hasta con arzobispos…

– Mi madre tan sólo es una vieja morisca sin importancia, Pablo.

Coca pensó durante unos instantes, jugueteando con un dedo por encima del borde de un vaso. Estaban los dos sentados alrededor de una jarra de vino que les había servido la guineana.

– A menudo me llaman para organizar partidas importantes -comentó como si dudase de la posibilidad. Hernando dejó el vaso que iba a llevarse a la boca y se acercó por encima de la mesa-. No me gustan. A veces cedo y lo hago, pero… A esas partidas acuden nobles, escribanos, alguaciles, jurados, jóvenes altaneros y soberbios, hijos de grandes familias, ¡y hasta curas! Se trata de juegos de estocada en los que se mueve mucho dinero y muy rápido; no tiene nada que ver con la sangría lenta que se puede jugar en las coimas. Todos ellos son tan fulleros como cualquiera de los desgraciados que entran en mi casa de tablaje, pero prestos a desenvainar la espada si les recriminas alguna de sus burdas «flores» o ingenuas trampas. Parece como si el honor del que tanto alardean fuera suficiente para excusar una baraja tiznada.

– ¿Por qué recurren a ti?

– Siempre solicitan la ayuda de algún coimero por dos razones. En primer lugar porque no quieren humillarse acudiendo a las casas de tablaje; y, aún más importante, porque como bien sabes todas las partidas, salvo aquellas en que se juega para comer o en las que las apuestas son inferiores a los dos reales, están prohibidas. Hasta hace algunos años, cualquiera que hubiera perdido en una partida clandestina podía reclamar en el plazo de ocho días que le devolvieran lo perdido. Ahora ya no se puede reclamar esa devolución; lo perdido, perdido está, pero si alguien denuncia una partida ilegal, hay cárcel para todos, y quienes han ganado tienen que pagar una multa igual a lo que se han embolsado más un tanto por igual importe que se reparte por tercios entre el rey, el juez y el denunciante. Ahí es donde entramos nosotros, los coimeros: todos los que se sientan o saben de una mesa clandestina son conscientes de que si llegan a denunciar una partida, su vida no vale una blanca. Cualquier coimero de Córdoba, de Sevilla, de Toledo, o de allí adonde escapase el denunciante ejecutará esa sentencia aunque no haya sido él quien organizara la partida. Es nuestra ley y tenemos medios para hacerlo, nadie lo duda, y el que es jugador… un día u otro reaparece en alguna tabla.

– En cualquier caso -dijo Hernando tras pensar unos instantes las palabras de Pablo-, ¿no te gustaría aprovecharte de ellos?

Coca sonrió.

– ¡Claro! Pero me juego mi negocio si nos descubren. Los coimeros corremos un riesgo añadido: aunque no se denuncie la partida, cualquier alguacil rencoroso que hubiera perdido en ella podría hacerme la vida imposible; un veinticuatro resentido me arruinaría. Explotar una casa de tablaje conlleva una pena de dos años de destierro y si te pillan con juegos de dados, la pena es la de confiscación de todos tus bienes, cien azotes y cinco años de galeras. Y en mi casa hay dados: buen dinero me rentan…

– No tienen por qué saber que jugamos juntos. Gano yo, tú pierdes, y repartimos después. Palomero, te costó mucho esfuerzo aprender el truco del Mariscal como para desaprovecharlo con cuatro muertos de hambre. Recuerda las ilusiones que nos hacíamos entonces.

– A veces corre la sangre -dudó el coimero.

– ¡Vamos a por su dinero! -insistió Hernando.

– ¿Piensas vivir del juego? -preguntó Coca-. Al final, de una forma u otra, nos relacionarían. No puedes estar ganando siempre en mis tablas.

– No es mi intención convertirme en fullero. Tan pronto como solucione lo de mi madre, escaparé de esta ciudad. Nos iremos… a Granada, probablemente.

El coimero bebió un largo trago de vino.

– Lo pensaré -dijo después.

Pablo Coca cumplió esa primera noche con sus señas y Hernando obtuvo unos beneficios tranquilizadores. Regresó a la posada del Potro y, antes de subir a su habitación, se dirigió a las cuadras para comprobar el estado de Volador. El caballo dormitaba atado a un pesebre corrido sin separaciones; descollaba entre dos pequeñas mulas. Con los animales dormían arrieros y huéspedes que no podían pagar las habitaciones del piso superior. Volador sintió su presencia y resopló. Hernando se acercó para palmearlo.

– ¿Qué haces ahí, chiquillo? -exclamó al observar a un muchacho hecho un ovillo, acostado sobre la paja, pegado a los cascos de las manos de Volador.

El niño, que no tendría más de doce años, mostró unos inmensos ojos castaños a Hernando, pero no se levantó.

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