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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– ¡Madre!

Se arrodilló al lado de un bulto inmóvil en el suelo de tierra. Con manos temblorosas tanteó entre las ropas que cubrían a Aisha en busca de su rostro. Le costó reconocer en él a quien le diera la vida. Consumida, la piel le colgaba lacia de cuello y mejillas; las cuencas de los ojos aparecían hundidas y amoratadas y los labios resecos y cortados. Su cabello no era sino un amasijo sucio y enredado.

– ¿Qué le habéis hecho? -masculló hacia el carcelero. El hombre no respondió y permaneció parado bajo el ancho quicio de la puerta-. Es sólo una anciana… -El carcelero se movió de un pie a otro y frunció el entrecejo hacia Hernando-. Madre -repitió él, agarrando con las palmas de las manos el rostro de Aisha y acercándolo hasta sus labios para besarlo. Aisha no respondió a los besos. Tenía la mirada perdida. Por un momento creyó que estaba muerta. La zarandeó levemente y ella se movió.

– Está loca -afirmó entonces el carcelero-. No quiere comer y apenas bebe agua. No habla ni se queja. Permanece así todo el día.

– ¿Qué le habéis hecho? -volvió a preguntar con la voz tomada, estúpidamente empeñado entonces en limpiar con su uña una pequeña mancha de tierra que Aisha mostraba en la frente.

– No le hemos hecho nada. -Hernando volvió la mirada hacia el carcelero-. Es cierto -aseguró el hombre, abriendo las manos-. El tribunal considera suficiente la declaración del alguacil para condenarla. Ya te he dicho que no habla. No han querido torturarla. Habría muerto. -Hernando volvió a buscar infructuosamente alguna reacción por parte de Aisha-. A nadie le extrañaría que muriera… esta misma noche…

Hernando se quedó quieto, de espaldas al hombre, con su madre en los brazos, inerte. ¿Qué quería decir?

– Podría morir -repitió el hombre desde la puerta-. El médico ya lo ha anunciado al tribunal. Nadie se preocuparía. Nadie vendría a comprobarlo. Yo mismo daría parte y luego la enterraría…

¡Era eso! Por eso le había permitido visitar a Aisha.

– ¿Cuánto? -le interrumpió Hernando.

– Cincuenta ducados.

¿Cincuenta? ¡Cinco!, estuvo a punto de ofrecer, pero se mordió la lengua. ¿Acaso iba a regatear con la vida de su madre?

– No los tengo -dijo.

– En ese caso… -El carcelero dio media vuelta.

– Pero tengo un caballo -susurró Hernando, mirando a los ojos inexpresivos de Aisha.

– No te oigo. ¿Qué has dicho?

– Que tengo un buen caballo -se esforzó Hernando elevando el tono de voz-. Marcado con el hierro de las caballerizas reales. Su valor es muy superior a esos cincuenta ducados.

Quedaron para esa misma noche. Hernando trocaría a Volador por Aisha. ¿Qué le importaba el dinero? Se trataba, simplemente, de un animal quizá… quizá por la sola oportunidad de poder enterrar a su madre y de que ésta muriera en sus brazos. Igual Dios le permitía abrir los ojos en ese último instante y él debía estar ahí. ¡Tenía que estar a su lado! Aisha no podía morir sin que él disfrutara de la oportunidad de reconciliarse con ella.

Miguel permanecía sentado en el suelo al lado de Volador, mirando cómo el caballo ramoneaba un manojo de verde que le había colocado en el pesebre.

– Lo siento -le dijo Hernando, acuclillándose para revolverle el cabello-. Esta noche venderé el caballo. -¿Por qué se disculpaba?, pensó al instante. Sólo era un chiquillo que…

– No -le contestó Miguel, interrumpiendo sus pensamientos, sin hacer el menor ademán de volverse hacia él.

– ¿Cómo que no? -Hernando no sabía si sonreír o enfadarse.

En ese momento Miguel levantó la vista hacia Hernando, que se había levantado y estaba junto al caballo.

– Señor, he estado con perros, gatos, pajarillos y hasta con un mono. Siempre sé cuándo van a volver… y siempre presiento cuándo es la última vez que voy a verlos. Volador volverá conmigo -afirmó con seriedad-, lo sé.

Hernando bajó la mirada hacia las piernas quebradas del muchacho, tendidas sobre la paja.

– No te lo discutiré. Quizá sea así. Pero me temo que en ese caso no vendrá conmigo.

Con el toque de completas, Hernando sacó a Volador de las cuadras y se encaminó por la calle del Potro hacia la mezquita. Habían quedado en la plaza del Campo Real, junto al alcázar. No quiso montarse en él. Andaba sin mirar hacia atrás, tirando del ronzal. Algo apartado, Miguel les perseguía a saltitos. Hernando llegó a la plaza y se dirigió a una de sus esquinas, donde igual que en casi todo el lugar se acumulaba la basura; allí, en el muladar, sin altar alguno que iluminase la noche, se procedería al trueque. Miguel se detuvo a algunos pasos de donde Hernando se puso a escrutar en la oscuridad, esperando distinguir la figura del carcelero con su madre a cuestas. El morisco no dio ninguna importancia a la extraña posición del muchacho, ambas piernas extrañamente apoyadas en el suelo y agarrado a una sola de sus muletas; tenía la otra en su mano derecha, alzada sobre su cabeza. Volador estaba nervioso: rebufaba, manoteaba y hasta hacía ademán de cocear.

– Tranquilo -trató de calmarle Hernando-, tranquilo, bonito.

El caballo debía presentir, pensó palmeándolo en el cuello, que iba a separarse de él. En ese mismo momento una rata enorme chilló y correteó entre las piernas de Hernando y de Volador. Otra y otra más la siguieron. Hernando saltó. Volador se encabritó, se liberó del ronzal y salió galopando despavorido. Miguel, en precario equilibrio, espantaba a las ratas a golpes de muleta.

Los relinchos de Volador, espantado, llamaron la atención de todos los caballos que permanecían estabulados en las caballerizas reales, junto al alcázar, y que, a su vez, se sumaron al escándalo. El portero de las caballerizas y dos mozos de cuadra salieron a la calle que daba a la plaza del Campo Real para vislumbrar en la oscuridad un magnífico caballo tordo que galopaba suelto, arrastrando el ronzal.

– ¡Se ha escapado un caballo! -gritó uno de los mozos.

El portero iba a discutir con el mozo, seguro de que ningún animal había escapado de las caballerizas, pero calló cuando a la luz de uno de los hachones de la Inquisición, Volador mostró el hierro del rey en su anca; sin duda se trataba de un caballo de las cuadras reales.

– ¡Corred! -chilló entonces.

Hernando también corría tras Volador. ¿Cómo iba a liberar a su madre con todo aquel jaleo? El carcelero no comparecería. Miguel logró alejarse de las ratas y permanecía quieto, extasiado en la fuerza y belleza de los movimientos del caballo, odiando las piernas inútiles sobre las que se mantenía. «Volverá», musitó hacia Hernando. De las caballerizas continuaban saliendo personas, pero también del propio alcázar; lo hacían por la puerta en la que durante el día los porteros vendían paños. Hernando se detuvo irritado al contemplar cómo cerca de media docena de hombres lograban acorralar a Volador contra uno de los muros del alcázar.

Cercado, resoplando, el caballo se dejó agarrar del ronzal.

– ¡Es mío! -Hernando se acercó al tiempo que mascullaba improperios contra las ratas. ¿Cómo no lo había previsto cuando el carcelero le propuso aquel lugar?

El personal de las cuadras no tardó en comprobar que aquel animal no era uno de los potros de las caballerizas.

– Deberías poner más atención -le recriminó uno de ellos-. Podría lastimarse en la noche.

Hernando no quiso contestar y alargó la mano para coger el ronzal. ¿Qué sabrían aquellos desgraciados?

– ¿Tú no eres el que viene cada día a ver a la loca? -le preguntó entonces uno de los porteros de la Inquisición.

Hernando frunció el ceño sin contestarle. ¿Cuántas veces podría haber llegado a pedirle a ese hombre permiso para ver a su madre, mientras él, en lugar de dedicarse a sus quehaceres, atendía a la venta de paños en la plaza, escuchaba con displicencia sus súplicas y se negaba?

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