Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
1 ... 179 180 181 182 183 184 185 186 187 ... 229
Перейти на страницу:

Durante el transcurso del largo viaje del joven Efraín desde Tetuán a Córdoba y su regreso, Fátima había especulado con mil posibilidades: que Hernando hubiera rehecho su vida y que se negara a abandonar la capital de los califas, ¡lo hubiera entendido! Incluso…, incluso llegó a plantearse que pudiera haber fallecido, sabía de la terrible epidemia de peste que había diezmado la población de Córdoba seis años atrás. Pudiera ser que tampoco quisiera abandonar el puesto de jinete de las caballerizas reales que tanto le satisfacía, o que sencillamente decidiera que la comunidad lo necesitaba allí, en tierras cristianas, copiando el libro revelado, los calendarios o las profecías… ¡Eso también lo hubiera entendido! Pero jamás llegó a pasar por su imaginación que Hernando hubiera traicionado a sus hermanos y a sus creencias. ¿Acaso no había sido ella misma quien renunció a su libertad para entregar aquellos dineros por la manumisión de un esclavo morisco?

– ¿Y dices…? -Fátima dudó. Era la época en que vivían juntos, los años del levantamiento de las Alpujarras en los que sufrieron mil y una calamidades por su Dios, con Ubaid y Brahim maltratándoles y humillándoles. ¿Cómo podía haberlo mantenido en secreto? Hernando le había contado de su fuga de la tienda de Barrax con aquel noble cristiano, pero ¿cómo podía haber callado la verdad después de los sacrificios que ella misma hizo por unirse en matrimonio? ¡Había perdido a su pequeño Humam en aquella guerra santa!-. ¿Dices que ya en las Alpujarras salvó la vida de varios cristianos?

– Sí, señora. Se sabe con certeza del noble que lo acogió en su palacio y de la esposa de un oidor de la Cancillería de Granada, pero la gente habla de muchos más.

Fátima estalló. Los gritos e insultos que surgieron de su garganta resonaron en la estancia. Anduvo airada hasta el patio, en donde levantó los brazos al cielo y dejó escapar un aullido de rabia y dolor. El viejo judío hizo una seña a su hijo y ambos abandonaron el palacio.

Pocos días después, Fátima llamó a Shamir y a su hijo, Abdul, y les contó cuanto sabía de Hernando.

– ¡Perro! -se limitó a mascullar Abdul en el momento en que su madre puso fin al relato.

Luego, ella los observó retirarse, serios y decididos, los colgantes de las vainas de sus alfanjes tintineando a su paso. ¡Eran corsarios!, pensó, hombres acostumbrados a vivir la crueldad.

A partir de aquel día, Fátima se dedicó a administrar con mano de hierro los beneficios y el patrimonio de la familia mientras los jóvenes navegaban. Nada la distrajo de su labor, aunque a solas, por las noches, seguía recordando a Ibn Hamid con una mezcla de rabia y dolor. Mediante una espléndida dote, casó a Maryam con un joven de la familia Naqsis, quienes ya dominaban Tetuán. También buscó esposas adecuadas para Abdul y Shamir. La alianza que trabó con la familia Naqsis tras la muerte de Brahim le resultó rentable, y su condición de mujer tampoco le impidió hacerse un lugar preeminente en el mundo de los negocios de la ciudad corsaria. No era la primera que intervenía en los asuntos de Tetuán; no en balde, tras ser conquistada por los musulmanes, su primera gobernadora fue una mujer tuerta cuya memoria era recordada y respetada. Como ella, Fátima también era temida y reverenciada. Como ella, también Fátima estaba sola.

IV En nombre de nuestro señor

Y dígoos que los árabes son una de las más excelentes gentes, y su lengua una de las más excelentes lenguas. Eligiólos Dios para ayudar a su ley en el último tiempo… Como me dijo Jesús, que ya ha precedido sobre los hijos de Israel, los que de ellos fueron infieles… que no se les levantará cetro jamás. Mas los árabes y su lengua volverán por Dios y por su ley derecha, y por su evangelio glorioso y por su Iglesia santa en el tiempo venidero.

Libros plúmbeos del Sacromonte:

El libro de la historia de la verdad del evangelio

(ed. de M. J. Hagerthy)

58

Córdoba, enero de 1595

El día había amanecido frío y encapotado, y Hernando, que a la sazón tenía ya cuarenta y un años, parecía haberse levantado de un humor tan gris como el cielo que se veía desde el patio. Miguel no podía evitar preocuparse por su señor y amigo: le notaba nervioso, desazonado, invadido por una ansiedad inusual en quien, durante siete años, desde que volvía de montar por las mañanas hasta la madrugada, solía recluirse tranquilamente en una estancia del segundo piso, convertida en biblioteca, donde los libros, los papeles y los escritos se amontonaban en mayor abundancia que las hojas de los árboles sobre el suelo en invierno.

No era sino la culminación de siete años de trabajo lo que originaba la ansiedad que Miguel observaba en Hernando en esos días. Siete años de estudio; siete años dedicado a pensar y urdir una trama que pudiera acercar a las dos grandes religiones: a cambiar la percepción que tenían los cristianos acerca de aquellos que habían señoreado los reinos españoles durante ocho siglos y a quienes ahora despreciaban. Había aprendido incluso latín para poder leer ciertos textos. Lograr el acercamiento entre ambas religiones había sido su único objetivo: había dejado de jugar a las cartas y sólo se permitía acudir de vez en cuando a la mancebía.

– ¡Los siete varones apostólicos! -había exclamado un día en el patio, hacía ya tiempo, sobresaltando a Miguel, que trajinaba con los arriates y las cañas donde brotarían las flores en primavera-. Si utilizo esa leyenda como referencia, me encajan todas las piezas, incluso la de san Cecilio de la que me habló Castillo.

El muchacho, enterado de sus manejos desde que oyó cómo Hernando se los confesaba a su madre antes de morir, compartía con indiferencia y bastante escepticismo los planes y progresos de su señor y amigo.

– ¿Acaso esperas, señor -le espetó un día en que hablaron del tema-, que yo pueda confiar en algún Dios? ¿Qué Dios es ése, sea el tuyo o el de ellos, que permite que a los niños se les rompan las piernas para obtener unos dineros de más?

Pese a ello, Hernando continuaba buscando en Miguel la posibilidad de exteriorizar sus dudas o sus progresos diarios. Necesitaba comentarlos con alguien, y Luna, Castillo y don Pedro se hallaban a leguas de distancia.

– ¿Y quiénes son esos varones apostólicos? -preguntó Miguel en tono de fastidio, aunque sólo fuera por complacerle.

– Según la leyenda que recogen algunos escritos -le explicó Hernando-, son siete apóstoles a quienes san Pedro y san Pablo enviaron a evangelizar la antigua Hispania: Torcuato, Tesifón, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecilio e Hiscio. Las reliquias de cuatro de ellos ya han sido encontradas y son veneradas en diversos lugares, pero ¿sabes una cosa?

Hernando dejó que la pregunta flotara en el aire. Miguel, apoyado en una de sus muletas mientras con la mano libre agarraba una rama seca, le miró con afecto: los ojos azules de su señor brillaban tanto que se obligó a cambiar de actitud y le mostró los dientes rotos en una sonrisa.

– ¿Qué, señor? Dímela.

– Que entre los tres varones apostólicos que todavía faltan por localizar se encuentra san Cecilio, de quien aseguran que fue el primer obispo de Granada. Sólo tengo que utilizar esa leyenda y hacer aparecer los restos de san Cecilio en Granada. ¡Hasta encajaría con el pergamino de la Turpiana! Podría…

– Señor -le interrumpió Miguel, dejando la rama y apoyándose en la segunda muleta-, ¿no sostienen los obispos que quien evangelizó nuestros reinos fue Santiago? Eso hasta yo lo sé, y no has nombrado a Santiago entre los siete.

1 ... 179 180 181 182 183 184 185 186 187 ... 229
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)