El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– La hija de su esclavo, para ser exactos. Salonia, se llamaba. -Creo que es algo lamentable que se les permita mezclarse con nosotros, los descendientes de Licinia, la primera mujer de Catón el censor. Y se han abierto camino hasta el Senado. Claro que los Porcios Catón Licinianos no les hablan; ni nosotros tampoco.
– ¿Y por qué le recibe Cneo Domicio?
Servilia Cepionis soltó una carcajada semejante a las de su insufrible padre.
– Bueno, los Domicios Ahenobarbos no son tan ilustres, ¿sabes? Tienen más dinero que antepasados, a pesar de todos los cuentos que dicen que Cástor y Pólux les tocaron la barba con algo rojo. No sé exactamente por qué le aceptan, pero me lo imagino. Fue mi padre quien lo resolvió.
– Resolvió, ¿el qué? -inquirió Livia Drusa, con el alma en los pies.
– Mira, la segunda rama de Catón el censor es una familia de pelirrojos. El propio Catón el censor era pelirrojo, para empezar. Pero Licinia y Emilia Paula eran morenas, por lo que sus hijos e hijas tienen el pelo y los ojos marrones, mientras que el esclavo Salonio de Catón el censor era un celtibero de Salo, en la Hispania Citerior, y tenía el pelo rubio. Su hija, Salonia, era muy rubia; por eso los Catones Salonianos tienen el pelo rojo y los ojos grises -dijo Servilia Cepionis, encogiéndose de hombros-. Los Domicios Ahenobarbos tienen que perpetuar el mito que inventaron de las barbas rojas heredadas de un antepasado que fue tocado por Cástor y Pólux y siempre se casan con mujeres pelirrojas; pero hay pocas, y si no hay una disponible de mejor linaje, imagino que Domicio Ahenobarbo se casará con una de la rama de los Catones Salonianos. Son tan engreídos que consideran su sangre capaz de absorber cualquier porquería.
– Entonces, ese amigo de Cneo Domicio tendrá una hermana.
– Tiene una hermana -contestó Servilia Cepionis con un sobresalto-. Tengo que ir a ver. ¡Qué día! Vamos, ven a cenar.
– Ve tú; antes tengo que dar de comer a la niña.
La mención de la pequeña bastó para que la madre frustrada que era Servilia Cepionis se alejase apresuradamente. Livia Drusa volvió a la balaustrada y miró hacia abajo. Allí seguía Cneo Domicio y su visita, el joven pelirrojo de abuelo esclavo. Quizá la oscuridad creciente hacía menos vistoso su pelo, y aparentaba ser menos alto, menos ancho de espaldas. Su cuello era algo ridículo, demasiado largo y delgado para ser romano. A Livia Drusa le brotaron cuatro escuetas lágrimas, que cayeron sobre la barandilla pintada de amarillo.
He sido una tonta, como de costumbre, pensó. He estado soñando cuatro años seguidos con un hombre que es descendiente de un esclavo, y de un esclavo real, no de uno mitológico. Yo le había imaginado rey, noble y valiente como Odiseo; me había convertido en una paciente Penélope que aguarda su llegada. Y ahora descubro que no es noble. ¡Ni siquiera de una cuna decente! Al fin y al cabo, ¿qué era Catón el censor, sino un campesino de Tuscúlo, amparado por el patricio Valerio Flaco? Un auténtico precursor de Cayo Mario. Ese hombre de ahí abajo es descendiente directo de un esclavo hispano y de un campesino. ¡Qué tonta soy! ¡Una idiota estúpida!
Cuando llegó al cuarto de la niña, se encontró a la pequeña Servilia hambrienta por no haberse respetado el horario aquel día tan agitado, y se sentó quince minutos a darle el pecho.
– Tendrás que buscar un ama de cría -dijo a la niñera macedónica antes de marcharse-, porque quiero descansar un tiempo antes del parto. Y cuando nazca el que viene, le pones un ama de cría desde el principio, porque está visto que dar el pecho no impide quedarse embarazada, si no no lo estaría.
Llegó al comedor en el momento en que servían el plato principal, y se sentó lo más discretamente que pudo en la silla frente a Cepio hijo. Todos comían con ganas, y Livia Drusa advirtió que ella también tenía apetito.
– ¿Te encuentras bien, Livia Drusa? -inquirió Cepio hijo, con gesto preocupado-. Pareces enferma.
Sorprendida, le miró y, por primera vez en todos aquellos años, su rostro no le causó aquellos sentimientos de repulsa. No, él no era pelirrojo, ni tenía los ojos grises, ni era alto y esbelto y de anchas espaldas, ni sería jamás el rey Odiseo. Pero era su esposo, la amaba y le era fiel; era el padre de sus hijos y patricio romano, noble por parte de padre y madre.
Así que le sonrió; una sonrisa que incluso le asomó a los ojos.
– Creo que es por el día que hemos pasado, Quinto Cecilio -contestó dulcemente-. En realidad, hacia años que no me sentía tan bien.
Animado por el resultado del juicio de Cepio, Saturnino comenzó a actuar con tan arbitraria arrogancia que el Senado se resintió en sus cimientos. Sin que se hubiesen apagado las brasas del proceso de Cepio, Saturnino acusó a Cneo Malio Máximo por "pérdida de su ejército" ante la Asamblea de la plebe con idéntico resultado. Malio Máximo, que se había quedado sin hijos por la batalla de Araúsio, ahora perdía la ciudadanía romana y se veía obligado a emprender el exilio, mucho más privado de medios que el codicioso Cepio.
Luego, a finales de febrero, se aprobó la nueva ley relativa a la traición, la lex Apuleia de matestate, privando a las molestas centurías de la potestad de juzgar los delitos de traición y encomendándolos a un tribunal especial formado estrictamente por caballeros, y en el que no participaba el Senado. Pese a ello, los senadores no alegaron nada en contra durante el debate ni intentaron oponerse a que se promulgara la ley.
Por colosales que fuesen aquellos cambios, y de incalculable importancia para el futuro gobierno de Roma, no atrajeron tanto el interés del Senado o del pueblo como la elección pontifical celebrada por entonces. La muerte de Lucio Cecilio Metelo Dalmático, pontífice máximo, había dejado no una, sino dos vacantes en el colegio de pontífices; y como esas dos vacantes las ocupaba un solo hombre, hubo quienes arguyeron que bastaba con una sola elección. Pero, como señaló Escauro, príncipe del Senado, con un peligroso temblor en la voz y boca estremecida, eso sólo habría sido posible si el elegido pontífice ordinario hubiera sido también candidato al cargo supremo. Finalmente se llegó al acuerdo de elegir primero al pontífice máximo.
– Entonces ya veremos lo que se hace -dijo Escauro, con profundos suspiros y muerto de risa.
Tanto Escauro, príncipe del Senado, como Metelo el Numídico eran candidatos al cargo, igual que Catulo César y Cneo Domicio Ahenobarbo.
– Si me eligen, o eligen a Quinto Lutacio, haremos una segunda votación para el pontífice ordinario, ya que los dos pertenecemos al colegio -dijo Escauro, con heroico control de la voz.
Formaban parte de él un tal Servilio Vatia, Elio Tubero, Metelo el Numídico y Cneo Domicio Ahenobarbo.
La nueva ley estipulaba que diecisiete de las treinta y cinco tribus fuesen elegidas a suertes y que éstas efectuasen la votación. Se echaron a suertes y se determinaron las diecisiete tribus en cuestión. Todo ello se hizo aquel mismo día en el Foro con gran sentido del humor y tolerancia y sin ningún tipo de violencia, pues no era Escauro el único que se divertía enormemente, dado que a los romanos no había nada que más complaciese su sentido del humor que aquella competición por el título más augusto en los rollos de los censores, en particular cuando la parte ofendida había logrado tan limpiamente devolver la pelota a los ofensores.
Naturalmente, Cneo Domicio Ahenobarbo era el protagonista del momento. Y a nadie le sorprendió que fuese elegido pontífice máximo, con lo cual se hacía innecesaria la segunda elección. Entre vítores y guirnaldas al viento, Cneo Domicio Ahenobarbo representaba la venganza perfecta sobre aquellos que habían dado el sacerdocio de su fallecido padre al joven Marco Livio Druso.
Escauro se retorció en un paroxismo de carcajadas nada más saberse el veredicto, con gran disgusto de Metelo el Numídico, que no le veía la gracia.
– ¡De verdad, Marco Emilio, sois el colmo! ¡Es una ofensa! Ese pípinna con tan mal genio y mala bilis de pontífice máximo! ¿Después de mi querido hermano Dalmático? ¿Y contra vos, o contra mí? -exclamó, dando un puñetazo contra una de las proas que adornaban la rostra-. ¡Ah, si hay algo que detesto en los romanos es cuando su pervertido sentido del ridículo predomina sobre el sentido común! ¡Me resulta más perdonable la promulgación de una ley de Saturnino que esto! Al menos una ley de Saturnino implica opiniones muy enraizadas en el pueblo. ¡Pero esta… esta farsa, es pura irresponsabilidad! Siento tal vergüenza que me dan ganas de unirme a Quinto Servilio en el destierro.