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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Los últimos y fúnebres quince kilómetros hasta Caemlyn les costaron dos días de viaje a través de la nieve, un grupo muy apagado, incluso las Detectoras de Vientos. Ello no quería decir que no exigiesen menos de Merilille, ni que las Allegadas no hablaran y se callaran cada vez que una hermana o una mujer del Círculo se acercaba. Vandene, con la silla repujada con plata de su hermana puesta en su montura, se mostraba tan serena como lo había estado junto a la sepultura de Adeleas, pero en los ojos de Jaem se advertía una silenciosa promesa de muerte que sin duda también alentaba en el corazón de Vandene. Elayne no habría podido ser más feliz de ver las murallas y las torres de Caemlyn si su mera aparición le hubiese puesto en las manos la Corona de la Rosa y hubiese devuelto la vida a Adeleas.

Ni siquiera Caemlyn, una de las grandes urbes del mundo, había visto jamás un grupo como el suyo, y una vez dentro de las murallas de piedra gris, de quince metros de altura, la gente empezó a fijarse en ellos mientras cruzaban la Ciudad Nueva a lo largo de amplias avenidas enfangadas de nieve medio derretida y bulliciosas con el ajetreado ir y venir de personas, carros y carruajes. Los tenderos salían a las puertas de los establecimientos y miraban boquiabiertos. Los carreteros frenaban las yuntas para observarlos de hito en hito. Altos Aiel y altas Doncellas los seguían con la mirada desde todos los rincones, al parecer. La gente no parecía reparar en los Aiel, pero Elayne sí lo hizo. Amaba muchísimo a Aviendha, pero no le gustaba que hubiese un ejército de Aiel caminando por las calles de Caemlyn.

La Ciudad Interior, circunvalada por murallas y torreones de piedra blanca con vetas plateadas, fue un delicioso recuerdo recobrado, y finalmente Elayne empezó a sentir que se encontraba de vuelta en casa. Las calles seguían la curvatura de las colinas, y cada alto de una cuesta ofrecía un nuevo panorama de parques cubiertos de nieve y monumentos diseñados para ser contemplados tanto desde arriba como de cerca, con torres revestidas de tejas en llamativos colores, brillando con cientos de tonalidades bajo el sol de la tarde. Y entonces el propio Palacio Real apareció ante ellos, un conjunto de pálidas y esbeltas torres, doradas cúpulas y mamposterías con intrincadas tracerías. La bandera de Andor, el León Blanco sobre campo rojo, flameaba en casi todas las atalayas del conjunto, y en otras lo hacían el Estandarte del Dragón o la Enseña de la Luz.

A las altas y doradas puertas del palacio, Elayne siguió adelante sola, con su traje de montar gris, sucio por el viaje. La tradición y la leyenda decían que las mujeres aspirantes al trono que se dirigían por primera vez a palacio con boato y esplendor siempre fracasaban en su propósito. Había dejado claro que tenía que hacerlo sola, si bien casi deseó que Aviendha y Birgitte hubiesen impuesto su criterio en contra del de ella. La mitad de las dos docenas de guardias apostados en las puertas eran Doncellas Aiel, y el resto, hombres con yelmos y chaquetas azules, con pecheras adornadas con un dragón rojo y dorado, cruzado de lado a lado.

—Soy Elayne Trakand —anunció en voz alta, sorprendida de que sonase tan tranquila. Sus palabras se oyeron en la gran plaza, y la gente se volvió para mirarla a ella y a sus compañeros de hito en hito. La antigua fórmula salió de su boca con fluidez—. En nombre de la casa Trakand y por el derecho que me asiste como descendiente de Ishara, vengo a reclamar el Trono del León de Andor, si así lo quiere la Luz.

Las puertas se abrieron de par en par.

No iba a ser así de sencillo, por supuesto. Ni siquiera la posesión del palacio garantizaba la del trono. Dejando a sus compañeros al cuidado de una estupefacta Reene Harfor —y muy complacida de que la entrecana doncella primera, oronda y tan majestuosa como una reina, siguiera teniendo en sus capacitadas manos la organización de palacio— y de un corrillo de criados en uniformes rojos y blancos, Elayne se dirigió apresuradamente hacia el gran Salón del Trono de Andor. Sola otra vez. Esto no era parte del rito, todavía. Debería haber ido a cambiarse de ropa, ponerse el vestido de seda roja con el corpiño bordado de perlas y leones blancos subiendo por las mangas, pero no pudo contener el impulso. Esta vez, ni siquiera Nynaeve intentó oponerse.

Columnas blancas, de veinte pasos de altura, se sucedían a ambos lados de la gran sala. El Salón del Trono estaba desierto; eso no duraría mucho. La clara luz de la tarde se filtraba por los altos ventanales de las paredes, mezclándose con los haces multicolores que se proyectaban desde las grandes ventanas del techo, donde el León Blanco de Andor se alternaba con escenas de victorias andoreñas y los rostros de las antiguas reinas del país, empezando por Ishara, de tez tan oscura como cualquier Atha’an Miere, tan rebosante de autoridad como cualquier Aes Sedai. Ninguna soberana de Andor podía olvidar quién era y qué se esperaba de ella con sus antecesoras, que habían forjado esa nación, contemplándola fijamente desde arriba.

Una cosa temía ver: la inmensa monstruosidad de un trono, todo él dragones dorados, que había contemplado sobre el estrado, al fondo del salón, en el Tel’aran’rhiod. No se encontraba allí, gracias a la Luz. Tampoco el Trono del León descansaba ya sobre un alto plinto, como un trofeo expuesto, sino que ocupaba su lugar, sobre el estrado; era un sillón grande, tallado y dorado, pero del tamaño adecuado para una mujer. El León Blanco, formado con piedras de la luna sobre un campo de rubíes, quedaría justo por encima de cualquier mujer que se sentase en el solio. Ningún hombre se sentiría a gusto sentado en ese trono porque, así lo decía la leyenda, sabría que con ese gesto había firmado su sentencia de muerte. Elayne creía que lo más probable era que los artesanos que lo habían construido se hubieran asegurado, simplemente, de que un hombre no cupiese bien en él.

Subió las gradas blancas del estrado y posó una mano en uno de los brazos del trono. No tenía derecho a sentarse en él; aún no. No hasta que fuera reconocida como reina. Pero hacer juramentos ante el Trono del León era una costumbre tan antigua como el propio Andor. Tuvo que resistir el deseo de caer de hinojos y ponerse a llorar sobre el asiento. Que se hubiese resignado a la idea de que su madre había muerto no significaba que el dolor de la pérdida hubiese desaparecido, y aquello lo reavivó con toda la intensidad del primer momento. Sin embargo, ahora no podía venirse abajo.

—Juro por la Luz que honraré tu memoria, madre —susurró en voz queda—. Que honraré el nombre de Morgase Trakand e intentaré que todos mis actos reporten mayor gloria y honor a la casa Trakand.

—He ordenado a los guardias que no dejen acercarse a los curiosos y buscadores de favores. Supuse que querías estar sola aquí un rato.

Elayne se giró lentamente para mirar a Dyelin Taravin al tiempo que la mujer rubia recorría la longitud de la sala en dirección a ella. Dyelin había sido una de las primeras en apoyar a su madre cuando ésta aspiraba al trono. Su cabello tenía más hebras grises de las que recordaba Elayne, y había más arrugas en los ángulos externos de sus ojos, pero seguía siendo muy hermosa. Una mujer fuerte. Y poderosa, ya fuera como amiga o como enemiga.

Se detuvo al pie del estrado y alzó la vista hacia la joven.

—Llevo dos días oyendo rumores de que estabas viva, pero no lo creí realmente hasta ahora. ¿Has venido a aceptar el trono de manos del Dragón Renacido, pues?

—Reclamo el trono por derecho propio, Dyelin, sin recibirlo de manos de nadie. El Trono del León no es una bujería para aceptarlo como regalo de un hombre. —Dyelin asintió como ante una verdad manifiesta; cosa que era así, para cualquier andoreño—. ¿Cuál es tu postura, Dyelin? ¿A favor de la casa Trakand o en contra? He oído tu nombre a menudo en mi camino hacia aquí.

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