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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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—La Corona de Laurel es más bonita que otras —comentó Cadsuane con una leve sonrisa. Los adornos del cabello se mecían cada vez que soplaba una ráfaga, y algunos mechones sueltos del moño se agitaban, pero su única reacción a las acometidas de aire fue coger el bastidor de bordar justo antes de que lo tirara de la mesa—. Prefiero ese nombre. Pero no esperarás impresionarme con coronas. He azotado los traseros de dos reyes y tres reinas gobernantes, aunque no pudieron sentarse en sus tronos en dos o tres días cuando hube acabado con ellos, ya me entiendes. Pero sí conseguí que me prestaran atención. Comprenderás por qué no me impresionan las coronas.

Rand aflojó las mandíbulas. Rechinar los dientes no le serviría de nada. Abrió mucho los ojos, esperando que su aspecto fuera el de un demente o el de un hombre furioso, simplemente.

—Casi todas las Aes Sedai evitan el Palacio del Sol —empezó—. Salvo aquellas que me han jurado lealtad. Y las que tengo prisioneras. —Luz, ¿qué iba a hacer con ésas? Mientras las Sabias se ocuparan de ellas y se las quitasen de encima, la cosa no iba mal.

—Al parecer los Aiel creen que puedo ir y venir a mi antojo —contestó distraídamente, mirando el bastidor que tenía en la mano como si estuviera pensando en coger la aguja de nuevo—. Algo relacionado con la insignificante ayuda que le presté a cierto muchacho. Aunque me cuesta encontrar una razón por la que cualquier persona, excepto su madre, lo consideraría merecedor de ello.

Rand tuvo que esforzarse de nuevo para no rechinar los dientes. La mujer le había salvado la vida. Ella y Damer Flinn, así como otros muchos involucrados en el asunto, Min entre ellos. Pero aun así seguía estando en deuda con Cadsuane. Maldita mujer.

—Quiero que seáis mi consejera. Ahora soy rey de Illian, y los reyes tienen consejeras Aes Sedai.

La mujer dirigió una mirada desdeñosa a la corona.

—De ninguna manera. Demasiado a menudo para mi gusto, una consejera tiene que ver cómo la persona a su cargo mete la pata sin poder hacer nada para evitarlo. También debe acatar órdenes, algo que a mí no se me da muy bien hacer. ¿No te serviría alguna otra? ¿Alanna, tal vez?

A despecho de sí mismo, Rand se puso tieso en el sillón. ¿Sabía lo del vínculo? Merana había dicho que no era nada fácil ocultarle algo. No; ya se preocuparía después sobre lo que sus «fieles» Aes Sedai le estaban contando a Cadsuane. Luz, ojalá Min estuviera equivocada, para variar. Sin embargo, antes creería que era capaz de respirar en el agua.

—Yo… —Le resultaba imposible decirle que la necesitaba. ¡Nada de correas ni ronzales!—. ¿Y si no tuvieseis que prestarme ningún juramento?

—Supongo que eso podría funcionar —contestó, dubitativa, sin apartar la vista de la maldita costura. Alzó los ojos hacia él. Calculadora—. Pareces… inquieto. No me gusta decirle a un hombre que está asustado ni siquiera cuando tiene motivos para estarlo. ¿Inquieto por la posibilidad de que una hermana a la que no has convertido en un perrillo faldero amaestrado te esté tendiendo algún tipo de trampa? Veamos. Puedo hacerte algunas promesas; quizás eso te tranquilice. Espero que atiendas mis consejos, naturalmente; hazme gastar saliva en balde, y lo sentirás. Sin embargo, no te obligaré a hacer lo que quiera. Huelga decir que no tolero que nadie me mienta; ésa es otra cosa que te traería consecuencias desagradables. Pero tampoco espero que me cuentes los anhelos más íntimos de tu corazón. Ah, sí. Haga lo que haga, será por tu propio bien; no por el mío ni por el de la Torre Blanca, sino por el tuyo. Bien, ¿mitiga esto tus temores? Perdona. Tu inquietud.

Preguntándose si se suponía que tenía que reírse, Rand la miró de hito en hito.

—¿Os enseñan cómo hacer eso? —demandó—. Conseguir que una promesa suene a amenaza, me refiero.

—Oh, entiendo. Quieres reglas. Casi todos los chicos las quieren, digan lo que digan. Muy bien. Veamos. No aguanto los malos modales, así que serás debidamente cortés conmigo, con mis amigos y mis invitados. Eso incluye no encauzar en ellos, por si acaso no lo habías adivinado, y controlar tu genio, que tengo entendido es memorable. Y lo mismo reza para tus… compañeros de chaqueta negra. Sería una lástima que tuviera que darte una zurra por algo que hubiera hecho uno de ellos. ¿Son suficientes reglas? Puedo estipular más, si las necesitas.

Rand soltó la copa junto al sillón. El té se había quedado frío, además de amargo. La nieve empezaba a amontonarse debajo de las ventanas.

—Se supone que soy yo quien va a volverse loco, Aes Sedai, pero vos ya lo estáis. —Se puso de pie y se encaminó hacia la puerta.

—Confío sinceramente en que no hayas intentado utilizar Callandor —dijo con suficiencia a su espalda—. He oído que ha desaparecido de la Ciudadela. Conseguiste escaparte una vez, pero puede que no lo logres una segunda.

Rand se frenó en seco y miró hacia atrás. La mujer estaba empujando esa maldita aguja a través de la tela estirada en el bastidor. ¡Tan tranquila! Sopló una ráfaga de viento que arremolinó la nieve alrededor, pero ella ni siquiera levantó la cabeza.

—¿Escapar? ¿A qué os referís?

—¿Cómo? —No levantó la vista de la costura—. Oh. Muy pocas personas, incluso en la Torre, sabían lo que era Callandor antes de que la blandieses, pero hay cosas sorprendentes escondidas en rincones recónditos y mohosos de la biblioteca de la Torre. Estuve rebuscando hace algunos años, cuando sospeché por primera vez que podrías estar mamando del pecho de tu madre, justo antes de decidir volver a retirarme. Los bebés son algo muy sucio, y no se me ocurría cómo dar contigo antes de que dejaras de gotear por uno u otro sitio.

—¿A qué os referís? —demandó bruscamente.

Cadsuane alzó la vista entonces, y a pesar de los mechones ondeando y la nieve posándose en su vestido, parecía una reina.

—Te dije que no aguanto los malos modales. Si vuelves a pedirme ayuda, espero que lo hagas con educación. ¡Y espero una disculpa por tu comportamiento de hoy!

—¿Qué quisisteis decir con respecto a Callandor?

—Es defectuosa —replicó, cortante—, le falta el amortiguador que hace que otros sa’angreal puedan usarse sin peligro. Y aparentemente acrecienta la infección, provocando el desenfreno de la mente. Siempre y cuando la utilice un varón, en cualquier caso. El único modo seguro de utilizar La Espada que no es una Espada, el único modo de usarla sin correr el riesgo de matarte a ti mismo o intentar hacer sólo la Luz sabe qué locura, es vincularte con dos mujeres y que una de ellas sea la que dirija los flujos.

Tratando de no encorvar los hombros, se alejó de ella. Así que no había sido sólo el extraño comportamiento del saidin en Ebou Dar lo que había matado a Adley. Él lo había matado ya en el momento en que envió a Narishma a buscar esa cosa.

—Recuerda, muchacho —sonó tras él la voz de Cadsuane—. Debes pedirlo con mucha educación y disculparte. Puede que acceda a tu petición si tu disculpa suena realmente sincera.

Rand apenas la escuchó. Había esperado utilizar de nuevo a Callandor, había confiado en que fuera bastante fuerte. Ahora sólo quedaba una opción, y le aterraba. Le pareció oír la voz de otra mujer; la voz de una mujer muerta: «Podrías desafiar incluso al Creador».

28

Espino carminita

No parecía precisamente el escenario para que se produjera el estallido que Elayne había temido. Puente Harlon era un pueblo moderadamente grande, con tres posadas y suficientes casas para que nadie tuviese que dormir en un pajar. Cuando Elayne y Birgitte bajaron la escalera hacia la sala esa mañana, la señora Eneldo, la oronda posadera, les sonrió afablemente y les hizo una reverencia todo lo pronunciada que le permitía su corpulencia. Su deferencia no se debía únicamente al hecho de que Elayne fuese una Aes Sedai. La señora Eneldo se sentía tan contenta de que su posada estuviese llena, al estar las calzadas atestadas de nieve, que hacía reverencias a casi todo el mundo. Cuando entraron en la sala, Aviendha se tragó rápidamente el último bocado de pan y queso de su desayuno, se sacudió unas miguitas que habían caído en su vestido verde y cogió su capa oscura para reunirse con ellas.

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