Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El camino de dagas - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
1 ... 163 164 165 166 167 168 169 170 171 ... 208
Перейти на страницу:

—Tú te quedas aquí —repuso firmemente. Todavía no tenía muy claro lo que intentaba hacer, no del todo, y no quería que ella lo viera dar un traspié. Temía darlo. No obstante, esperaba una discusión.

La joven lo miró ceñuda y dejó de dar golpecitos con el pie. El brillo furioso de sus ojos se apagó para dar paso a la preocupación, si bien desapareció en un visto y no visto.

—Bien, supongo que eres lo bastante mayor para cruzar el patio del establo sin que te lleven de la mano, pastor. Además, me estoy retrasando en la lectura.

Se dejó caer en uno de los sillones dorados, con las piernas cruzadas debajo, y cogió el libro que había estado leyendo cuando él entró. Unos segundos después, parecía totalmente absorta en la página.

Rand asintió. Eso era lo que quería, que se quedase allí, a salvo. Con todo, no tenía que olvidarse de él tan completamente.

Había seis Doncellas acuclilladas en el pasillo, al otro lado de la puerta. Lo miraron fríamente, sin decir palabra. La mirada de Nandera era la más fría de todas; aunque la de Somara y la de Nesair no le andaban lejos. Le parecía recordar que Nesair era Shaido; tendría que vigilarla estrechamente.

También esperaban los Asha’man —Lews Therin murmuró algo sobre matar dentro de su cabeza—, todos ellos salvo Narishma con el alfiler del dragón en el cuello de la chaqueta, así como el de la espada. Secamente, ordenó a Narishma que montara guardia a la puerta de sus aposentos, y el hombre saludó formalmente, con aquellos oscuros y enormes ojos que veían demasiado trasluciendo un velado reproche. Rand no creía que las Doncellas trasladaran su desagrado en contra de Min, pero no quería correr ningún riesgo. Luz, le había dicho a Narishma todo lo referente a las trampas que había tejido en la Ciudadela cuando lo envió a recoger a Callandor. El hombre se imaginaba cosas. Así lo abrasara la Luz, aquello había sido un riesgo absurdo.

«Sólo los locos nunca se fían». Lews Therin parecía divertido. Y bastante ido. Las heridas del costado le daban punzadas; parecían resonar una en la otra en un dolor distante.

—Mostradme dónde puedo encontrar a Cadsuane —ordenó.

Nandera se incorporó sin brusquedad y echó a andar sin mirar atrás. Rand la siguió, y los otros —Dashiva, Flinn, Morr y Hopwil— fueron en pos de él. Les dio instrucciones mientras caminaban. Flinn —¡quién lo habría pensado!— intentó protestar, pero Rand lo cortó de manera rotunda; no era momento de acobardarse. Era el último de quien habría esperado algo así. De Morr y de Hopwil, quizá. Aunque ya habían perdido la ingenuidad, aún eran lo bastante jóvenes para no utilizar sus cuchillas de afeitar la mitad de los días. Pero no Flinn. Las suaves botas de Nandera no hacían el menor ruido, en tanto que las de ellos resonaban en el alto techo, ahuyentando a cualquiera con el más leve motivo para tener miedo. Las heridas no dejaban de darle punzadas.

A esas alturas, todos en el Palacio del Sol conocían de vista al Dragón Renacido, y también sabían quiénes eran los hombres de chaqueta negra. Sirvientes con uniforme negro hacían profundas reverencias antes de alejarse apresuradamente. La mayoría de los nobles ponían distancia entre ellos y los cinco hombres que encauzaban casi con igual precipitación, dirigiéndose hacia donde fuera con un gesto decidido en sus semblantes. Ailil los vio pasar con una expresión indescifrable. Anaiyella sonrió tontamente, ni que decir tiene, pero cuando Rand miró hacia atrás vio que la mujer lo observaba con un gesto que no tenía nada que envidiar al de Nandera. Bertome sonrió al tiempo que hacía una reverencia; un gesto en el que no había nada de risueño ni de grato.

Nandera ni siquiera pronunció palabra cuando llegaron a su destino, limitándose a señalar, con una de las lanzas, una puerta cerrada, tras lo cual giró sobre sus talones y emprendió el regreso por donde habían llegado. El Car’a’carn sin una sola Doncella de escolta. ¿Consideraban que cuatro Asha’man bastaban para protegerlo? ¿O la marcha de Nandera era otra muestra de su desagrado?

—Haced lo que os he dicho —advirtió Rand.

Dashiva dio un respingo, como si de repente tomara conciencia de dónde se encontraba, y entonces asió la Fuente. La ancha puerta, tallada en líneas verticales, se abrió violentamente, empujada por un flujo de Aire. Los otros tres asieron el saidin y siguieron a Dashiva al interior, con los rostros sombríos.

—El Dragón Renacido —anunció Dashiva en voz alta, amplificada ligeramente por el Poder—, rey de Illian, Señor de la Mañana, viene a ver a la mujer llamada Cadsuane Melaidhrin.

Rand entró majestuosamente, la cabeza alta. No reconocía el otro tejido creado por Dashiva, pero el aire parecía cargado de amenaza, una sensación de algo inexorable aproximándose, cada vez más cerca.

—Os mandé llamar, Cadsuane —dijo Rand. No utilizó tejidos; su voz sonaba dura e impasible de sobra, sin necesidad de ayudas.

La hermana Verde se encontraba sentada junto a una mesita, con el bastidor de bordar en las manos y un cestillo de costura abierto sobre el pulido tablero, las madejas de hilos de vivos colores rebosando de alguno de sus numerosos compartimientos. Estaba exactamente como la recordaba, el rostro de rasgos firmes coronado por un moño gris acerado, adornado con pequeños colgantes dorados en forma de peces, pájaros, estrellas y lunas. Aquellos oscuros ojos, que parecían casi negros en contraste con la blanca tez. Unos ojos fríos, calculadores. Lews Therin soltó un gemido y desapareció al verla.

—Vaya —dijo mientras dejaba el bastidor en la mesa—, he de decir que he visto mejores entradas en escena sin pagar. Con todo lo que he oído sobre ti, muchacho, lo menos que esperaba eran truenos, relámpagos surcando el cielo y toques de trompeta empíreos. —Contempló con calma a los cinco hombres de semblante pétreo, varones que encauzaban, lo que habría bastado para que cualquier Aes Sedai se encogiera. Contempló con calma al Dragón Renacido—. Confío en que uno de vosotros haga al menos juegos malabares. O que trague fuego. Siempre me ha gustado ver a los juglares tragando fuego.

Flinn soltó una carcajada antes de poder contenerse, e incluso entonces se pasó la mano por el ralo cabello, al parecer haciendo un esfuerzo para reprimir la risa. Morr y Hopwil intercambiaron una mirada entre desconcertada e indignada. Dashiva esbozó una sonrisa desagradable y el tejido que sujetaba se hizo más fuerte, hasta el punto de que Rand sintió deseos de mirar hacia atrás para ver qué se le echaba encima.

—Basta con que sepáis que soy quien soy —respondió Rand—. Dashiva, todos vosotros, esperad fuera.

Dashiva abrió la boca como para protestar. La orden no formaba parte de las instrucciones impartidas por Rand, pero no iban a intimidar a la mujer; no de ese modo. El hombre se marchó, sin embargo, mascullando para sí. De hecho, Hopwil y Morr salieron a buen paso, lanzando ojeadas de soslayo a Cadsuane. Flinn fue el único que hizo una retirada digna, a pesar de su cojera. ¡Y todavía parecía regocijado!

Rand encauzó y un sillón pesado, con tallas de leopardos, flotó por el aire desde su lugar junto a la pared, dando vueltas y vueltas antes de posarse como una pluma delante de Cadsuane. Al mismo tiempo, una jarra de plata se alzó de una mesa alargada que había al otro lado del cuarto, soltando un chasquido metálico, seco y breve, como si se hubiese calentado de golpe; el vapor salió por la boca del recipiente y se volcó, girando y girando lentamente como un trompo, a la par que una copa de plata salía disparada de la mesa para coger, por muy poco, el oscuro líquido que se vertía.

—Demasiado caliente, creo —dijo Rand, y los revestimientos de cristal saltaron de los altos ventanales. Los copos de nieve entraron arremolinados en una ráfaga helada, y la copa flotó a través de una de las ventanas y después volvió al interior, directamente a su mano, mientras él tomaba asiento. A ver si ahora se mostraba tan tranquila, con la mirada de un hombre demente clavada en ella. El oscuro líquido era té, demasiado fuerte después de haberlo hecho cocer, y tan amargo como para darle dentera; sin embargo, la temperatura era perfecta. Se le había puesto carne de gallina a causa de las ráfagas que penetraban en la estancia, sacudiendo los tapices contra las paredes, pero dentro del vacío era una sensación lejana, el frío de otra persona.

1 ... 163 164 165 166 167 168 169 170 171 ... 208
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)