El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Fuera, el sol empezaba a asomarse por el horizonte, semejando una cúpula de color amarillo pálido. Sólo unas pocas nubes rompían la uniformidad de un hermoso cielo azul, y eran blancas y esponjosas, no de la clase que traía nieve. Parecía un día estupendo para viajar.
Salvo porque Adeleas caminaba por la nevada calle, abriendo un camino, y arrastraba por el brazo a una de las Allegadas, Garenia Rosoinde. Ésta era una saldaenina de caderas estrechas que había pasado los últimos veinte años ejerciendo el oficio de mercader, a pesar de que por su aspecto parecía poco mayor que Nynaeve. Normalmente, su nariz ganchuda le daba el aspecto de una mujer enérgica, dura en los tratos comerciales, que no se echaba atrás. Ahora sus oscuros ojos rasgados estaban desorbitados y su ancha boca se abría en un lamento mudo. Un grupo de Allegadas, que aumentaba progresivamente, las seguía, remangándose las faldas para evitar la nieve y murmurando entre sí, en tanto que más mujeres acudían corriendo de todas direcciones para unirse a ellas. Reanne y las restantes componentes del Círculo de Labores de Punto iban al frente, todas exhibiendo semblantes sombríos, con excepción de Kirstian, que parecía aún más pálida de lo habitual. También estaba Alise, con el gesto impávido.
Adeleas se paró delante de Elayne y empujó a Garenia tan bruscamente que la mujer cayó a gatas en la nieve, donde se quedó gimiendo. Las Allegadas se reunieron detrás de ella, el grupo cada vez más numeroso.
—Acudo a ti con este asunto porque Nynaeve está ocupada —anunció a Elayne la hermana Marrón. Lo que quería decir realmente era que Nynaeve disfrutaba de un rato a solas con Lan en alguna parte, pero, por una vez, ni el más leve indicio de sonrisa asomaba a sus labios—. ¡Cállate, muchacha! —espetó a Garenia, cuyos gemidos se cortaron de inmediato, y Adeleas asintió satisfecha—. Ésta no es Garenia Rosoinde. Por fin la reconocí: Zarya Alkaese, una novicia que huyó justo antes de que Vandene y yo decidiésemos retirarnos y escribir nuestra historia del mundo. Lo ha admitido, cuando he ido directamente al grano enfrentándome a ella. Me sorprende que Careane no la haya reconocido; ambas fueron novicias al mismo tiempo, durante dos años. La ley es clara, Elayne. A una fugitiva se la debe vestir de blanco nuevamente, cuanto antes, y mantenerla sometida a una estricta disciplina hasta que pueda regresar a la Torre y recibir el castigo adecuado. ¡No volverá a pensar en huir después de eso!
Elayne asintió lentamente, tratando de discurrir qué decir. Tanto si Garenia —Zarya— pensaba huir de nuevo como si no, no se le daría la oportunidad de hacerlo. Era muy fuerte en el Poder, y la Torre no la dejaría marchar aunque tardara el resto de su vida en alcanzar el chal. Sin embargo, Elayne recordaba ahora algo que la mujer había dicho el día que se conocieron. Entonces no había caído en la cuenta del significado, pero sí lo hizo en ese momento. ¿Cómo afrontaría Zarya verse de nuevo con el blanco de novicia después de vivir durante setenta años dueña de sí misma? Y, lo que era peor, los susurros entre las Allegadas empezaban a sonar como un sordo runrún. Mas no dispuso de mucho tiempo para pensar. De repente, Kirstian cayó de hinojos, asiendo la falda de Adeleas con una mano.
—Me entrego voluntariamente —anunció con voz tranquila, un tono sorprendente viniendo de aquel semblante demudado—. Estuve inscrita en el libro de novicias hace casi trescientos años, y huí antes de que hubiese transcurrido el primero. Me someto y… y pido clemencia.
Entonces fue Adeleas la que abrió los ojos desmesuradamente. ¡Kirstian estaba diciendo que había huido de la Torre Blanca cuando ella era un bebé o puede que antes de que hubiese nacido! La mayoría de las hermanas no se creían aún las edades declaradas por las Allegadas. De hecho, Kirstian parecía que acababa de entrar en la edad madura.
Con todo, Adeleas se recobró rápidamente. Por mayor que fuera esa mujer, ella había sido Aes Sedai casi tantos años como había vivido la persona más longeva. Irradiaba un halo de autoridad, de vetustez.
—Si es así, muchacha —hubo un leve titubeo en su voz al decir eso último—, me temo que habrá que vestirte de blanco también. Se te castigará, pero entregarte voluntariamente será un atenuante.
—Por eso lo he hecho. —El timbre firme de Kirstian se malogró un poco cuando tragó saliva ruidosamente. Era casi tan fuerte como Zarya; en realidad, no había ninguna débil en el Círculo de Labores. También a ella se la ataría corto—. Sabía que me encontraríais antes o después.
Adeleas asintió con la cabeza como si tal cosa fuese obvia, aunque Elayne no imaginaba cómo se habría podido descubrir a la mujer, ya que dudaba mucho de que Kirstian Chalwin fuera su verdadero nombre. No obstante, casi todas las Allegadas creían en la omnisciencia de las Aes Sedai. O habían creído, al menos.
—¡Tonterías! —La voz ronca de Sarainya Vostovan se alzó sobre el parloteo de las Allegadas. Aunque no era lo bastante fuerte para convertirse en Aes Sedai ni, con mucho, lo bastante mayor para ocupar una posición relevante entre las Allegadas, salió del grupo en actitud desafiante—. ¿Por qué habríamos de entregarlas a la Torre Blanca? ¡Hemos ayudado a huir a mujeres, y con toda la razón! ¡Entregarlas no forma parte de las reglas!
—¡Contrólate! —instó secamente Reanne—. Alise, llama al orden a Sarainya, por favor. Al parecer se olvida de muchas de las reglas que afirma conocer.
Alise miró a Reanne; su rostro seguía sin traslucir nada. Alise, que hacía cumplir las reglas de las Allegadas con mano firme.
—No forma parte de nuestras reglas entregar a las fugitivas, Reanne —manifestó.
La Rectora se sacudió como si hubiese recibido un golpe.
—¿Y cómo sugieres que lo hagamos? —demandó, desafiante—. Siempre hemos mantenido alejadas a las fugitivas hasta estar seguras de que ya no se las perseguía, y si daban con ellas antes, dejábamos que las hermanas se las llevaran. Ésa es la regla, Alise. ¿Cuál otra propones que violemos? ¿Acaso sugieres que nos pongamos en contra de las Aes Sedai? —Su tono ponía de manifiesto lo ridícula que consideraba tal idea, pero Alise siguió mirándola, en silencio.
—¡Sí! —gritó una voz entre la multitud de Allegadas—. ¡Somos muchas y ellas son pocas!
Adeleas contempló al grupo con incredulidad. Elayne abrazó el saidar, aunque sabía que la voz tenía razón: las Allegadas eran muchas. Sintió que Aviendha abrazaba el Poder y que Birgitte se aprestaba para un posible enfrentamiento. Sacudiéndose como para obligarse a reaccionar, Alise hizo algo mucho más práctico y sin duda mucho más eficaz.
—Sarainya —empezó en voz alta—, te presentarás ante mí cuando nos detengamos esta noche, con una vara que cortarás tú misma antes de que partamos esta mañana. Tú también, Asra; ¡he reconocido tu voz! —Y después, sin bajar el tono, le dijo a Reanne—: Me presentaré ante ti para que me impongas el correctivo que juzgues oportuno cuando paremos esta noche. ¿A qué esperáis? ¡Vamos, no veo preparándose a nadie para la marcha!
Entonces las Allegadas se disolvieron rápidamente, encaminándose en una u otra dirección para recoger sus cosas; sin embargo, Elayne vio que algunas de ellas hablaban en voz baja mientras caminaban. Cuando pasaron sobre el puente tendido sobre el helado arroyo que serpenteaba junto al pueblo, con Nynaeve sin dar crédito a lo que se había perdido y lanzando miradas furibundas en derredor para encontrar a alguien a quien llamar la atención, Sarainya y Asra portaban varas recién cortadas —al igual que Alise—, y Zarya y Kirstian llevaban vestidos blancos, que hubo que buscar a toda prisa, debajo de las oscuras capas. Las Detectoras de Vientos las señalaban y reían a mandíbula batiente, pero muchas de las Allegadas aún charlaban en grupos, que enmudecían cada vez que una hermana o una de las componentes del Círculo las miraba. Y en sus ojos había una expresión sombría cuando se posaban en las Aes Sedai.