El Misterio De La Casa Aranda
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
– Pero don Horacio, hay un patrón común, un modus operandi, hablamos de un loco que anda suelto por ahí.
El comisario negaba con la cabeza como ratificándose en su decisión.
– Tres putas. Me agrada su entusiasmo, joven. Pero la policía está para proteger a la gente decente y no a la chusma. Esas jóvenes han adoptado un modo de vida que termina indefectiblemente en eso. Trasnochar, malas compañías, chulos, pervertidos, ¿no es lo más normal del mundo que la mayoría de ellas acabe muerta en una cuneta o carcomida por la sífilis? Además, no sería la primera vez que a un fulano le da por despachar a tres o cuatro zorras; ¿y qué? Hágame caso, buen amigo, y déjese de monsergas. Siga a lo suyo, siga, y no se salga del buen camino.
– ¿Del buen camino? -repitió el subinspector Ros.
– Sí, hijo mío, sí. Se rumorea que frecuenta usted las tertulias de liberales.
– ¿Y? ¿Acaso soy por ello un mal policía?
– No me malinterprete, joven, que aquí donde me ve yo tampoco soporto a estos tiranos de los Borbones -dijo señalando con el pulgar el retrato que tenía tras de sí-; pero sea discreto, hombre de Dios, y olvídese de estas tonterías. Mire, don Víctor, el propio ministro de la Gobernación dictó un reglamento para censar y someter a inspección médica periódica a toda esta chusma, a las putas, o sea que se las controla e incluso se vela por su bienestar, pero eso es cosa de la guardia urbana. Vaya usted a lo suyo y no se hable más. Y aquí me tiene usted gustoso para que no le falte nada -añadió levantándose para acompañar al joven hasta la puerta-; quiero que me limpien Madrid de morralla, y eso no es trabajo de un día precisamente.
Después de aquella entrevista, a Víctor le quedó claro que el ministerio no invertiría ni una sola peseta en investigar la muerte de aquellas tres desgraciadas, así que habló con Alfredo y éste le aconsejó que, si tanto interés tenía, llevara a cabo discretas pesquisas en su tiempo libre para acallar su conciencia al respecto y comprobar si de verdad, como ellos pensaban, había un loco suelto por Madrid que podía resultar terriblemente peligroso. Resolvió preguntar al menos a las amigas de las finadas y al Marsellés, el chulo de la Engracia, alias la Chelito, al menos para tranquilizar a Lola y sus compañeras. De hecho, gracias a la Valenciana las putas de todo Madrid supieron que un joven subinspector, inteligente, recto y bien parecido estaba investigando el asunto de las tres prostitutas asesinadas. Y no era raro desde entonces que en sus visitas al burdel de la Rosa, o en sus paseos nocturnos por Los Paradores de Santa Casilda, la Plaza de Armas o el barrio de Huertas, las meretrices se le echaran literalmente en brazos para agradecer que al menos alguien se interesara por ellas. No se sentía mal por ello, ni mucho menos.
Y así, una calurosa tarde de primeros de junio, a la hora en que las mozas salían de trabajar, Víctor, preguntando aquí y allá, logró entrevistarse con las compañeras de la tercera y última víctima, Eva, en la Fábrica de Tabacos de Embajadores. Al principio se sintió violento por los piropos que le lanzaban aquellas jóvenes que salían del tajo, fumaban como carreteros y juraban como curtidos marineros. Llegó a sentir que se ruborizaba, pero intentó parecer impertérrito agarrando el bastón y los guantes e inclinando de vez en cuando la testa al paso de aquel mujerío. Hacía un bochorno terrible pese a que estaba a punto de oscurecer. Un penetrante olor a tabaco impregnaba el ambiente.
Se escandalizó un tanto cuando una joven pasó tarareando junto a él una copla muy famosa del momento que decía: «… tu marido y el mío se han peleao, se han llamado cabrones, y han acertao…».
Después de preguntar unas cuantas veces, pudo identificar a cuatro compañeras de la asesinada, que se empeñaron en hablar con él en lo que llamaron «un lugar más tranquilo». Lo llevaron a toda prisa hasta una taberna de la calle Humilladero, El Burladero, donde la entrada de aquel señoritingo acompañado de las cuatro mozas causó cierto revuelo entre la concurrencia. Un amplio mostrador de cinc presidía el centro de la taberna, cuya fachada se hallaba decorada con bellos azulejos pintados al fresco con motivos taurinos. El dueño, Moisés, «el Chispi», los situó en una mesa del fondo y les envió a un zagal medio atontado para que les sirviera. Pese a ser muy amigas de la muerta, a Víctor le costó tres raciones de callos, dos de riñones, una jarra de vino, tres de cerveza y ocho cafés con chispazo el que aquellas atolondradas jóvenes accedieran a contarle -entre proposiciones de amor eterno y matrimonio que el policía eludía con rubor- algunos detalles sobre la vida y milagros de la pobre muerta, Eva.
– Pa mí que estaba lia con un caballero de mucho postín -dijo con la boca llena de buñuelos una a la que llamaban la Coja.
– ¿Y eso? -preguntó Víctor.
– Porque últimamente, cuando salía de trabajar, se iba a casa. Ya no hacía la calle.
– ¿Alguna de vosotras lo vio? Me refiero al caballero.
– No, pero sí a la vieja -apuntó otra más menuda, Aniceta.
– ¿A la vieja?
– Sí, una dama mayor, con una verruga feísima en la barbilla, «asín», de color verde, con pelos. ¡Buf, qué cosa más fea de verruga! -exclamó santiguándose la joven.
– ¿Y esa señora…? -insinuó él intrigado.
– Le traía recado de cuándo y dónde se vería con el caballero.
– Sí -remachó la más rechoncha de las cuatro-, la Eva soñaba con dejar la Fábrica de Tabacos y la calle y vivir como una «mantenía».
Todas suspiraron y asintieron con la cabeza envidiando tal destino.
– Vaya, vaya, o sea que ya no hacía la calle. Bien. Es interesante. Me habéis sido de gran ayuda. ¡La cuenta, niño! -gritó Víctor ante la desilusión de las mozas al ver que la velada tocaba a su fin.
Tenía prisa, pues aquella misma noche don Benito Pérez Galdós pronunciaba una conferencia en la Universidad sobre «Influencia y ventajas de la enseñanza en la agricultura» y todo el Madrid liberal se daría cita allí.
En los días sucesivos, Víctor pudo paliar el aburrimiento que sufría por el caso del cajero corrupto de la Banca Sabatini gracias a que dedicaba sus ratos libres a investigar la muerte de las tres prostitutas. No encontró a nadie que admitiera ser amigo de la primera víctima, la pajillera, pero no se desalentó. Como buen sabueso, en cuanto percibía el tufillo, una vez daba con el hilo que desenmarañaba un caso, no lo soltaba aunque fuese lo último que hiciera en este mundo.
Abenza, el guardia grandullón de fieros bigotes, le acompañó a visitar a Adrián «el Marsellés». Aquel asqueroso tipejo malvivía en una casa de huéspedes situada junto al convento de las Jerónimas. Fueron a la noche para encontrarlo con seguridad, y la patrona los guió hasta el cuarto piso donde se hacinaban más de veinte varones vagabundos, borrachos y gentes de mal vivir, que pernoctaban por unos céntimos en tan mezquina vivienda. Abenza levantó a aquel desgraciado, que se hallaba en mitad de una partida de cartas, dándole patadas en las posaderas y se lo llevaron a la calle, sacándolo a empellones a la plaza del Cordón. La noche era fresca y se oía a lo lejos el cri-cri de los grillos. No pasaba nadie por allí a aquellas horas.
– Pero ¿qué es este atropello? -dijo el chulo muy digno.
Abenza le atizó un sopapo que lo derribó.
El Marsellés era un tipo menudo, esmirriado, de rostro afilado, largas patillas y un ojo a la virulé. Tenía los dientes podridos. Se levantó como buenamente pudo del suelo de losa y morrillo de la plaza.
– Quieto, Aniceto -ordenó Víctor-. No soy amigo de violencias. A ver, tú, sólo quiero hacerte un par de preguntas.
– Yo no sé nada del golpe. Ni siquiera conozco al inglés.
Víctor y el guardia se miraron en la semipenumbra de las débiles farolas de gas.
– ¿Qué golpe? ¿Qué inglés? -repuso el subinspector.
– Me parece, don Víctor, que debía usted permitirme unos minutos a solas con esta escoria -dijo Aniceto-. Sabe más de lo que parece.