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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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– Vamos, bebe un poco -me dijo, con la voz llena de emoción-. Estoy deseando volver al templo. ¿Sabes? Una mujer embarazada debe tomar varios descansos al día, descansos durante los cuales se retira a su dormitorio a reposar.

Acarició la última palabra, dejando bien claro lo que quería decir.

– ¿Me vas a dar un masaje en los pies? -murmuré contra su pecho.

– Entre otras cosas -respondió, y yo percibí la sonrisa de su voz.

– Trato hecho -dije.

Lo abracé con fuerza y le di otro beso en mitad del pecho antes de volverme hacia el riachuelo. Cuando me arrodillé para beber, miré hacia atrás, hacia la yegua. Estaba inmóvil, como una estatua plateada de sí misma. Tenía las orejas inclinadas hacia delante. Toda su atención estaba centrada en los dos enormes árboles que se erguían a ambos lados del riachuelo.

– ¡Epi! -exclamé. Ella movió las orejas hacia mí-. Ven a beber.

Ella no se movió, sino que siguió mirando a los árboles. Yo me volví hacia ClanFintan, y él se encogió de hombros, tan desconcertado por su comportamiento como yo. Yo también me encogí de hombros y me incliné hacia la corriente.

El agua era como hielo líquido. Y estaba dulce. Bebí abundantemente y cuando estuve saciada, miré de nuevo a Epi. La yegua seguía concentrada en los árboles.

Eran enormes, y obviamente, muy ancianos. De repente, noté algo extraño en ellos, y me di cuenta de que todavía conservaban las hojas. Miré a mi alrededor, hacia el bosque envuelto en niebla, a los árboles que estaban más cerca de los límites del claro. ¿No había visto yo antes que a los demás árboles se les habían caído las hojas? No podía ver nada a través de la neblina, así que me concentré en los árboles gigantes que tenía ante mí. «Robles de los pantanos», pensé con un sobresalto, y los reconocí como flora autóctona de mi estado natal, Oklahoma. Deslicé la mirada desde la espesa copa de ramas entrelazadas hacia los troncos, que estaban cubiertos de un musgo grueso. Me puse en pie bruscamente. Parecía que el musgo irradiaba un brillo apagado, y tuve muchas ganas de tocarlo.

Entonces lo sentí. Fue como una puntada de emoción, como si una pluma hubiese rozado mi conciencia. Me concentré en los árboles y volví a notarla. Y me di cuenta de que era una sensación parecida a lo que había experimentado en presencia de la columna de mármol aquel día. Recordé que Kai había dicho que yo había nacido bajo un signo de tierra, y que estaba vinculada a ella. Sonreí. Tal vez pudiera hablar con los árboles.

Pensando en aquello, comencé a caminar hacia delante, pero Epi emitió un agudo relincho que me interrumpió. Sorprendida, me detuve y me di la vuelta, y estuve a punto de toparme con la yegua, que prácticamente me pisaba los talones.

– ¡Epi! ¿Qué te ocurre?

Su única respuesta fue un gemido, mientras frotaba la cabeza en mi pecho.

– No pasa nada. Sólo voy a mirar esos árboles. Después volveremos al templo.

Miré a mi marido, que nos estaba observando con una expresión divertida.

– Me está volviendo loca -dije-. Estoy deseando que pase la ceremonia de mañana por la noche y que vuelva a ser ella misma.

ClanFintan asintió.

Yo comencé a acariciarle la cabeza a Epi, susurrándole palabras cariñosas para reconfortarla.

– Vamos, cariño. No pasa nada. Todo va bien -murmuré, y pareció que ella se relajaba-. Kai me dijo que podía oír las cosas que decía la tierra, y me gustaría poner a prueba su teoría.

Con una última palmadita, me dirigí de nuevo hacia los árboles. Oí que Epi se movía, y se detenía alternativamente. Miré hacia atrás y vi que había vuelto a quedarse inmóvil. De repente, se echó a temblar.

– ¡No pasa nada! -repetí, saludando alegremente a la yegua, y pasando por alto la preocupación que me provocaba su extraño comportamiento. Seguramente, Epi y yo estábamos teniendo una subida de hormonas. No era de extrañar que tanto ella como yo estuviéramos tan asustadizas. Cuando me volví hacia los árboles, todos los pensamientos sobre Epi se borraron de mi mente.

Estaba a centímetros de los enormes robles, y a aquella distancia oía con claridad algo que emanaba de ellos. Incliné la cabeza hacia delante, para escuchar con suma atención.

– ¿Rhea? -pregunto ClanFintan.

– ¡Shh! -susurré, sin volver la cabeza, alzando la mano para indicarle que se mantuviera en silencio.

Di otro paso hacia delante. Me di cuenta de que estaba sobre el pequeño riachuelo que discurría entre los dos árboles. Entonces coloqué un pie a cada lado de la pequeña corriente y elevé los brazos, para que mis manos descansaran sobre cada uno de los árboles.

Al tocar la corteza cubierta de musgo, sentí una dolorosa corriente por todo el cuerpo, como si hubiera agarrado un cable de alta tensión. El miedo se apoderó de mí, e intenté apartar las manos, pero se habían quedado pegadas en los árboles, como si estuvieran claveteadas a la corteza. Comenzaron a fallarme las rodillas, y me di cuenta de que me estaba cayendo hacia delante. De repente, fue como si el tiempo se ralentizara, y todo pasara fotograma a fotograma por delante de mis ojos.

La cabeza se me inclinó hacia delante, y vi mi reflejo en las ondas del agua. Entonces aquella imagen se fracturó, y pude ver a través del agua. Parpadeé lentamente, intentando aclararme la vista, y de repente, mi visión volvió a enfocarse. Vi lo que había dentro de la corriente y más allá, vi el mundo que había al otro lado, un mundo en el que un movimiento del cielo atrapó mi atención. Se me escapó un grito cuando me di cuenta de lo que era el estrecho cilindro metálico que pasaba por el horizonte azul. Un avión.

En aquel momento lo entendí todo. Frenéticamente, intenté apartar las manos de los árboles, pero en vez de liberarme, la corteza de los árboles se había hecho permeable, y estaba succionando mis manos, mis muñecas, mis codos… mi cuerpo cayó hacia delante y se disolvió en aquel reflejo del otro mundo que me resultaba tan familiar. Oí un grito de horror de mi marido, seguido por un relincho penetrante de pánico de Epi.

Abrí la boca para gritar, pero la inconsciencia me venció.

SEGUNDA PARTE

Capítulo 1

Me dio un vuelco el estómago, y sentí que me colocaban de costado mientras unos espasmos dolorosos sacudían mi cuerpo. Oí algo extraño y quejumbroso, y me di cuenta de que era el sonido de mis propios sollozos.

– No pasa nada, Shannon -dijo alguien, con una voz grave que me resultaba familiar-. Estás a salvo.

Traté de abrir los ojos, pero tenía la visión tan borrosa que volví a cerrarlos para no marearme más. Lentamente, mis náuseas fueron disminuyendo, y me quedé inmóvil, respirando profundamente un aire frío y húmedo. Me di cuenta de que la hierba que había bajo mi mejilla estaba mojada, e intenté una vez más abrir los ojos. Entre los resquicios de mis párpados, vi formas verdes y grises, pero antes de poder enfocar la visión, una figura oscura y sombría se colocó ante mis ojos. Quise gritar.

– ¡Shannon! Tranquila -me dijo aquella voz calmante-. ¡No pasa nada!

Sus palabras debieron de tener un efecto negativo en aquella sombra sin color. El punto negro desapareció, y volví a distinguir el gris y el verde de las hojas del bosque. Sin embargo mi visión se volvió borrosa de nuevo. Después de eso, ya no supe nada más.

Cuando recuperé el conocimiento nuevamente, me quedé muy quieta, temerosa de moverme, temerosa de hacer cualquier cosa que le provocara más dolor a mi cuerpo magullado, o que volviera a llamar a la oscuridad que yo había atisbado. Respiré lentamente, intentando calmar los latidos de mi corazón.

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