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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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Ya no estaba tendida sobre la hierba mojada. Noté la suavidad de un colchón debajo de mí, y por encima, el grosor de un edredón que me tapaba hasta el cuello. Me estremecí, porque de repente, sentí un frío que me llegaba a los huesos.

Alguien se acercó a mí y posó una mano en mi frente. Sentí su aspereza contra mi piel fría.

– No abras los ojos todavía. Tu cuerpo se recuperará mejor si los mantienes cerrados y descansas.

De nuevo, aquella familiaridad esquiva de la voz.

– Toma esto, te sentará bien.

Yo mantuve los ojos cerrados mientras una mano fuerte me ayudaba a levantar la cabeza e incorporarme un poco, de modo que pudiera beber un líquido caliente y dulce. Lo tomé lentamente, para que mi estómago lo aceptara. Cuando la taza estuvo vacía, volví a tumbarme sobre la almohada, agotada por aquel pequeño esfuerzo.

– Descansa. Todo va bien. Estás en casa.

Mientras me sumía otra vez en un profundo sueño, me di cuenta de que quien hablaba era ClanFintan, sólo que su voz sonaba extraña. Luché por mantenerme consciente y entender qué era lo que tenía de diferente, pero mis párpados eran muy pesados. El sueño ganó la batalla.

Café… El aroma jugueteó con mis sentidos, y me recordó los sábados por la mañana, cuando hacía una cafetera de café fuerte, y le añadía crema holandesa antes de volver a la cama con una taza humeante y un buen libro.

Pero en Partholon no había café.

Al recordarlo todo, tomé aire bruscamente. Abrí los ojos, pestañeé y me froté los párpados, inquieta por la debilidad de mis músculos, por la torpeza con que obedecían mis órdenes.

La única luz que había en la cabaña procedía de un fuego que ardía suavemente en el hogar. La chimenea estaba justo enfrente de mi cama. Miré a mi alrededor, con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco con la cabeza. Parecía que estaba en una habitación grande, que hacía las veces de dormitorio, y que tenía una zona de estar frente al fuego, delimitada con dos merecedoras y dos mesillas. En cada una de las mesillas había una lámpara de queroseno, en versión moderna, aunque ninguna de las dos estaba encendida. Había un libro abierto, boca abajo, junto a la mecedora más cercana. También había un altillo sobre mi cabeza y otra habitación a mi izquierda, separada del resto de la cabaña por una pared. De allí era de donde provenía el olor a café. Debía de ser la cocina. Oí unos pasos cansados que se acercaban, y me preparé.

ClanFintan apareció desde detrás de aquella pared.

Yo debí de emitir un sonido de queja, porque él se sobresaltó y estuvo a punto de derramar el líquido de su taza. Entonces, en su preciosa cara apareció una sonrisa que me resultó fantasmal por su familiaridad.

– ¿Te encuentras mejor? -me preguntó.

Ahora entendía por qué su voz me resultaba tan familiar y al mismo tiempo tan extraña. Era su voz; la voz de ClanFintan. Sin embargo, carecía del poder de los pulmones de un centauro y de la cadencia musical del acento de Partholon.

– ¿Dónde estoy? -mi voz sonó vacía, sin emoción.

Sin dejar de sonreír, él posó la taza sobre una de las mesillas y se acercó a mi cama. Yo me encogí contra la almohada. Debió de darse cuenta, porque se detuvo a varios pasos del borde de la cama.

– Estás en casa, Shannon.

– ¿Y dónde demonios crees tú que está mi casa?

Él arqueó las cejas con sorpresa.

– En Oklahoma -respondió, y su voz grave me partió el corazón.

Noté que palidecía, y de repente, la habitación comenzó a dar vueltas a mi alrededor.

– ¡No! -susurré, y cerré los ojos, rogando que la habitación se detuviera. Tomé aire profundamente, varias veces, y al abrir de nuevo los ojos me di cuenta de que se había acercado a mí-. ¡No te acerques más! -le grité.

Él se detuvo, y alzó las manos en un gesto de paz.

– No te voy a hacer daño, Shannon.

– ¿Cómo demonios sabes mi nombre?

– Es una historia complicada…

– Quiero una respuesta -insistí yo con frialdad.

– Me lo dijo Rhiannon -respondió él, con evidente reticencia.

– ¡Rhiannon!

El nombre salió de mis labios como una maldición. Miré de nuevo por la habitación, esperándome que ella saltara desde uno de los rincones oscuros.

– ¡No! No está aquí -me aseguró él-. Ha vuelto a Partholon, a su sitio.

Parecía que estaba muy satisfecho de sí mismo.

Yo cerré los ojos y rechiné los dientes.

– Su sitio no es Partholon. Es mi casa. Él es mi marido. Ellos son mi gente.

– Pero… -el hombre estaba confuso-. Pensaba que todo se arreglaría si yo intercambiaba vuestros lugares…

Me incorporé decididamente, y bajé las piernas por un lado de la cama. Entonces me miré, y vi que no llevaba nada puesto, salvo la camisa de un pijama de hombre. Lo fulminé con la mirada.

– ¿Dónde está mi ropa?

– Yo… -tartamudeó él-. Está…

– Oh, no importa. Dame unos pantalones y mis botas, llévame al lugar donde hiciste el intercambio, y vuelve a intercambiarnos.

Él abrió la boca para responderme, pero el sonido del teléfono lo interrumpió. Fue un sonido extraño a mis oídos, que se habían acostumbrado al estilo de vida sin tecnología de Partholon. Volvió a sonar, y él recuperó el movimiento de las piernas, y se apresuró a descolgar el auricular de un teléfono inalámbrico que había en una estantería, junto a la chimenea.

– ¿Diga? -respondió, sin apartar los ojos de mí.

Entonces pestañeó, y dio un paso atrás como si hubiera salido una llamarada del auricular.

– ¡Rhiannon!

Aquel nombre fue como un velo de oscuridad que cubriera la habitación.

Yo sentí un escalofrío, y apreté los dientes para que no me castañetearan.

Capítulo 2

La cara de aquel hombre se había quedado tan pálida como debía de haberse quedado la mía. Continuó mirándome a los ojos mientras hablaba rápidamente, pronunciando palabras duras.

– Te dije que todo había terminado. No voy a volver a escuchar tus mentiras. No, yo no…

Entonces fue interrumpido. No habló durante varios instantes, y cuando lo hizo, su voz había adquirido el tono glacial que yo reconocía en la voz de ClanFintan cuando estaba dando órdenes en una situación de peligro mortal.

– Shannon está aquí.

Oí el grito de respuesta desde el otro extremo de la habitación. Él se encogió debido al volumen, y después colgó con determinación. Se pasó una mano por los ojos, y por primera vez yo me di cuenta de que tenía una red de finas arrugas alrededor de los ojos, y una lluvia de canas plateadas en el pelo oscuro y espeso.

Por un momento, mi corazón se sintió atraído por aquel hombre que se parecía tanto a mi amado marido, pero entonces, su corte de pelo casi militar me devolvió a la realidad. Aquel hombre era la causa de que yo no estuviera con ClanFintan. No era un amigo.

– Dijiste que Rhiannon había vuelto a Partholon.

– Sí, eso creía -respondió él. Parecía que estaba exhausto.

– Será mejor que empieces por el principio. Quiero saberlo todo.

Él volvió a mirarme a los ojos, y después asintió lentamente.

– ¿Quieres un café primero?

– Quiero un café mientras -respondí. Mi estómago gruñó violentamente, así que añadí-: Y necesito un poco de pan o algo que me calme el estómago.

Volvió a asentir y entró en la cocina. Yo me acomodé de nuevo contra la almohada, y me tapé las piernas desnudas. Él regresó enseguida con una bandeja en la que había dos tazas de café humeantes y unas cuantas magdalenas caseras. Me puso la bandeja en el regazo, con cuidado de no tocarme, y después se dio la vuelta para echar más troncos al fuego hasta que se avivó y crepitó. Después giró una de las mecedoras y se sentó frente a mí, dando sorbos lentos a su café. Me observó atentamente, y cuando comenzó a hablar, sus palabras me sorprendieron.

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